El salón infinito de Fanzara

El salón infinito de Fanzara: bajo un cielo artístico y conciliador

La revista Canibaal siempre se ha interesado por el arte urbano o street art. Durante la elaboración de este número, dedicado en gran medida a las múltiples relaciones entre el arte y la realidad, nos hemos encontrado con uno de esos lances fascinantes, tan increíbles como reales, en los que, en medio de los problemas sociales más prosaicos –por ejemplo, una planta ruderal entre las grietas del cemento–, surge la fuerza inspiradora, imaginativa (y aquí conciliadora) del arte

Fotografía Rafa Gascó

En un pequeño valle situado al borde de un meandro que forma el Río Mijares, entre profundos barrancos y orientado al Sureste, se encuentra un pueblo luminoso que goza de un clima agradable durante todo el año: Fanzara. Hubo un tiempo en el que los niños de Fanzara, una localidad de 320 habitantes del interior de Castellón, jugaban a manifestarse. Eran los años en los que el vecindario protestaba contra un proyecto de vertedero de residuos peligrosos. De eso hace casi una década. El vertedero no llegó a hacerse, pero de aquellas protestas surgió un vínculo vecinal que fue la base para hacer de Fanzara un pueblo museo. «Aquello nos sirvió para que, cuando propusiéramos nuestra locura, la aceptaran casi a ciegas», afirman Javier López y Rafa Gascó, que encabezaron aquellas marchas y que han desarrollado la idea que ha cambiado la localidad.

  • Axel Void

¿Cómo se consiguió que todas aquellas inquietudes desembocaran en un rincón tan singular? La locura consistió en pedir a una población envejecida que cediera sus paredes para que unos desconocidos grafiteros las pintaran sin que los lugareños supieran qué iban a hacer. «Pensamos que, con suerte, vendría algún artista urbano a pintar un mural, pero nunca lo que habíamos soñado: vivir como dentro de un museo», dice Javier. El año pasado, 23 virtuosos del street art convivieron con los vecinos durante cuatro días, durmiendo donde podían y comiendo lo que generosamente les ofrecían. A su marcha, dejaron 44 intervenciones.

Fotografía Rafa Gascó

Suavemente redibujado como un formidable salón, hoy es prácticamente imposible caminar más de un minuto sin ver un mural o una muestra de arte agazapada en una esquina, esperando ser descubierta al final de un callejón. Fanzara es un gran museo de salas iluminadas por el sol. Además, esta localidad celebra sus fiestas patronales a mediados de octubre. Son días repletos de celebraciones religiosas, procesiones, toros, bailes, actos culturales y deportivos: la fusión perfecta entre tradición y modernidad.

Un paso más en esta senda tan particular de Fanzara fue la creación de la asociación MIAU (el Museo Inacabado de Arte Urbano), un proyecto de museo al aire libre destinado a promover el arte, las actividades culturales, el pensamiento críticoy la creación vinculada al medio ambiente y el medio rural. Se trata de una experiencia en oermanente cambio y crecimiento a la que cada año acuden artistas de todo el mundo. Podemos suscribir, pues, la idea de que en este pueblo, ubicado apenas a una hora de la ciudad de Valencia y de la playa (introducimos aquí el segundo elemento del título de este número de Canibaal), se ha producido un hecho todos los que nos interesa el arte y la cultura debemos celebrar: la revitalización ilusionante del mundo rural a través del ingenio y la inspiración plasmados en pinturas, dibujos, grafiti y esculturas en la que una ciudadanía sensible y comprometida detiene diariamente una mirada con un ojo puesto en el pasado y otro en el futuro. Muros donde la imagen cierra las cicatrices, arte abierto capaz no solo de embellecer una pared, sino de derribar todo un mundo de murallas invisibles.

Fotografías ©RafaGascó

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