Los espejos son la memoria de la muerte. Por José de Montfort

Crítica de Ciudad lejana del escritor Javier Vásconez. 

Leo al ecuatoriano Javier Vásconez, su ópera prima y, a la postre, obra fundadora de todo su posterior universo, Ciudad Lejana (Alfaguara, 2002); un libro que me cayó en las manos de pura casualidad, como suele suceder con algunos libros buenos, que se nos cuelan en el barullo de las montañas de libros que, cada vez, nos van cercando más los espacios. Libros sobre los que nos vemos en la obligación de escribir y recomendar.

Ciudad lejana de Javier Vásconez, Alfaguara, 2002

Se trata este clásico de 1982 –no demasiado conocido en España- de una obra circular, un texto faulkneriano en su densidad infernal, monstruosa, mítico a la manera de Onetti, y cerrado sobre sí mismo en la estela kafkiana. Un conjunto de relatos lleno de viejas repelentes y odiosas instauradas en la descascarillada opulencia antigua de quien vivió los oropeles y ahora habita entre rencores, marquesas con cuerpo de helechos esperando cartas de amor que nunca llegan, sumidas “en el galope de un sueño que no se logra entender”. Hay también en Ciudad lejana pianos callados que, de súbito, vomitan acordes intempestivos. Un niño que se cree Julio César y acaba endemoniado. Milagros imposibles, como la aparición de Cristo Rey (quien, en verdad no era más que un vulgar afamado bandido, ¿o no?). E incluso monjas jóvenes embriagadas por “el resplandor de los alucinados”.

Una prosa barroca, la de Vásconez, repleta de personajes de sanguíneas carnes, polvorientos humores y aires pesadillescos; una prosa en constante ebullición que se reparte por unas voces que se nutren de memorias agujereadas, a veces levemente porosas al presente (poco, muy poco; parecen instauradas en un no-espacio). Textos estructurados por sonsonetes de melodías sacras, espectrales ritornellos que se dirigen a nadie (a un centro vacío).

Ciudad Lejana incluye uno de los cuentos más célebre y polémicos del autor (“Angelote, amor mío”). El cuento causó un fuerte impacto desde su publicación y, de hecho, como admite el propio autor: “Más de una vez ha sido prohibido en algunos colegios de Ecuador”. Se trata de un cuento herético, el canto fúnebre de un homosexual que reposa en la tumba, frente a toda la familia. Una loa total a la libertad de costumbres del finado, que es a la vez lamento y honra. Una rabia púrpura, que llena las palabras, los recuerdos, la mirada de Julián, quien fuese su secretario. Un pobre estudiante de medicina pervertido y traído al mal camino por Ángel, en verdad un arcángel torturado por su inclinación sexual, las pérdidas familiares y el opresivo infierno de esta ciudad conventual. Éste es el cuento más largo del volumen; quizá, también el mejor.

Niñas cuyos cuerpos les desmienten, que se quedaron atrapadas en el tiempo. Prostitutas ya viejas, que no paran de engordar sus muslos varicosos y que aun sueñan con las anunciaciones de la noche, con los visitantes que den sentido a “su lecho con toldo, cortinajes y flequillos de oro”.  Hombres que vuelven a la ciudad tras 20 años de ausencia, policías cuyo trabajo anda lleno de hechos insólitos o banales, y que sueñan que andan cabalgando alazanes con galopes paralíticos. Servidores de la ley heridos por misteriosos amores pretéritos. El tío Lucas, que tiene un sueño, del que vuelve exhausto y adolorido, donde recuerda cómo era todo antes, haciéndose de alguna manera portavoz de esa ciudad intermedia que habita dentro de la ciudad (la ciudad lejana, pues), interregno en el que se cruzan vivos y muertos. El tío Lucas que ha dedicado su vida a soñar, lucero de la ciudad anestesiada y que tiene tanpresente cuando todo cambió, en el momento en el que apareció el ejército invasor, y que nadie en la ciudad olvida. Un momento lleno de sangre que revive constantemente en la memoria del tío Lucas. Una ciudad, Ciudad lejana, en la que todo el mundo parece estar soñando.

Y, para acabar, el último de los cuentos y que provoca un giro de 360 grados en la narración: “Eva, la luna y la ciudad”. En él, un hombre que bebe con abundancia y fuma sin parar en la soledad de su estudio no para de recordar la lejana partida de Eva, de martirizarse por su abandono. Se aferra a una única fotografía que guarda de ella. Este es el más moderno de los relatos, entendiendo que da cuenta de una ciudad más evolucionada, con cines y discotecas, y almacenes. Y aquí está el truco, porque, poco a poco, entendemos cómo lo anterior es la parte secreta de esta última puerta, cuando en este relato se nos hace alusión indirecta al primero de los relatos de la colección, “Historia secreta de una campanilla”, y paulatinamente al resto de los textos, como tratando de cerrar un círculo vicioso. El narrador de este relato último es una especie de heraldo que trajera toda esa historia enterrada, que se nos ha contado en los textos anteriores, al presente, a nuestra contemporaneidad. Lo hace a través de las fotografías que toma (que tomó) con su cámara, así los textos precedentes serían las historias encerradas en esas instantáneas, que emanan de ellas, pero que también surgieron de la casa en la que el narrador y Eva compartieron su amor, una casa “llena de fantasmas”. Un hombre que pasea por una ciudad moderna y, en sus recodos, encuentra, recuerda o sueña, historias escondidas; este es el diseño arquitectónico que sostiene esta colección de relatos.

11 cuentos llenos de metáforas supurantes y, a veces, roñosas; construidos en su mayoría a base de circunvoluciones, por entre las que, poco a poco, se nos van deslizando los datos de la historia, de las diferentes historias. Algunos de ellos utilizan la técnica del secreto, tan cara a su autor, pero son los menos. La mayoría funciona más como una voz apegada a los espacios, que da cuenta de las memorias vaporosas de la muerte en los espejos, de los retratos de familia, las paredes, los cerros, las carreteras.  11 cuentos en los que, aunque el reloj no deja de correr y la carne se desvencija y pudre, el tiempo se ha quedado suspendido, inmóvil, etéreo. Un tiempo hecho de recuerdos, presunciones, misterios, aprehensiones y pavor. Una ciudad, (como dice el protagonista del cuento “Recuerdos en el fondo de un espejo”), “con sabor a muerte”, sin horizonte, colgante, que apenas vive unos pasitos más allá del momento en el que se produce la descolonización. Una ciudad que son dos, una adentro de la otra: la ciudad calmada y la ciudad henchida por una melancolía rencorosa. Una ciudad de espejos quebrados, sí, pero repleta también de fotografías familiares, ajadas, viejas, llenas de rostros y bocas y cuerpos en los que ya (casi) nadie es capaz de reconocerse.

 

 

 

J.S. de Montfort

J.S. de Montfort

 

José de Montfort (Castellón, España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid y miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios). Es autor del libro de relatos Fin de fiestas (Suburbano, 2014). @jsdemontfort

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