La paradoja. Por Ximo Rochera

Las calles están vacías, no es algo nuevo, ocurre una vez al año desde la primera pandemia. Me gusta verlas de esta forma. Se dijo entonces que no habría ningún problema. Decenas de laboratorios con miles de investigadores trabajaron en conseguir una vacuna que les diera fama y dinero… Varios lo consiguieron, aunque también causaron miles de muertes –efectossecundarios– que fueron silenciadas por los gobiernos. Las vacunas además de inmunizarnos sirvieron para enseñar al virus el camino de la mutación, a incrustarse como una patella vulgata en la cadena de ARN. Ya nadie se extraña cuando nos confinan en estas pequeñas celdas hogareñas, en estas cuatro paredes finas y frías. Obedecemos sin preguntarnos acerca de la magnitud de esas decisiones. Ya nadie se cuestiona nada desde que existe el ICG (Gobierno Central internacional). Primero se creó un gobierno único europeo al que se anexionaron, tras una década de gloria, Reino Unido, EEUU y Canadá; después toda Sudamérica en bloque y finalmente acabó haciéndolo China y los países asiáticos. África y Australia quedaron fuera. Ahora son un reducto revolucionario contra el sistema opresor del ICG. Resulta paradójico que los primeros muros estuviesen en Europa para protegerse de la inmigración y que hoy en día rodeen todos los mares. Tras las playas. Podría pensarse que están construidos para contener la subida de los niveles de los océanos. Primero el mar, después el hormigón y finalmente el metal componen el cementerio de las vergüenzas humanas. Así se frenó el flujo migracional: una barca hinchable, un fusil o un CIE actuaron  como verdugos. Hoy en día ocurre lo contrario –ysinembargolomismo–: mismos muros, idénticos proyectiles frente al espejo. Se acaba este siglo. La población de este lado está contenida en 5000 millones de habitantes –delaboriosashormigas–, del otro no existe un recuento oficial. Son muchos, cada día más. O eso nos dicen… Se hace difícil vivir con 500 orues al mes, por eso cada vez más personas intentan desertar cruzando el mar. Llevan años esperándonos, preparándose; recordando cada devolución en caliente. Qué imaginábamos, que nos recibirían con los brazos abiertos y una cerveza fresquita; o que lo harían como lo hicimos nosotros: envueltos en banderas, con togas y armas.

Las calles están vacías, las paredes grises, las persianas bajadas dejan salir finos rayos de luz entre sus agujeros, las luces de la urbe brillan tenuemente y difícilmente alumbran más de dos metros. Debo caminar a ciegas hasta salir de la ciudad y llegar al mar. Allí una barca me espera y cruzará, atravesando el Mediterráneo calmo, hasta algún lugar de la costa de Marruecos. Llevo un velo en la mochila para esconder mi identidad. Qué harían si supiesen que estoy desertando –siendoquiensoy– sin dar ninguna explicación. Cómo entender que quien ayudó a crear el sistema reniegue de él. ¿Resulta contradictorio que un pensador cambie de opinión? Llevaré flores a la tumba de Chukri, aunque en realidad serán para Bowles… para Jane Bowles

Debo esconderme de las miradas ocultas tras las ventanas sin cortinas, de esa necesidad de ayudar traicionando al vecino –aellosmismos–, al hermano, al amante… Andar rápido como si no llevase prisa, caminar de regreso a casa sin ir a ella elevando las plantas de los pies con suavidad, moviendo los brazos con languidez para pasar desapercibida. Las posibilidades son escasas, pero debo intentarlo. Qué más puedo perder, Qué más si ya no estás. Para qué querría escribir. Sé que fui una defensora de este orden, de este Gobierno, pero ¿no podemos estar equivocados? ¿No puede, la ciencia, equivocarse? Resulta difícil desdecirse cuando mi legado son mis propios libros. Pensar lo contrario de lo que has escrito no es una opción, es una traición.

No obstante, ya nada importa, debo huir. Aquí no me queda nada que hacer, sin embargo, en el otro lado todavía puedo ser útil. Puedo ser una vieja útil. Mostrar la verdadera cara de la pandemia que hay detrás de estas engañosas mutaciones. Me estoy acercando al mar. Lo sé porque huelo a plástico y salitre. A rocas y orines. A madera y a muertos. Ya me veo en África, en el otro lado del espejo, el lugar en el que las imágenes son reales y no reflejos. El lugar en el que hace 4 millones de años comenzó todo: primero irguiéndonos, después aumentando la capacidad lobular y finalmente desarrollando una maldad nunca antes vista en una especie: Capaces de anular el instinto de supervivencia por el interés propio. Capaces de arrasar no una especie, no un planeta sino todo el Universo. Capaces, al fin y al cabo –comoenlaparadojadeFermi– de ser los primeros y por eso mismo los últimos.

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