La melancolía del ahogado

«España. El sol de España. Las playas de España. Hay tantas playas en España. Qué suerte. Qué suerte vivir en España», rezan las primeras hojas de Y los peces salieron a combatir contra los hombres de la dramaturga Angélica Liddell. Es cierto. ¡Cuántas playas hay en España! ¡Más de 3000! Playas de aguas frías y templadas, rodeadas de acantilados, envueltas en bosques litorales, de arena fina y blanca, de roca y grava, playas de dunas y vegetación virgen, playas nudistas… Tenemos muchas playas en España. Pero ninguna tan famosa como aquella de Turquía. Sí, esa, ¿recordáis? La del niño muerto. Salió en todas partes. No se habló de nada más en meses, ni siquiera de los nuevos muertos. Hasta se construyó una estatua del crío como homenaje a los miles (¡miles!) de refugiados ahogados en el Mediterráneo. El Papa inauguró la escultura en Roma. Se preocuparon de dejar bien claro que estaba esculpida en mármol blanco de Carrara. Al parecer era importante que fuese de ese material y no otro. ¿Les gustará el mármol a los ahogados? En Carrara también hay playas. Aunque ninguna tan famosa como aquella de Turquía.

Dicen que es un «símbolo del drama». Me refiero al niño muerto. La gente necesita esas cosas. Necesitamos signos que nos resuman el mundo, insignias que lucir en nuestras solapas. Describen la efigie del niño muerto como una obra «hiperrealista». Sé que hablan en términos artísticos, pero tiene mucho más sentido una interpretación filosófica. Forma parte de la hiperrealidad creer que haber erigido una estatua en nombre de todos los fallecidos resuelve la crisis migratoria. Pienso en la piel pútrida esculpida en un perfecto blanco: ¿todo arte es político? También pienso en Gadamer: «La negatividad es esencial para el arte. Es su herida. Es opuesta a la positividad de lo pulido. En ella hay algo que me conmociona, que me remueve, que me pone en cuestión, de lo que surge la apelación de “tienes que cambiar tu vida”». ¿Qué causa más impacto u otorga mayor agencia, un muchacho muerto o una escultura sobre ese mismo muchacho? «La estetización demuestra ser una “anestetización”», nos dice Byung-Chul Han. El cuerpo tallado en mármol de ese niño muerto no es más que un simulacro, un emblema de una conciliación que no existe. Admitámoslo: el cadáver marmóreo inaugurado con motivo del Día Internacional de la Alimentación es una farsa. Él ni siquiera murió de hambre, joder. ¿Por qué la tragedia se sirve de símbolos que la recuerden y creen conciencia? ¿No habría de bastarse consigo misma? (Tal vez lo haría si no estuviésemos tan insensibilizados). ¿Qué pruebas requiere la catástrofe? ¿Qué argumentos exigirle al desastre?

Angélica invoca en su obra uno de tantos cuerpos vertidos en las playas, como aquel famoso niño muerto. Pero su conjura se reduce a los límites de nuestra tierra: «Qué suerte vivir en España. Traer el cadáver de un negro ahogado. Ir a la playa, una playa de España, y traerlo. Un cadáver real en un escenario». Cada semana recibimos noticias de nuevas embarcaciones de africanos que llegan a nuestras costas. Y cada semana les devolvemos nuevamente a la pobreza de la que huyeron valiéndonos de pretextos como «bandera», «patria» o «frontera». Tal vez, en palabras de Angélica, «el peligro reside en pensar que la pobreza es algo que pertenece a la naturaleza del náufrago», («¿Cuándo se nos quitará el miedo a morir de hambre, señor Puta? No hay caviar para todos, señor Puta. No hay langosta para todos, señor Puta. No hay champán para todos, señor Puta», se pregunta con socarronería el personaje de la obra de Liddell). No podía ser de otra forma. Como expresa Enrique Díaz Álvarez (2015), «toda identidad colectiva es excluyente». Tenemos el derecho a negarles asilo porque no son uno de los nuestros. «Uno se define como navajo, feminista, de izquierdas, heterosexual o musulmán porque hay otros muchos que no lo son. De otra forma no tendría sentido el pronunciarse», explica Díaz Álvarez. Pero, ¿qué ocurre con quien ni siquiera concedemos voz para que se pronuncie? Aquellos a quienes negamos la palabra (o sea, la identidad), ¿existen? «Los negros están fuera del lenguaje», sentencia la dramaturga. Así es. Las función de las fronteras no se reduce a delimitar espacios o garantizar protección, también disponen emocionalmente el imaginario espacial humano, de modo que poseen el poder de sedarnos frente a aquello que se nos presenta como «ajeno», «lejano» o «intruso». Y es que «el enemigo también se construye a nuestra imagen y semejanza» (Díaz Álvarez, 2015). Sin embargo, afortunadamente, «un mapa nunca será un rostro» (2015); quizá por ello sellamos nuestras fronteras, a lo mejor tenemos miedo de descubrir que tras los atlas y las vallas hay en realidad hombres y mujeres como
nosotros:

«Los negros también son hombres.
Se ahogan como los hombres.
Se ahogan como su perro.
(…)
Pero un perro no es un hombre, señor Puta.
Y yo estoy hablando de negros, señor Puta.
Estoy hablando de pobres, señor Puta.
Los negros y los pobres no son perros, ¿verdad, señor Puta?
Aunque se ahoguen como los perros no son perros.
(…)
Aunque a veces se confundan con un perro.
No tienen forma de perro.
Tienen forma de hombre.
(…)
Así que los negros y los pobres también son hombres.
Definitivamente hombres.
Hombres del todo.»
«Pero ellos están fuera del lenguaje
y no saben que son hombres,
que ya son hombres,
hombres del todo.
Por eso se ahogan al pie de nuestras tumbonas,
porque no saben que ya son hombres
y quieren ser hombres como nosotros.»

(Angélica Liddell, Y los peces salieron a combatir contra los hombres).

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