Troubles in mind (1): las utopías Marshall. Jesús García Cívico

“De esos días siempre recuerdo primero las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas (…) y no se llevaban bien.”

Felisberto Hernández, La casa inundada.

Entre cíclicas crisis religiosas, José María Blanco Crespo (Blanco White) denunció tanto el anquilosamiento clasicista de la poesía española como los tics más zafios de la Iglesia católica. En su mente el rencor por la muerte de sus hermanas consumidas en un lóbrego convento de clausura. Un motivo válido para ambos arremetimientos.

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Desde mi más tierna infancia, desde mi primera época de lactancia, me ha fascinado la pornografía. Concretamente su intuición para delinear con más exactitud, profundidad y rigor que otros géneros los finos lindes que separan la realidad de la ficción.

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Les-oubliés

Les oubliés. Julie Navarro

Crecimos con R. L. Stevenson y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, con los misterios que resolvía el perspicaz detective de Conan Doyle, con La casa en el confín de la Tierra de William Hope Hodgson, con el viaje de Arthur Gordon Pim, con Los mitos de Cthulhu de H. P. Lovecraft. Desde entonces todas las personalidades, todos los misterios, todas las casas, todos los viajes, todos los logos, la propia vida, nos han parecido alicaídas, anodinos, parcas, previsibles, parvos y mortecina respectivamente.

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Esas estrellas muertas cuya luz aún nos alcanza no saben, no pudieron saber, que un día las señalaríamos con el dedo.
O quizás sí, a modo de déjà vu.

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Desde joven he simpatizado con el comunismo a pesar de, o precisamente por, su empeño en tratarme fatal. Luego simplemente me avine con aquellos y con aquellas que, sobre todo, me procuraban… dolor. No soy completamente idiota y entiendo que ambas filias pueden explicarse por mi temprana formación moral cristiana de la que ya jamás podré desprenderme. ¿Por qué hice esto? ¿Por qué eso? ¿Por qué hicimos aquello? Manejarse, ¡manejarnos! ay, con el psicoanálisis primero torpe, luego obsesiva y al final automática, maquinal, instintivamente como con el cubo de Rubik.

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Yo no soy yo, o mejor, yo ya no soy yo. Je est un autre: Ego obliga.

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En su día Greta, Martín, la inquilina y yo compramos un Ginkgo biloba, árbol sin parientes vivos, clasificado en su propia división, Ginkgophyta único miembro de la Ginkgopsida, familia Ginkgoaceae, género Ginkgo, ejemplo de relicto o fósil viviente conocido. Lo compramos y regamos cada día con cuidado al saber que su familia había sobrevivido a los terremotos, a los tsunamis, a las bombas atómicas de Nagasaki e Hiroshima, esto es, lo amamos superficialmente por la misma razón por la que profundamente nos repugnan las cucarachas.

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Levantarse calibrando la irreparabilidad del futuro, aventurando el pasado, ese lapso de tiempo impredecible.

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Siempre hay una canción bajo cuya música nos sentimos más fuertes aunque no mejores.

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No hay peor provincianismo del alma que decir de esa mujer que se amó locamente sin ser correspondido: “en realidad, nunca la quise”. Otra bajeza de uno frente a uno, otro enterrar la colilla del cigarro en la arena de la playa.

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Anochece después de que atardece, cuando un astro, en particular el sol, por efecto de la rotación de la tierra atraviesa el plano del horizonte (pasando del hemisferio visible al no visible). Es de noche cuando tras el ocaso atardece y siempre antes de que salga el sol, cuando oscurece, con ocasión de la luna, las estrellas y todo eso o simplemente cuando se lee a Poe.

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El domingo es kitsch por definición. Todo lo que hacemos el domingo tiende a caer del lado del mal gusto.

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A menudo creo que Ortega habría agradecido un revisor de vuelta que suavizara sus sentencias, “la realidad que se ignora prepara su regreso”. Bueno, dejémoslo en que en cada rincón de la historia anida, esperando dar su versión de los hechos, el dolor y la miseria: paciente anverso de nuestro entusiasmo utópico.

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Desprenderse de todas nuestras impurezas y no poder ya mantener los ojos en la grotesca aberración que nos devuelve el espejo.

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Tengo la impresión de que, con la humildad apropiada, aún podemos crecer un poco cuando llueve.

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Es bastante corriente que no te entiendan en absoluto y que tus esfuerzos por no ser malinterpretado sean tenidos como un insulto, es decir, precisamente como lo que son en realidad.

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Odian los derrotados, los débiles, por supuesto, los previsores –al anticipar cobarde pero lúcidamente su derrota- odian secretamente las monjas y los peluches por no poder odiar abiertamente, odian los ordenados, los hondamente ordenados.

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Su bicicleta se estrelló contra la montaña. No la vio venir.

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Encerrada en casa perfeccionando toda la noche un reproche que advertirá, si acaso, solamente una persona: amiga mía eres un tema de Thomas Bernhard,
La tierra es un esferoide oblato achatado por los polos, con un abultamiento alrededor del ecuador y una ligera inclinación hacia el mal gusto, la distopía y el pensamiento reaccionario.

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Me voy a la cama con mi pijama a cuadros de Remedios Varo y de Leonora.

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Tengo un sueño recurrente en el que escucho lo que dice todo el mundo que conozco, entiendo perfectamente cada palabra, cada coma, cada silencio, cada frase, sin embargo es un sueño indescifrable para mí pues aunque es cierto que comprendo cada palabra, cada coma, cada silencio, cada frase… aún no sé de qué tipo es.

 

(1)
“Trouble in mind”, Marianne Faithfull, (Trouble in Mind, Alan Rudolph, -Original Motion Picture Soundtrack-, 1985

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