Primitif: ‘Cuaderno de campo’, de María Sánchez

El día en que releo este libro, llueve. Llueve en Valencia, lo cual es un acontecimiento. Llueve y dejo que el olor de la lluvia cuando llega me transporte a Bejís, a la casa de mis bisabuelos cuyas llaves siempre llevo encima por si necesito escapar: son ochocientos metros sobre el nivel del mar y una hora de viaje desde la costa en que vivo, pero para mí es Bután. Ya no están mis bisabuelos, ni mi abuelo, ni mi tía. Solo habita la casa ya mi abuela, estacionalmente; a veces también mi padre y yo. Ella emigra a la frontera con Aragón antes de que el calor por estas latitudes haga de los días un baño de sudor constante. Ver llover allí, algo que ocurría con cierta frecuencia, era todo un acontecimiento: al restallar de las nubes le seguía un torrente que bajaba con fuerza desde el castillo hasta la plaza, pasando por la puerta de mi casa, desde donde fletaba mis barcos de papel y otros objetos que simulaban ser navíos, pero que a lo mejor solo eran hojas secas o pequeños palos que se sumaban a la corriente hasta desembocar quién sabe si en unos almendros de los que mi abuelo siempre sacaba algo que ofrecerme. A continuación, cuando amainaba, íbamos a la Estación a por baquetas, un tipo de caracol muy apreciado por estas tierras para la paella.

María Sánchez, Cuaderno de campo

De toda la experiencia, recuerdo sobre todo el olor, que no es ese petricor del que tanto se habla ahora necesariamente porque el suelo no siempre estaba seco: también llovía sobre mojado. Ese olor era la consecuencia de incontables partículas desprendidas de elementos del entorno que acababan viajando hasta mis órganos responsables del olfato, que las interpretaban en conjunto como el aroma del campo, provocando una respuesta por mi parte, en este caso, un bienestar profundo y místico. Pero estas partículas a su vez estaban constituidas por moléculas, moléculas formadas por átomos, divisibles en partículas más y más pequeñas. Y lo que yo no sabía entonces, pero sé ahora, es que esas partículas no eran otra cosa que manifestaciones, fluctuaciones siendo más precisos, de los campos. Campos cuánticos, otro tipo de campos, pero campos, al fin y al cabo. Campo en la superficie y campo en la esencia. No hay nada que no sea el reflejo de un campo: ni siquiera el vacío. El libro que tengo junto a mí, Cuaderno de campo es, en definitiva, producto de las fluctuaciones de los campos que constituyen el universo. La materia es campo. Fermiones. Su autora, la poeta María Sánchez, también lo es. La luz que llegaba a sus ojos cuando lo escribía, todos los fotones que iluminaban la tierra que le presupongo en las manos al hundirlas en la raíces -las manos, volveremos a ellas- eran campo electromagnético dejándose sentir. Pronto demostraremos que la fuerza que tira del fruto maduro para arrancarlo del árbol ejerce su atracción a través de los gravitones, la cara visible del campo gravitacional.

Pienso que quizás algún día descubramos que todo es un campo: la emoción, la belleza, la memoria. Si es así, podré decir que descubrí manifestaciones de los tres en las páginas de este libro. Fluctuaciones de la voz que dan como resultado esto: “pero quizás pueda decirle, señor, / mientras mira atentamente esta parte de mí / esta parte de grieta y ayuno, / este sitio donde anidaron todos los hombres de mi vida: / (sí mi abuelo, sí mi padre, sí mis hermanos, sí el que hizo posible la caída, sí, el que ensuciaba todas las calles con el nombre de arthur cravan) / sí todos los animales que he alimentado como / los hijos que no tengo / porque ya sabe, / yo soy un vientre vacío, mamá”. Eventos irrepetibles acaecidos en la mente de Sánchez que con un fulgor que llega a herir los ojos -o quizás ese brillo vidrioso sea otra cosa que duele más reconocer-, arden en la página en forma de carta al padre, a la madre y al hermano.

María Sánchez Carta al padre

Es en este pasaje del cuaderno, de título Los favoritos de la luz, donde la autora invoca a la herencia para construir esa majada del recuerdo donde se resguardan los destellos de quienes se fueron pero se empeñan en quedarse, como en la Comala fantasmal de Pedro Páramo. Un momento memorable en la lectura.

Hablábamos de las manos, no quiero que se me olviden: con las manos se ha trabajado para escribir este poemario, las manos aparecen para introducirse en las vísceras, en el legado y en las palabras: “Y vamos a dormir y oímos cómo crece la hierba y rumian las vacas, y sentimos tus manos calientes / -no temblando como la primera vez frente a un animal abierto, recordando las lecciones del médico en la sala del paritorio, con una mujer dando a luz / no las manos sudorosas de entonces sino tus manos firmes y calientes acunando a la aguja también a partir de aquí a nosotros”. Hay también lecciones inolvidables extraídas de la naturaleza; al parecer el instinto de supervivencia puede ser víctima de las secuelas, más aún de lo que ya sabemos:

 

Algunas enfermedades hacen perder el sentido
de la huida al animal.

no estoy enferma
pero tampoco huyo
a lo mejor es que simplemente
quiero que me atrapen:
un cepo quizás es anestesia

luego vendrá
la venda contra la herida

 

Esas lecciones se condensan en dos decálogos que nos devuelven al campo y al principio: “todo elemento es un conjunto de órganos que realizan una función”, dice Sánchez. “Antes de exponer la anatomía hay que comprender y esperar lo que vendrá de dentro”.

Incluso cuando lo de dentro siga siendo campo.

 

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