Primitif: ‘Western’, de Luci Romero

“A ver si echan una del Oeste”. Así recuerdo a mi abuela materna aprovechar la oportunidad que ofrecía un programa poco atendido por el público familiar: “chiquillo, mira a ver si echan una del Oeste”, decía con una sonrisa, sabiendo que tal vez queríamos tener lo que se estaba emitiendo como un arrullo catódico de fondo, pero que su estatus como matriarca y su bondad pícara se iban a imponer sobre esas serpientes amazónicas de la segunda cadena que tanto le espantaban. “La bicha”, decía mientras se santiguaba. Aunque en el fondo creo que ni siquiera le daban tanto asco, porque se reía. Sencillamente le gustaban mucho las películas del Oeste, desde las pertenecientes a su edad de oro -la del western, no la de mi abuela, cuya edad de oro para mí fueron todas, claro-, hasta las relativas a la decadencia del género, momento en que aparecieron derivas interesantes desde la perspectiva del western crepuscular. Aquellas películas de indios y vaqueros, como también las llamaba mi abuela y tanta gente más, eran, en esencia, conquista: de un territorio, de un pueblo asediado por forajidos, de un tesoro, de un amor, de un futuro. Los buenos, que muchas veces solían pasearse remolones sobre la línea que separa a bandoleros de ayudantes del sheriff para finalmente demostrar de qué auténtica pasta justiciera estaban hechos, peleaban contra los elementos para hacerse con su algo, anhelasen lo que anhelasen. Pero siempre anhelaban algo. Y este anhelo se convertía en huida si implicaba un fantasma del pasado.

Western, de Luci Romero

Tengo que reconocer que tardé en asociar la palabra vaquero a vaca. Me ha pasado con otros muchos términos, como por ejemplo sombrero y su correspondencia con el hecho de hacer sombra, siguiendo con los referentes cowboyísticos. Vaquero. Un tipo a cargo del ganado, pero mucho más: el hard-liner de la Frontera, un pionero reclamando lo que no es suyo. El vaquero convive con el trampero, como el Zebulon de Wurlitzer, pero el trampero no tiene el porte aguerrido y el honor polvoriento de chico de las vacas; el trampero suele ser mezquino en el reparto de naturalezas del western: mientras que el trampero engaña y atrapa, el vaquero lidera a sus animales hacia los pastos y el matadero. Así son las cosas en aquel Oeste que nunca existió, en el que cuando te disparaban caías del caballo y poco más, los indios son el maligno acechante en el desierto, y hombres y mujeres lucen un cutis estupendo, una dentadura con todas las piezas y una ropa razonablemente limpia pese a los rigores de la vida sobre un caballo o en un burdel con poca disponibilidad de agua para caprichos de la higiene.

El Oeste que nos mostraron es un territorio impreciso, cambiante por definición -la frontera se movía con los pioneros-; un lugar más emocional que verdadero. El Oeste, ¿qué es? Si te encontrases en la costa este de Rusia, un país del Este desde las coordenadas en que escribo, estarías al Oeste de Estados Unidos, el país del Oeste legendario, donde el Medio Oeste ocupa en realidad el centro norte del mapa. Habrá que fijarse entonces en el significado literal de western, ‘occidental’, allá por donde se pone el sol. No en vano aquel trote o galope hacia el astro hundiéndose en los créditos. Ahora sí: ya podemos ubicarnos mejor, porque ocasos, a pocos años que tengamos, habremos presenciado bastantes. El último del que yo he podido ser testigo, en realidad, lo he leído. Es el Western de Luci Romero -poeta y librera- que atardece de forma perenne en el catálogo de Editorial Delirio.

Pese a lo reducido de sus dimensiones, el poemario, con una piel de cartón esmerilado o brillante y gris de Moby Dick, contiene una epopeya tan vasta como el camino agónico de Meridiano de sangre de McCarthy: la tragedia, el lugar, el invierno, el instante trágico como el que retrata la bala saliendo por el cañón de un revólver, la exploración, el otro, el enemigo -que a veces es otro y a veces es uno mismo-, el animal salvaje como el oso grizzlie, el coyote, el lobo o el puma en las montañas, la fuga, el mito, la caza, la vigilia reveladora, uno de los disparos más certeros del poemario:

Western, Luci Romero

los rituales, las diligencias, las vísperas del telón que baja, la redención, la violencia. El más allá del propio Oeste, el Aman de Tolkien, “las tierras imperecederas” del Silmarillion donde la vida se pierde en el extremo occidente para dar paso a nuevas historias. En Western hay duelo y hay duelos:

La frontera / es un estado / invisible. Bang.
La rendición / es cosa de pocos / -con uno basta-. Bang.
y la naturaleza que es entraña / se hace viente de ballena. Bang.
Lo salvaje / me muestra el camino. Bang.
Las paredes / serán carne de viento. Bang.
Y así queda establecido el estado de violencia. Bang.

Cae el cuerpo, miramos al cielo: el sol nos abrasa y la cámara desenfoca para que seamos conscientes del doloroso despertar. “Todo lo bueno es libre y salvaje”, decía Thoreau. Se escucha una canción de despedida: Romero enfunda la poesía desde un desierto de Almería. Fort Bravo se recorta contra una luz en declive. La escena es real: se ha rodado fuera del decorado.

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