El amante de mi madre. Rafael Gumucio

Solo hay una cosa peor que ver a mi madre enamorada, es ver a mi madre abandonada. Ella trata de comportarse, ella no es excéntrica y aunque esté loca, cualquiera que la ve por fuera solo verá a una alemana gorda, seria y triste. Solo yo y mi hermana la oímos toda la noche gemir al lado de Berto, el perro atrasado mental que heredó de tío Hans, que los militares torturaron hasta matar.

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No te necesito para amarte. Ramuntcho Matta/ París

Mi madre es una persona perseverante hasta la ceguera; en el trabajo, en el amor, en la desesperación. No es como la gente normal que llora un día entero y se olvida. Ella va dosificando su dolor en cuotas de algunas horas todos los días. Da la vuelta completa a su desesperación, interrumpiéndola solo para seguir viviendo sin comer, ni tomar, suicidándose sin que nadie pueda salvarla. Así su amor sigue ahí, en todos los gestos que repite como un autómata. Lo ama tanto, a ese imbécil que la abandonó, como lo odia por dejarla hacerse tanto daño. Si sus novios supieran todo lo que sufre por ellos no la abandonarían, o quizás nunca se acercarían a ella.

 

Yo pensé que esta vez la vieja quería salvarse. Manuel, su último novio me caía bien. Era un inútil pero no lo escondía. Debe ser eso lo que me caía bien, no era cínico y se podía conversar con él. Yo no pensé que mi madre se enamoraría, yo pensé que mi madre solo lo alojaba porque a los dos les convenía; ella necesitaba un hombre grande en la casa, a él no le alcanzaba el sueldo de sonidista en el canal 7 para arrendar solo. Quizás porque no esperaba nada de ese tipo pensé que se quedaría, pensé que salvaría a mi madre de su insaciable necesidad de adorar hombres que le temen y de espantar a los otros, a los que la quieren.

Manuel parecía feliz. Con él, nada era terrible, por eso me parecía imposible que tomara la terrible decisión de irse antes que mi madre lo echara. Eso quería yo que me explicara a mí, a ella. Que dijera por qué, solo por qué, después da lo mismo si se va o se queda. Quería que de una vez por todas una historia tuviera en mi casa un comienzo, un medio y un fin.

En el segundo piso de una casa roja me dijeron que alojaba Manuel. La larga escalera húmeda daba sobre unas piezas en ruinas, un tipo que tocaba un bajo eléctrico con un cigarrillo y el pelo largo, un pasillo con afiches rotos hasta una puerta abierta. Manuel, sus largas piernas torcidas sobre un colchón sin sábanas, las zapatillas blancas que mi madre le regaló, fumando un pito leía el suplemento “Sexto sentido” del diario “La Cuarta”. Cuando me vio solo levantó las cejas como esos niños mateos que uno pilla sacándose los mocos.

– ¿Cómo estás? –dijo con su asquerosa simpatía.

– Bien.

– ¿Sigues en el colegio?

– Sí –cayeron dos o tres minutos de silencio en el que se levantó (sus piernas largas y huesudas parecían arrendadas) y se sentó en una silla roja.  “Perdona el desorden”. Me ofreció una silla rota.

– ¿Vas a volver? –dije bruscamente con las sienes ardientes a punto de estallar.

– ¿Adónde?

– A la casa.

– ¿Quieres que vuelva? –le sonrió a sus zapatillas miserablemente escupidas. No era respetable, era incapaz de hacerse respetar y sin embargo yo temblaba, yo de puro miedo era capaz de estrangularlo.

– ¿Viniste a buscarme? –y se sonrió de solo pensarlo el miserable payaso.

– Ella no sabe, si llegara a saber me mata.

– ¿Por qué quieres que vuelva?

– Porque sino voy a tener que cuidarla yo. Yo estoy muy viejo para cuidarla.

– ¿Qué edad tienes?

– 17 años. Me atrasé un año en el colegio porque nos fuimos a Brasil un año. No alcancé a aprender portugués allá así que me quedé sin ir a clases un año.

– ¿Y qué hacías en Brasil?

– Miraba por la ventana. Vivíamos en un edificio en los alrededores de Sao Paulo -yo hablaba sin ton ni son, me hacía sentir cómodo, alejaba de mí el deber, el frío filo de miedo, estaba ciego pero sabía hacia dónde moverme- Mi mamá trabajaba de secretaria.  Se iba en la mañana, yo la miraba irse y me quedaba mirando. No importa, no tiene nada que ver con el tema.

