Ruptura. Por Alicia Trujillo

Gustav Klimt, Muerte y vida, 1915

Al notar el impacto del coche sintió alivio. Durante una fracción de segundo la adrenalina le inundó de excitación: la clase de excitación que presiente un cambio radical. Cortar con algo, desecharlo, aniquilarlo.

Su cuerpo salió disparado por el cristal delantero, el estallido de este al romperse resonó en cámara lenta en algún rincón de su cabeza como una melodía serena y contundente. Tirada en el asfalto, tuvo ganas de reír al pensar en lo absurdo que era que algo tan grotesco como es el ruido de un cristal haciéndose añicos, tuviera cierta armonía. Se preguntó si alguien habría reparado en eso.

Las sirenas de las ambulancias y las pisadas sobre los charcos hicieron que regresara su atención a ella. Acabo de tener un accidente, y esto es lo que se siente. ¿Y qué siento?, pensó. No mucho. Una especie de entumecimiento; escuchaba voces a su alrededor. Elevaron su cuerpo, y flotó en al aire. Fue en ese momento que perdió la noción de lo que sucedía.

Se vio en un espacio reducido y hermético. Todo era de cristal, el lugar estaba por completo rodeado de espejos. Hasta el suelo era un espejo, en el que sus pies de alguna manera se apoyaban, aunque su sentido del tacto estaba anestesiado. Se respiraba un aura de imprecisión, del suspenso que precede a algo significativo. Se dijo que podría ser un sueño, pero en el acto se acordó del choque. ¿Será un sueño la antesala de la muerte? La verdad era que hacía tiempo que la buscaba. Llevaba meses fantaseando con la muerte. En las largas noches de insomnio era lo único que lograba calmarla: visualizaba la escena donde el mar sostenía su cuerpo que reposaba boca arriba sobre las olas mansas, en absoluta quietud, hasta que la gravedad, con delicadeza, comenzaba a atraerla al fondo… ya con todo el cuerpo sumergido en el agua, descendía hacia una profundidad desconocida, hacia una oscuridad que la acariciaba con suavidad. Al fin se quedaba dormida. 

Descartó la posibilidad de estar muerta. No podía ser compatible con el pensamiento. Observó los espejos, eran muy extraños, tenían elevaciones y curvaturas, daba la impresión de que los conformaban varias dimensiones, y algunas de las esquinas del cristal tenían una cavidad en medio, de la que se desprendían colores que no conocía, una combinación de grises bastante peculiar. Estaba tan distraída contemplado aquella extrañeza que obvió un detalle fundamental: ella no se reflejaba en ellos. No podía verse. Le recorrió un repentino nerviosismo, miró sus pies descalzos, se tocó sus manos, el torso, sí, era su cuerpo, existía… le asaltó una fugaz idea: los espejos sólo reflejan la luz. ¿Y si no quedaba en ella nada que se asemejara a la luz, a la esperanza? ¿Era ese el mensaje?, ¿había algún mensaje?

Como si la emoción fuera la clave que activa algo, imágenes cobraron vida en aquellos espejos. Los sentimientos con los que estaba más familiarizada adquirieron un rostro, ¿serían sus muchos rostros?, ¿Al fin se estaba viendo? La rabia y la soledad se impusieron ante ella. Las imágenes iban multiplicándose a gran velocidad a medida que ella en su mente creaba asociaciones, una emoción tras otra se tejía en el manto de su consciencia para proyectarse delante suyo, y no podía controlarlo, el pensamiento tenía autonomía propia, no respondía a su voluntad. Se vio invadida, acosada por esas caras que no apartaban la vista de ella. Al ver su propia creación, no pudo controlar que se empezara a gestar en su pecho un llanto mudo, repleto de espanto; mismo que fue transformándose en un eco que le devolvían los rostros en forma de grito histérico. Nunca había escuchado algo igual. De manera instintiva supo que debía ser la desesperación en su máxima pureza. El llanto penetró en ella para sacudir su interior con violencia.  En cualquier otro contexto, sabía lo que haría, sabía que existían sustancias que calmaban todo aquello. Pero el dolor que había camuflado detrás del engañoso sosiego de las drogas ahora se reflejaba en la mirada que le devolvían los espejos. Uno de los huecos del cristal que tenía más próximo, comenzó a hacerse más hondo, hasta dibujar un surco en forma de dos esferas, de lo que una vez fueron sus ojos (cuando su mirada no estaba corrompida). Desde ese lugar de su pasado, desde la mujer que era, presenció su presente, fue testigo de cómo dos horas antes de subirse al coche estaba tirada en la esquina de un baño público, sudando de ansiedad, inyectándose con una jeringa usada, porque ya nada le importaba, porque solo quería diluirse en un trance que la alejara de ella, del mundo, y la poca energía que le quedaba, la única motivación que dirigía su acciones, que le hacía levantarse de la cama, e incluso hacerse el desayuno, lo que la hacía seguir, era la sola idea de experimentar por unos míseros minutos el adormecimiento de su ser, y la efímera efervescencia de sus sentidos.

