Ionesco y el absurdo. Por Ignacio Parras García

IONESCO Y EL ABSURDO
(Un precipicio de ida y vuelta)

Desde el antiguo testamento la vida ha sido un asunto bastante impredecible. No quiere decir que todo lo anterior fuese una edad de oro, como describía Quijote, en esos delirios irracionales suyos. Porque al final, tanta mitología y perversiones acaban por malhumorar al personal, y en tal estado febril, se acrecenta su pasotismo por tanta retrospectiva, innecesaria decían los nihilistas.

Si uno analiza tenuemente lo transcurrido en su vida (insisto que tenuemente, que la introspección es un asunto de mucha desazón y puede acarrear conjuntivitis), posiblemente llegue a la conclusión que algo de absurdo hay en la misma. La cantidad de decisiones que hemos asumido faltos de propósito, la utilización del lenguaje para ampararnos en alguna mentira piadosa o no tan piadosa (la verdad puede resultar muy irritante, sobre todo a la hora de pagar), las justificaciones temblorosas para decir no, cuando realmente queremos decir sí, incluso la pesadumbre de los domingos por la tarde, el presente como ilusión perturbadora y un largo etc.

Por eso, el peatón gris y parpadeante, dado su esnobismo a la inacción, ha necesitado de algún empujoncito lingüístico para desmadejar conceptos que nos circundan y pasan totalmente desapercibidos. Así fue como los existencialistas cansados de tanto racionalismo agroindustrial, plantearon una crítica de la condición metafísica del hombre. Llegaron a la conclusión que la existencia del hombre en un mundo manufacturado sólo puede desembocar en el absurdo.

Y el palabro empezó a circular por un mundo estupefacto aún de belicismos, estupefacto pero convencido que con el liberalismo económico los calzoncillitos estarían más limpios en la mesilla de noche. Decía Albert Camus, que el hombre al menos debería garantizarse una sola verdad, una sóla basta para regir una vida. Lo que pasa es que con el tiempo las verdades salen muy caras de mantener, y aquel señor existencialista como no vive, no sabe en lo que ha degenerado el invento. Siendo justos con él, no vean la de Sísifos que hay en chancletas por el litoral ibérico, indoloros a la implacable caravana de la vuelta vacacional, que le deja a uno en el mismo punto suspensivo, cariacontecido y de cansancio con el que se fué. Para que luego digan que el absurdo no subvierte las convenciones del Naturalismo.

Quisiera hacer un pequeño inciso, (discúlpenme, tiendo a la dispersión, después comienzo con el señor Ionesco), cuando regresaba de mis efímeras vacaciones en un autobús con neumáticos y volante, sufriendo las conglomeraciones automovilísticas de forma civilizada, escuché el siguiente comentario de un señor a su señora; A veces, cariño mío, cuando converso conmigo mismo, me trato de usted, así sin más, por el mero hecho de la cordialidad. En esas conversaciones íntimas entre mi yo y yo, intentamos no profundizar mucho. Generalmente hablamos de cosas vanas; por ejemplo del Otoño ventoso de Estocolmo, de los convenios colectivos de los domadores de tortuga (con todos mis respetos al sector), de la indócil rebeldía del miembro, del desgaste de los remos de madera de las barquitas del Retiro, de las dudas que generan la construcción del acueducto de Segovia; mi yo dice que los Romanos de extrarradio, y mi otro yo, que una cuadrilla de Pamplona en tiempos de la reconversión industrial. Conversaciones, cariño, insustanciales, todo para no llevarnos disgustos ni sorpresas innecesarias entre mi yo y mi otro yo, suponiendo que haya dos.

Respuesta de su señora; que absurdo eres, hijo mío, pero cuanto te quiero.