– ¿Eso todo un año? –movía su huesuda mano con una hipnótica tranquilidad.

– Después volvimos a Santiago donde mi abuelo. Mi mamá estaba cesante.

– Tu madre es muy valiente.

– Eso no tiene gracia, ella no tiene miedo, ella está loca y nadie se da cuenta.

Manuel sonrió.

– ¿Quieres que se lo preguntemos?

– ¿Preguntar qué?

– Preguntarle a mi papá, no puede volver con tu mamá si no le pregunto. Vamos.

Y con un entusiasmo escupió el cigarrillo de su boca y se puso una chaqueta de bluejeans toda manchada de pintura. Bajó, de a saltos las escalares, atravesó la plaza bajo una ráfaga de viento tibio que espera la lluvia.

– Mi papá era un gran sindicalista, claro que ya no trabaja. Lo torturaron mucho después del golpe, nunca se quejó.

Atravesamos un puesto de papas fritas y una tribu de rasta, hasta un enorme teletrack. Manuel entró mientras los ancianos aleteantes le gritaban a un televisor en que sus caballos corrían. Por fin el humo volvió a caer, los fallos fotográficos aclarados por los viejos volvieron a esparcirse por la enorme sala de espera.

– Vamos -Manuel me guió. Contra un pilar celeste un señor con un jockey torcido en la mano, la cara mal afeitada, los ojos amarillos y secos.

– Mi padre Ernesto. Arturo, un amigo.

– Un gusto de conocerlo señor- dije sin atreverme a darle la mano.

– ¿Te gustan los dibujos animados? -me preguntó el viejo.

– Ya no.

– A mí sí me gustan. Me gusta el ratón -dijo el viejo.

– ¿Mickey?

– No, ese no.

– Jerry.

– No, ese no. No importa.

– Arturo dice que me case- interrumpió Manuel a su padre.

– No le pido que se case… -no sé de dónde encontré la fuerza de corregir.

– ¿Qué quieres ser cuando grande? -me preguntó el viejo.

– Ingeniero -respondí.

– Eso es muy serio. Tienes que ser artista, ahora los artistas ganan más plata que los ingenieros y trabajan menos. ¿No cierto Manolo?

– Vámonos -susurró a mi oído Manuel. Abrazó a su padre que no parecía inmutarse y me empujó hacia la salida.

– El viejo está mal. Vamos a tomar algo.

– Yo sé que mi mamá es insoportable- dije mientras ya estaba sentado en la terraza de una fuente de soda naranja. Yo nunca tomaba pero me pareció que éstas eran sus reglas, si quería ganar tenía que jugar como él. No quería explicarle “yo no tomo, que aunque tenga edad para tomar, no tomo”. Eso estaba bien para mis compañeros de curso, no para ese pobre tipo que se rasca el poco pelo graso como un enfermo. Así que ni siquiera hice una mueca de desagrado cuando el fan schop amargo pasó por mi garganta. Me hice el viejo que ya pasó por todo.

– Yo no la encuentro insoportable -dijo Manuel con su damnificado brazo ordenando torpemente la espiral invertida de servilletas. Un borracho sin saludar se sentó a la mesa.

– Si vas a dejarla, déjala de a poco, no la dejes sola tan bruscamente -rogué antes que el borracho nos interrumpiera.

– No pude mentir. Prometí nunca más mentir.

– ¿Cuándo prometiste esa huevá? –dijo el borracho, con una sonrisa en la cara.

– En Argentina hace muchos años.

– ¿Cuando le quemaste el auto a Franklin Caicedo? –interrogó el borracho, el pecho erguido como un almirante inglés.

– No, después.

– ¿Cómo le quemaste el auto a Franklin Caicedo? -pregunté.

– Para hacer una película. Íbamos a hacer unos efectos especiales pero se nos quemó. Estuve arrancando por todo Buenos Aires durante meses para que no me matara el viejo.

– Eres un huevón, eres muy huevón -diagnosticó el borracho almirante.

– ¿Filmaste alguna película? -seguí interrogando, yo había pasado de viejo escéptico a joven discípulo.

– Cuatro, dos en Brasil, dos acá. Después corrieron que era yeta y nadie me contrató más.

