Odisea nocturna. Por Sabrina Yanes

Mi casa está llena de cucarachas. Salen de noche, como si supiera que a esa hora los amos de la casa están descansando y son menos propensos a darles muerte. O si despertaran, lo harían en un estado atontado por el sueño, aumentado las posibilidades de ser ignoradas por sus “perseguidores”. Al menos este último es mi caso.

Ir al baño es toda una odisea. Me despierto luego de tres horas de sueño profundo sintiendo mi vejiga explotar y aunque mi cuerpo quiere permanecer en la comodidad de la cama, mi cerebro, o al menos la parte más despierta, sabe que es más conveniente aliviar mi necesidad. Entonces me dirijo al baño, midiendo mis acciones para no despertar a nadie, resulta que mi madre es de sueño ligero, y cuando cruzo la puerta que lleva a mi destino las encuentro a mis pies, corriendo de un lado a otro como ansiosas por darme la bienvenida. Hay muchas, y yo camino entre ellas intentado manejar rápido mis asuntos para marcharme a toda velocidad, sintiéndome poco bienvenida en aquella convención privada.

Yo, en lo particular, he aprendido a no alarmarme. Me bajo los pantalones dispuesta a completar el negocio en aquel territorio que ya parece extranjero para los de mi especie, y las ignoro lo mejor que puedo mientras ellas corretean huyendo de mis pisadas.

De cierta manera, me siento como si hubiésemos firmado un pacto de no agresión, como Alemania y Polonia antes de la Segunda Guerra Mundial. Yo soy Alemania, el gran estado malvado, y ellas son Polonia, el pueblo indefenso. Debo confesar que me he tomado mi papel muy en serio, así que he roto el acuerdo y aplastado varios de los pobres ciudadanos indefensos de mi nación vecina, pero se regeneran a una velocidad alarmante, así que en pocos días, la rutina vuelve a empezar.

Hay noches en las que pienso ser Hitler y ellas actúan el papel de simples judíos que no tienen más forma de hacerme frente que la de huir y esconderse. Es entonces cuando las observo desde arriba, con la satisfacción que solo trae aquella sensación de superioridad. Después vacío mi vejiga, vuelvo a la cama, y aun con el cerebro embotado por el sueño, pienso que yo, como Hitler antes, tampoco podré acabar con mi plaga.

Sabrina Yanes García, Cuba 2001. Estudiante universitaria de segundo curso de la carrera de Literatura española.

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