Llevaba rato temblando, el golpe del pálpito de su corazón le subió hasta su garganta, la sangre hervía en la boca de su estómago, le daba terror la decadencia que veían sus ojos, apenas tenía treinta y tres años, pero era como si hubiera estado luchando muchas vidas contra los monstruos del pensamiento y estos ganaban la partida, ya no podía reconocer quien era antes de eso, la ilusión, las ganas de vivir, de iniciar un proyecto. De amar…  ¿en qué momento se desvaneció? Se había convertido en un recuerdo fantasmático que ensombrecía su figura. Un sentimiento que no supo nombrar se manifestó con determinación, exacerbó el llanto y magnificó el sonido de la desesperación hasta que la intensidad fue tanta que, en un golpe de explosión se rompieron cada uno de los espejos; los rostros, se desfiguraban, los pensamientos se desintegraban. Diminutos cristales le saltaron encima. No sentía dolor físico, pero en algún lugar de su ser algo se retorcía. Los recuerdos, descompuestos, cayeron a sus pies como materia muerta, reproduciendo el mismo sonido armonioso que cuando su cuerpo salió disparado por el cristal del coche.

Al cabo, el espejo más amplio, el que en apariencia la sostenía, empezó a resquebrajarse, dividiéndose en dos partes, hasta que ella cayó. Cayó junto con los fragmentos de su vida. Caía hacía un abismo sin forma, exorcizándose de toda carga, del sufrimiento, de los múltiples rostros, pero también de otros momentos. ¿Por qué tenían que aparecer en ese instante?  Todo saltaba a la luz: la calidez del abrazo de su abuela al recibirla los domingos (aun sabiendo que le había robado para comprar heroína); el entusiasmo que no podía contener la voz de su hermana menor cada vez que recibía una llamada suya (cuando todavía la llamaba); el agradable paseo sin rumbo por las calles de Chueca en pleno invierno; la noche que conoció algo cercano a la ternura; las tardes que estudiaba los libros de anatomía  con su café con leche y un toque de canela, cuando aspiraba a ser médica, cuando aspiraba a algo… seguía cayendo, y vaciándose de todo lo que una vez fue. La memoria despoblándose a sí misma.  Por fin descendía hacia esa profundidad desconocida. Por fin su anhelo se materializaba. Ya no percibía su cuerpo, y ningún peso. Siempre creyó que el peso es la otra cara del tiempo, que sólo en un espacio exento de tiempo se puede hablar de Libertad.  El apego que la mantenía unida a la realidad iba cediendo como un hilo que de tanto estirarse se rompe. Esto es lo que quería, esto es lo que tanto deseaba, se decía una y otra vez. ¿De verdad esto era?, dudó. 

Una luz cegadora penetró en sus pupilas. Presencias, voces. Alguien tocaba su ojo derecho, luego el izquierdo. No entendía. Ruido. Está despierta. Voces. Más presencias. Algo escuchó de un golpe en la cabeza, lesión cerebral, análisis. El hombre que parecía que llevaba el control pidió silencio. Estaba muy cerca de ella, le tocó la cara, le preguntó su nombre y le dijo algo sobre un accidente. 

La oquedad de su pensamiento se extendió por todo su cerebro.

 No había nada. Sólo espacio vacío y el susurro de una inhalación cansada.

 ¿Quién habitaba ese cuerpo ahora?

Alicia Trujillo Aragón. Nacida en Madrid, 1992. Vivió gran parte de su vida en México, país donde cursó la carrera en Psicología. Ha estudiado el máster de Espiritualidad transcultural en la Universidad Ramon Llul de Barcelona, actualmente está realizando el trabajo final de investigación sobre la relación entre líderes de sectas espirituales y el trastorno de la personalidad.
La escritura y la lectura ha sido lo más importante para ella desde temprana edad. Colabora de forma habitual escribiendo relatos para la revista literaria digital Letralia Almiar. A su vez es una de las editoras en Masticadores de Letras, y está trabajando en un ensayo académico para la revista Frontera Digital. Amante de la literatura rusa, la poesía y el psicoanálisis. Su obsesión: fusionar patologías humanas y ficción.

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