Con obsequio. Por Juan C. Vásquez

El hombre del megáfono los trata como a niños, apela a las emociones antes que a la reflexión. Les recuerda que todos van a tener lo que quieren si repiten el procedimiento y respetan sus leyes. La fila disminuye y se acerca, para que les den el obsequio tienen que hacer lo que les diga.

Cada vez son más los que llegan, cada vez son más lo que se preguntan quién es el uno y quien es el otro al intentar sacar conclusiones por las actitudes, por las vestimentas. Muchos saben que los seres y las cosas evolucionan por combinaciones. Hay personal de limpieza, hay médicos y científicos, ancianos y pervertidos que hacen exhibicionismo. Hay predadores sexuales fichados por los servicios secretos. Hay niños corriendo por un pasillo hacia un cielo dibujado en la pared. No era el instante para desviar la atención de lo que es verdaderamente importante mediante la inundación repetida de informaciones insignificantes. Vuelven a fijarse en el paso.

Al avanzar en la fila hacia el obsequio, aplicar un juicio y vociferar la conclusión podría traer descontento. Quieren recuperar su simplicidad con prudencia a pesar de la seducción terriblemente intensa que les provoca la crítica. Necesitan emplear el máximo cuidado y cautela si quieren poder abrigar la esperanza de alcanzar la meta. 

La tranquilidad era impuesta, aunque el odio entre todos brotase por los poros. Cajas pequeñas, medianas, grandes, sueños dentro de las cajas, el silencio absoluto ante el misterio de no saber qué. Buscaban una noción por las formas, pero no detectaban nada. Sacrificaron su día, su voto, dejaron de pasear al perro. Querían un obsequio duradero, que le diera una respuesta absolutamente segura, un porvenir.
Se reconocían en un estado hipnótico al estar presos por los deseos, soportarían para crear una reacción y después de un destello lo tendría; aseveraban a su vecino con una vehemencia desmedida esa posibilidad, ilusionándose.

Uno de ellos se logra conectar con su esperanza al llegar, disuade a los que se tornan impacientes para que se queden y se calmen, logra abrir la puerta inconsciente a las ideas que necesitan para fortalecer la fe, lo abrazan, lo besan como si fuera pequeño. Se pierde entre las emociones del regalo visualizándolo, proyecciones imaginativas que se vuelven un colectivo al ver, casi pueden tocarlo entre todos. 

Cuatro, tres, dos segundos más cerca del momento. Hay una gradualidad exacta. Finalmente, con manos entorpecidas coge el obsequio y lo abre. Tendrán por fin la posibilidad de distinguir su forma, sonríe, explora la textura, pero la emoción empieza a diluirse al escuchar un detonador activarse, y cuando quiso darse cuenta, todos estaban fuera… El sonido atronador activó la maquinaria, explotó, y lo hizo pedazos.  El organizador osciló siniestramente ante él, como un péndulo, para asombrarse, admirarse…, y burlarse del hecho.

Al rato, se empezó a formar otra fila que soñaba con otra suerte.

JUAN C. VÁSQUEZ nació en Valencia (Venezuela). Se trasladó a la Florida en 1999. Desde entonces ha vivido en San Francisco, New York y algunas ciudades de España. Obtuvo distinciones en los Concursos de Poesía Pro lingüístico y Multimedia Premio Nosside (Calabria, Italia), Edizione 2005 y 2006. Finalista del concurso de microrrelato “GUKA” Buenos Aires, 2018. Participó en los volúmenes colectivos y antologías: Paseo en Versos (Pasos en la Azotea, Df México 2006); Hemiparesias (Visceralia Ediciones, Santiago de Chile 2006) y Poesías y aparte (el Libro y su Autor, Creaciones Literarias, selección de Betty Goldman y Enrique Epelbon; Estados Unidos 2007). Formó parte del grupo cultural Spanic Attack (El Bronx, Nueva York). Es autor del libro de relatos Pedazos de familia (Ediciones Estival, 2000).

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