Cuando se estrenó por primera vez en Madrid la obra de teatro El Rinoceronte de Ionesco, el público pudiente pataleaba mostrando su desaprobación, un público que no pedía más argumentos que los dados por el régimen; en el gallinero los estudiantes universitarios gritaban rinocerontes a los de abajo. Sin saberlo, el público describió el absurdo como una metáfora celestial del revés. Una obra de teatro que habla de ese oficio gremial y remunerado de las mayorias adyacentes cuando ejercen su totalitarismo sobre las minorías cariacontecidas y pasmosas. Hombres que van conviertiéndose en rudos y manejables rinocerontes, crédulos, impersonales, y eso a una parte del público  madrileño les pareció un despropósito mal intencionado, a ellos con rinocerontes en un país de realismos y romerías. Paradojas de la vida, el absurdo teatral lo había inventado un señor de Madrid, bajito, con muy malas pulgas, melancólico, con un extraordinario manejo del lenguaje y un rechazo feroz hacia las tías carnales demasiado protectoras.

Este señor bajito escribió en 1932, Tres Sombreros de Copa, intendible en su momento, y tuvo que esperar veinte años para su estreno, apoyado en la barra de Chicote mientras esperaba el veredicto del público al que gustó mucho. Ionesco siempre reconoció estar en deuda con esa forma novedosa de describir el sinsentido de las convenciones sociales, del conformismo que nos delata en esa hora última del día cuando nos aventuramos a mirarnos en el espejo y vemos a un señor mustio y acobardado que decide por nosotros (¡ay, algo empieza a desvanecerse.) seguir siendo ese peatón gris y abúlico, que dijera Umbral.

El absurdo es un cúmulo de despropósitos y aciertos estéticos y literarios que ya venían de lejos. Hay algo de la fugacidad del tiempo barroco, cierto estoicismo ante la desventura del minutero y el azar, situaciones grotescas que no llegan al esperpento pero que bien podrían ser un reflejo cóncavo, la línea gruesa policromada del expresionismo alemán.

Ionesco rompe con el cristal esmerilado de la realidad, sin olvidar que su artefacto lo que pretende es desentrañar la misma, mostrar su reverso disonante, agrio y cruel. Y el hombre, en este juego de espejos es el protagonista, un protagonista aislado, condenado a la estupidez, al tiempo desbaratado que arrastra sin remisión a la vejez. En La Cantante Calva, el lenguaje es un accesorio incongruente que va delatando la incomunicación, un desconcierto ridículo que acaba en el silencio. Ionesco va perfilando un trampantojo lingüístico para mostrarnos el autoengaño, la mercadería de la que estamos hechos para subsistir en un mundo de estímulos vacilantes.

La razón que como paradoja es muy comestible, como moralina no ha servido para desvencijar los armamentos ni la estupidez, esto lo sabía ya Goya, que aparte de escuchar gatos también veía monstruos cargados de razón. Por eso, Ionesco en su obra La Lección, el profesor al verse sin argumentos, utiliza la fuerza y el crimen como razón, la razón del miedo, la razón del que juega con las cartas marcadas, la razón de buscar mendicantes del sistema, guiado en la sombra por la criada, la sombra de los que ponen la normativa. 

Nuestras tragedias tomando la distancia adecuada acaban por ser ridículas. Ionesco utiliza el humor, ese doble sentido para desmitificarnos, quitarnos el moho de las paradojas, porque ante tanto desconcierto uno acaba siendo como el señor del autobús, muy decente pero algo desconcertado.

Burlón y pesimista, Ionesco dejó un teatro que aún es actual, la vida sigue siendo algo absurda y el hombre aún está cargado de razones insondables de ida y vuelta, a veces innecesarias y vacías, ya ven ustedes, cuanto dolor gratuito.

El mundo es absurdo amigos, no se dejen engañar, vivan desmesuradamente los días impares mientras puedan, y los pares acepten ese precipicio de ida y vuelta, porque al final les puede ocurrir como a un señor de Buitrago de Lozoya tío-abuelo mío. Cuando el bendito yacía muerto en la cama del hospital, apareció el doctor y le preguntó la señora del difunto; de que ha fallecido mi marido, a lo que contestó el doctor: señora, de fracaso multiorgánico, después se hizo un silencio empalagoso y el difunto con sorna contestó; ¡no te jode!.

Ignacio Parras García escribe artículos culturales y literarios, relatos, monólogos teatrales. Ha escrito, también, una obra de teatro breve en proyecto de presentación (El velatorio del Guacamayo).
Actualmente ha retomado un proyecto de recital poético musicado, basado en el poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory, para representar en diversas salas y espacios culturales.

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