– Eres yeta conchetumadre -acotó el borracho hasta que su novia lo empujara de la manga de su chaqueta.

– El auto no lo quemé yo y en el bus que chocó no iba yo, pero si todos creen que eres yeta cagaste, eres yeta. Acompáñame a mi casa, tengo que ir a buscar unos deck.

Se levantó, no se le ocurrió pagar.

– El guancho es un latero cuando se cura -me mostró el borracho que lloraba en las faldas de su esposa- Si nos quedamos no nos suelta más.

Subimos por la avenida.

– Yo tengo una hija- dijo de pronto mientras entrábamos a un minúsculo restaurante cubano -es ingeniera como tú, vive en Australia.

– Yo todavía no soy ingeniero -no me escuchaba, eso era quizás lo que me llevaba a hablarle sin parar.

– Ella quiere ser seria, para no ser como yo. Yo encuentro que soy serio. No veo para qué se esfuerza tanto, total nunca va a ser como yo, pero igual tiene miedo. Por eso vive lo más lejos posible. Pide la comida.

A una niña miope le pedí “ropa vieja” que no sabía qué era pero parecía un plato moderado y no muy picante (las ropas de las viejas no pueden ser muy picantes).

-Yo no tengo carácter, si tu mamá me lo pide, vuelvo -interrumpió el murmullo que hacía con su propia garganta.

– ¿Entonces quieres volver? -dije yo.

– Pero sé que ella no me lo va a pedir nunca. Por eso la admiro y la quiero, porque aunque sufra como un perro no va a venir nunca a pedirme que vuelva.

– ¿Y no te importa que sufra?

– Por qué ustedes los niños piensan que sufrir es tan terrible. Hay tantas cosas peores que sufrir.

– No soy un niño -sentí el calor asaltar mis mejillas.

– ¿Cómo era tu papá?

– Era ingeniero, trabajaba en El Teniente. No creo que importe.

– No importa, pero hablemos.

– Yo no lo conocí casi. Murió cuando yo tenía tres años. Se quedó dormido en un camión en las faenas. Se cayó a un barranco y se murió. Mi madre lo ama todavía. Era muy serio, era muy flaco, le hacía clases de alemán a los obreros.

– No me parezco nada a este señor.

– Ninguno de los novios de mi mamá se parecen a mi papá. Mi mamá le tomó miedo a ese tipo de hombres. Tiene miedo a que se mueran.

– ¿Pero por qué le puede gustar un huevón como yo?

– Porque no eres como ella y como yo, porque no eres serio, no te vas a morir. La gente seria siempre se muere joven.

– ¿Cómo que no soy serio? –estúpidamente me disculpé.

– Sí eres serio, pero de otra manera…

– No soy serio, pero tampoco soy cómico, no soy nada. Soy un huevón que se quedó a medio camino. A tu edad yo era un genio. Podía haber sido ingeniero o abogado o filósofo, pero me dio miedo todo lo que la gente esperaba de mí. Me desconcentré. Quise gustarle a todos, que me quisieran y me perdí. Me dediqué a tocar guitarra como un huevón porque a todo el mundo le gusta la gente que toca guitarra, después el cine porque a todo el mundo le gusta el cine, después empecé a hacer sonido. Todo por descarte, sin decisión, sin fuerzas.

– Es más interesante ser músico que ingeniero. Por lo menos es lo que opina la gente -dije tímido y desentonado.

– Me quedé a mitad de camino en todo, esa es la hueva -siguió sin escucharme- a mitad en todo -siguió complacido de escucharse-. Ni tonto ni inteligente, ni rico ni pobre, ni músico ni ingeniero. Ingeniero en sonido, mira la hueva rasca.

Sacó del fondo de su cajetilla de cigarro un pito de marihuana. En perfecta paz se puso a fumar.

– Esta hueva por ejemplo -mostró el mojado pito- me deja a mitad de camino entre estar volado y estar lateado. Toda mi vida es así. Este país es así, el mundo es así.

Se puso a fumar con deleite, yo avergonzado miré hacia la mesa. No sabía cómo había llegado aquí, ni cómo iba a salir, vivía al libre albedrío de Manuel.

– Ya comiste, vámonos -dijo con la seguridad de un padre, sin soltar su pito de los apretados dedos. Pagó la cuenta en la caja. Salimos a la completa oscuridad de la plaza.

