Elegía para un padre. Por Ximo Rochera

Meto la mano dentro del agujero, abierta, los dedos estirados, como si esperase alcanzar algo, y separados los unos de los otros. Cuesta mantenerla dentro. La ansiedad de percibir cualquier roce se apodera de mí, sin embargo, permanezco inmóvil. 

El ambiente es pegajoso, el aire caliente no alcanza a mover las hojas de los árboles. El andamio se mantiene en pie de milagro mientras el ruido del martillo establece un cadencioso campaneo. Ya no soy yo quien controla la mano, ni yo quien espera que esta sea asida por otra. No soy yo el que se asoma a la negritud de huesos, a ese cosmos de soledad en el que se encuentra flotando una de mis extremidades. Oscuridad y muerte tienen mucho en común: los ojos cerrados. Ya no me ves con tus pequeños ojos jibarizados; tu mirada neblinosa se halla mucho más allá de los párpados, se encuentra también en ese agujero en el que permanece paralizada mi mano. Te han colocado la dentadura, pintado la cara y arreglado el gesto. Parece que tengas que decir una última palabra: ¿adiós? No me gustan las despedidas, pero me hubiese gustado oírte pronunciarla. ¿Recuerdas cuando este año dijiste que sería tu última nochebuena? Ni siquiera te esperaste a que subiera el Castellón… Algún día iremos a ver un partido a Castalia. Gritaremos Goool aunque nadie marque.

La caja pesa mucho, estoy subido al andamio y te empujo con todas mis fuerzas, parece que te resistas a entrar… Dentro la oscuridad, y tú. Sigue la mano dentro, esperando una pequeña descarga que atraviese la sinapsis piel-madera. Esta mañana leí sobre un universo paralelo en el que la física funciona al revés… Quizá ya estés ahí. Abriendo los ojos. Desandándolo todo, como una segunda oportunidad. Quizá allí sepas que esa mano que te empuja es la mía diciéndote ¡Adiós padre!

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