Un abismo llamado modernidad. Por Marco Grosso

El trabajo de un artista está definido por su historia. A medida que la concepción del mundo del pintor cambia, la mano que da la pincelada definitiva a la pieza aún en movimiento – llamémosle etapa de creación – se agudiza. Las formas que lo han acompañado desde sus inicios comienzan a contar y contarse entre ellas, otras historias. Los trazos comienzan a reclamar como suyos espacios dentro del lienzo y el pincel poco a poco deja atrás la inocencia. Aquí el pintor se detiene para dar un paso atrás y poder dar espacio a esa otra interpretación del lugar en el que habita. Poco a poco él entiende que la visión sobre el mundo, como ese lugar frío, incierto y a veces inmutable, no puede cambiar. Y es ahí, en ese preciso momento de lucidez –llamémosle experiencia estética – cuando descubre que solamente a través del tiempo y en complicidad de la técnica, se puede lograr que este mundo se vuelva un lugar tolerable. Ahora el artista descubre por primera vez el artificio del caos y puede reclamar como suyo cada momento de creación desde la soledad de su estudio. Las piezas que comienzan con una mirada carente de culpa, se convierten ahora en nuevas y vigorosas formas y conceptos por la propia reinterpretación del tiempo. Los cuadros por fin comienzan a tener un lugar a donde ir ante la mirada del espectador.

La obra de Terrones parece dar cuenta de esto, ya que sus cuadros han podido incursionar en ese horizonte vasto de creación permanente entre diferentes escuelas de estilo compositivo. Del expresionismo a la abstracción pasando por el arte figurativo; lienzos llenos de color y forma; paisajes que gravitan en la nostalgia; piezas llenas de simbolismo que narran pequeñas historias, sueños o pesadillas sacras; acuarelas que anuncian un presente donde el mundo es un rehén del hombre moderno, todo esto resumido a través de texturas y composiciones cuidadosamente trabajadas. La libertad de elección se volvió para él, libertad de creación. De esta forma, la obra de Terrones navega sobre la creciente temporal de una y varias técnicas que ha ido resolviendo y que le han permitido mostrar a lo largo de su trayectoria que no hay certezas definitivas si no movilidad en sus cualidades artísticas.

Un ejemplo de estas cualidades artísticas en Terrones es la serie de acuarelas “Deshumanización”, donde pone pausa a las pinceladas y la factura para dar por muerto el color, o tal vez, priorizar su ausencia. Aquí el artista comprende que las condiciones para hacer un resumen a su obra están dadas y así, entre trazos firmes de negros y fondos traslucidos, nos muestra que esa realidad que le obsesiona, no se deforma, si no se simplifica.

En cada uno de estos cuadros nos encontramos un enigma, y aunque a primera vista parecen estar condenados a su propio encierro, no existe una monotonía ya que no hay interrupción entre una pieza y otra. Es posible ver esta serie por separado y también poder contemplar un solo cuadro para poder entender la finalidad de su composición. Sin embargo, la obra apreciada en su totalidad, mantiene una relación íntima. Cada pieza está ligada por un elemento narrativo y está siempre acompañada de un todo simbólico que las dota de movimiento, y que a manera de faro, nos guía para poder comprender la narrativa.

Cada pieza parece tratar de decirnos algo. Las imágenes se muestran traslucidas, pero, aun así, tienen un peso exacto sobre el papel. Tal vez a primera vista hay una pista en esos trazos sombríos que develan una parte primigenia del hombre y que sirven para que el espectador pueda refugiarse y desde ahí poder presenciar el advenimiento de la incertidumbre que propone Terrones sobre el hombre moderno. El desconcierto está plasmado en cada cuadro, o mejor dicho, interpretado como una suerte de retazos de nuestro pasado, algo inserto en nuestro ADN y que secretamente nos llama, pero que en el presente, nos condena. Esta puede ser nuestra primera pista.

Otra pista más. Tal parece que cada pintura es un recuerdo unicelular del universo, solo que está aderezado con una pizca de desesperanza moderna. Gris sobre gris donde el color no cabe. Nubes vehiculares y formas mínimas que se repiten a sí mismas, formas delimitadas con un halo negro alrededor de cuerpos orgánicos que asemejan colosos renacidos, pero no por la sangre derramada por la castración de Urano, sino por la paradoja creada de la inmanencia del hombre ante la grandeza de la naturaleza. Este ser no rechaza a la humanidad si no la asume con indiferencia.

Otra pista más. Un big bang de pasión que dio vida a los trazos del universo de Terrones y donde los fondos de esa explosión son parajes de reminiscencia previo a Todo. Sobre ese limbo de ensoñación se crearon constelaciones llenas de simbolismo – siempre simbolismo –  bajo el orden intrínseco de la pincelada, delineando alegorías, multiplicando formas a imagen y semejanza de la fragilidad del mundo moderno, repeticiones a escala que se balancean en la orilla de los primeros dioses de esta creación espontánea, que también parecen tener desdén al hombre, pero en esta ocasión, parecen advertirles algo.

Cada pieza de esta serie sugiere algo. Decadencia, fragilidad y desintegración son algunos de los parámetros con los que mide Terrones a la humanidad y que nos presenta en estas acuarelas. Somos parte, o tal vez resultado de esta historia, pero existe algo terrible en aceptarla. Me he quedado sin pistas.

Terrones en su serie “Deshumanizaciones”, no pretende enmascarar la realidad, sino dar fe de la solidez del misterio que ha descubierto, dotando de eternidad a unos seres que prevalecen vigilantes en cada corte abrupto de sus pinceladas y trazos, presentando a algunos de ellos a manera de recordatorio los momentos justos en que él hombre ha fallado. Y ante esta sucesión de errores bautizado progreso, el futuro desprovisto de esperanza, es irremediable. El daño al mundo, o mejor dicho, a la humanidad, está hecho, de ahí el origen de la tragedia. La deshumanización se hace presente, desvelándose así, con esta pista final, parte del misterio.

En la serie de acuarelas de Terrones, irónicamente la pausa de color que propone él, es una metáfora de alivio esperanzador para el espectador. Aquí nos presenta que lo terrible es descifrar el simbolismo dentro de cada uno de los cuadros de su serie, donde la metáfora no es la idealización de la belleza en el lienzo si no la posibilidad de crear, con los elementos mínimos de la forma, un consuelo a ese abismo llamado modernidad.

Un vistazo a la obra del maestro Terrones a través de una mirada meramente especulativa.

Pero cada mirada
puede ser tan infinita
como el mar. 

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