– Si quieres vuelvo a la casa -dijo, tropezando torpemente contra la vereda.

– No es necesario -hacía mil años que yo le había pedido que volviera, ahora me parecía tan estúpido.

– No sé -le dije a esas sombras de humo blanco que nos ladraban afectuosamente- no sé por qué mi madre se pone así cuando se enamora, es como si no le importara nada, es como si todo el resto no le importara. Es como si actuara a morirse y quedarse viva al mismo tiempo.

– Fulminada por el rayo -dijo él sosteniéndose contra un arbusto.

– ¿Cómo sabes?

– A todos les pasa esa hueva, a todos menos a mí.

– ¿Tú crees que a mí me va a pasar alguna vez?

– Claro, por qué no.

– Es estúpido enamorarse así. Yo no veo qué tiene que ver eso con el amor. Uno se enamora para ser feliz, no para hacerse cagar. ¿No te parece?

– A mí nunca me ha pasado. Esa hueva no es para huevones que se quedaron a mitad de camino. Pero tú no, tú eres valiente, a los valientes siempre les pasan cosas terribles.

Pasamos por el estacionamiento de un supermercado amarillo.

– Yo no soy valiente -traté de salvarme de su pronóstico- ¿Para dónde vamos?

– A tu casa.

– No es necesario -No sabía cómo explicar a mi madre que le había traído a su novio. Me daba una vergüenza atroz.

– Tengo, tengo que ser valiente y decirle a tu madre que se acabó.

– No te preocupes, se lo digo yo, no te preocupes, ándate a tu casa, yo le explico.

– Se lo merece. Se merece una explicación, no soy un canalla, soy un estúpido, pero no un canalla.

Pasamos por la plaza de Los Guindos delante de la comisaría.

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El tango paleolítico. Ramuntcho Matta/ París

– No vayas para allá, para qué, no te preocupes, yo hablo con ella. Por favor no vayas -dije pero el hombre ciego caminaba de memoria.- “Hay que ser valiente en la vida. Déjate de hueva, hay que ser valiente”, repetía como un electrocutado. -Lo llevé como un lazarillo por la calle Licenciado de las Peñas hasta Coventry. No sé si yo estaba borracho o no, nunca había estado borracho antes, no sé si me sentía feliz de poder hablar, de por primera vez en mi vida haber hablado como si tuviera completa libertad para hacerlo, como si ya no viviera en el sueño de mi madre o el mío, como si por primera vez el aire frío de la noche me llegase ahí en la cara, como si estuviera recién llegado a Hamburgo o a Barcelona a alguno de esos puertos donde voy a vivir algún día sin pedirle permiso a nadie.

– Hay que ser valiente en la vida, hay que ser valiente, hay que ser valiente -repetía el pobre hombre.

– Yo he pololeado varias veces y nunca me he vuelto loco como mi mamá- traté de darme una explicación inútil.

– Hay que ser valiente en la vida -sólo supo decir él- ¿Aquí es? -me preguntó la voz resbalosa, cuando llegamos a la fachada de la casa- pensaba que era más chica.

– No es necesario que entres, no es necesario que le digas nada, si quieres ándate, olvídate de ella, sigue tu camino, no te preocupes -me parecía que todo había terminado hace tanto tiempo, yo estaba libre, mi madre estaba libre, la Sol, mi hermana estaba libre, mi padre estaba libre, libre y muerto, y solo Manuel estaba preso. Castañeando de frío, se agarró de la reja.

– No te preocupes -me sonrió- no te preocupes, no voy a hacer nada grave- dijo. Pero yo ya no estaba para escucharlo, manchado, mareado, viejo de cien mil años entré silencioso en mi casa. Salté al segundo piso. Mi madre en el living vigilaba una estufa a parafina.

– ¿Dónde estabas, Arturo? -dijo.

– Por ahí, por ahí -y entré asustado a mi pieza. Me saqué la chaqueta, me acosté un segundo, me levanté. No pude evitar mirar en la ventana a Manuel solo en la reja, las manos atadas a los barrotes. Un farol amarillo aplastaba sus engripados rasgos. Su boca respiraba humo. No podía ni avanzar ni retroceder. Tocara el timbre o retrocediera, me daba lo mismo, yo ya sabía por primera vez lo que era un hombre, un pobre hombre.

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