Todo Madrid. Por Marta de la Fuente Soler

Konstantin Altunin, Travesty, 2013

Siempre le habían atraído un tanto las personas de su mismo sexo pero la obsesión con los travestis se le desarrolló conforme lo hacía su enganche a la cocaína. Se había tirado, una vez, a un amigo en el penúltimo curso del instituto y la experiencia le había dejado desencantado. Estaba en ese momento muy borracho, también su amigo, y recordaba poco de la noche en que se les desató aquella inesperada y torpe pasión.

Sospechaba que le hubiera resultado más satisfactorio de haberlo probado con un hombre que no fuera un colega y que físicamente hubiera sido más su tipo, pero se refugió en la comodidad del decirse que podía estar tranquilo, se había tirado a un tío y no había sentido nada, no era marica; sin embargo, a medida que pasaban los años, una vocecilla en su interior iba tomando fuerza, azuzándole, cada vez con más insistencia, hacia un compromiso práctico con aquella llamada suya hacia lo salvaje.

Decidió que antes de que pasara el tren había de construir la vía, así que se inició en la autodelación verbal: fue compartiendo con sus amigos, incluso con sus novias, su intención de mantener sexo con un travesti en un futuro cercano. A esta confesión pública ayudó y mucho la proliferación de reality shows en televisión acerca del mundo transexual, una visibilidad que se había ido coloreando en la sociedad desde hacía un tiempo, y que a él, como gran interesado en el tema, le favorecía especialmente.

Fue estando en pareja con la novia que se convertiría un año después en la madre de su hijo, que se decidió a pasar a la acción y a hacer de su anhelo un hecho. Ella muy comprensiva le dijo que si era lo que necesitaba que lo probara. Esta laxitud le conmovió. Dios sabía que su novia le aguantaba mucho: sus constantes pedales, su enganche a la coca, a las anfetas, a casi todo, su recurrente sodomía, algo a lo que ella se prestaba más por favor que por auténtico placer; pero él también sabía, y ella sabía también, que cuando no estaba colgado, era un buen compañero. Además era trabajador, traía dinero a casa y debido a sus largas horas en el oficio de carpintero no le hacía falta gimnasio para mantenerse en forma, la única parte de su cuerpo que delataba su vida de excesos era el dedo índice de su mano derecha que se mantenía desde hacía algún tiempo permanentemente inflamado. Sus amigos reían con esto y le decían que era en ese dedo donde retenía todos los líquidos.

Con la bendición de su chica contactó con un travesti a través de una aplicación móvil de citas LGTB; Púrpura se hacía llamar la elegida, le citó en la plaza de Chueca. Púrpura propuso tomar una copa antes de ponerse al lío pero él ya llegaba al encuentro ebrio de más; sobre todo andaba muy nervioso, ávido de lanzarse a la piscina cuanto antes. Temía echarse atrás si se daba tiempo a pensar. Llegados a este punto no se planteaba ya tanto el hito como disfrute sino más bien como una nueva casilla que tachar en su lista de hazañas vitales.

Dirigieron sus pasos al hostal Nuria, un cuchitril inmundo en plena calle de Fuencarral. Él le había dicho a Púrpura que pagaría la habitación pero que no andaba muy largo de pasta así que tenía que ser un sitio barato.
–No te preocupes cariño –le había dicho ella–. Nosotros lo haremos bonito.

Les asignaron una habitación de moqueta marrón cuya ventana daba a una pared de ladrillo.

Abrieron la botella de ginebra que habían comprado de camino al hostal y dieron rienda suelta a los besos a medida que bajaban sus copas, algo que él procuró hacer en pocos tragos, ya que el besuqueo no tardó en hastiarle. Separó sus labios de los de Púrpura, sacó una bolsita del bolsillo del pantalón y esnifó un poco de coca. Le ofreció a Púrpura pero ella dijo que estaba bien. Aquella pizca de polvo le inspiró a quitarse la ropa. Ya que había ejercido ampliamente el rol de dador en el pasado, le propuso a Púrpura asumir en esa ocasión la posición pasiva. A ella le pareció estupendo y alabó la suavidad de su culito calvo, duro y blanco.
–Qué rico mi niño, son como dos nevaditos –sentenció antes de darle un mordisco en el cachete izquierdo.

Se metieron en faena. Púrpura era una amante dedicada y cariñosa, le penetró con sumo cuidado y para ello empleó un gel lubricante sabor a piña.
–¡Para el niño y la niña! –anunció triunfal y zalamera mientras movía la mano que sujetaba el tubo como una maraca.

Cuando tuvo a Púrpura en todo su carnaje dentro, un fusible saltó en su cabeza. Todo él era un río de emociones desbordadas. Sintió un enorme dolor engarrotado a un placer como nunca antes había conocido. Gruñía, hasta soltaba algún que otro chillido más afemeninado de lo que hubiera deseado, pero que, en ese estado de goce extremo, no podía controlar. No sabía si odiaba todo aquello o si por el contrario estaba escalando puestos para convertirse en el acto más sobrenatural en el que había participado en su vida.

Él se corrió antes que Púrpura y tuvo que esperar medio minuto a que a ella le llegara su turno, medio minuto que pasó con los ojos clavados en la ventana sin vistas, mientras Púrpura terminaba de sacudirse encima de él. Fue durante ese medio minuto que le sobrevino una tristeza omnímoda. La Melancolía. Con Mayúsculas.

Púrpura no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que fue a besarle. Con las manos en la cara, él le pidió que se fuera. Que no podía mirarla, ni mirarse, que él le pagaba el Uber a su casa, pero que, por favor, se fuera deprisa de allí. Púrpura no dijo nada, se vistió y bajó a esperar al coche.

Se quedó en el hotel llorando un poco más hasta que se hubo cansado, logró animarse a meterse un par de líneas de coca y apurar la botella, luego se fue. Se acostó pronto y durmió con gusto. Como era costumbre cuando se embriagaba profusamente, no recordó sus sueños.

A la mañana siguiente, mientras repasaba los recientes acontecimientos aún en la cama, toda la tarde del día anterior se le antojó una ilusión, algo que nunca había sucedido.

Se le esfumó la ensoñación de un plumazo cuando, tras alargar el brazo y coger el móvil, comprobó que tenía una notificación de Uber, el recibo de su factura: doscientos setenta euros con noventa y dos céntimos cargados a su tarjeta por su último trayecto.

Rápidamente se dirigió al mapa del itinerario que había tomado el coche que había llevado a Púrpura a su destino. Una serpiente roja se enroscaba y desenroscaba a lo largo de todo el plano metropolitano: Púrpura había estado en todas partes.

Se cercioró además de que tenía un nuevo mensaje sin leer. Lo abrió, este decía:

“Gracias siempre, muñeco.
Yo te he podido enseñar mi bajo Manzanares,
pero tú me has dado todo Madrid.”

Marta de la Fuente Soler (Bilbao, 1990) escritora de cine y literatura, ha publicado también artículos en la revista de moda masculina Risbel, así como un libro de relatos, Historias de una generación, bajo el seudónimo de China Iturriko
Apasionada de los viajes, su gran fuente de inspiración, ha vivido en varios países hasta que a inicios de 2018 se afincó en Londres para desarrollar su carrera en el cine como actriz, guionista y productora. Recientemente ha publicado su nueva novela, Galernas.
https://martadelafuentesoler.com

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