Lo anecdótico y lo creativo. Bartolomé Ferrando

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Embolic amb lletra. Bartolomé Ferrando/ Valencia

Por lo general, toda anécdota tiene algo que ver con el territorio del adorno, del aderezo, de la voluta o del rizo superfluo. Anecdótico sería tal vez algo que fuera innecesario. Anecdóticas serían todas aquellas cosas cuya gratuidad y carácter neutro las hicieran merecedoras de la inadvertencia y de la desconsideración por parte de nuestra percepción y de nuestros sentidos. Y, si en algunas manifestaciones de la vanguardia histórico-artística se defendió y apoyó el valor de lo superfluo, me enfrentaré a sus tesis con estas palabras, mediante las que intentaré entresacar, de nuevo, algunas artimañas y tramoyas, hábiles para la construcción y creación artística, en el momento en que vivimos.

Anecdótico podría ser el hecho de pasar un dedo por encima de una pared rugosa, repleta de sinuosidades y prominencias; pero no lo sería si el contacto móvil del dedo con la pared tuviera tanta duración, que la sangre escribiera o pintara palabras sobre la superficie blanca, como ocurrió en una performance del alemán Jochen Gerz. Escritura con el cuerpo, desde el cuerpo, hacia la transformación de la carne en huella alfabética; hacia la conversión de la materia viva en rastro lingüístico. Desde la herida; desde la realidad de la herida, que muestra la fragilidad de las cosas, insistiendo en el mismo ejercicio una y otra vez, cargado de energía. Desde la acción. Desde el pensamiento de la acción. Desde la idea de la acción.

Anecdótico podría ser el hecho de hacer cualquier cosa del mismo modo y manera en el que habitualmente sucede, sobreviene o nos ocurre. No lo sería en cambio, si del hecho a realizar alteráramos su cadencia o su ritmo, como por ejemplo, si intentáramos desarrollar nuestros actos lo más lentamente posible, lo más despacio que pudiéramos, de manera que aquello que se hubiese convertido en norma, dejara de serlo y nos mostrara su nuevo cuerpo.

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Quatre correccions de l’horitzó. Bartolomé Ferrando/ Valencia

Anecdótico podría ser el hecho de destruir o deshacer un objeto común. No lo sería en cambio si la destrucción o ruina del útil mencionado nos evidenciara y demostrara la capacidad compositiva y creativa inherente al residuo, al escombro, al despojo, al desperdicio. Si cada objeto tiene su ritmo y cadencia propios, el desecho del mismo adoptaría en cada caso un latido distinto. Se organizaría además según sus leyes privadas, siguiendo una normativa particular que no tiene nada que ver con la del objeto del que procedía. El residuo se desencajaría así de la lógica que determinaba su función parcial en el conjunto ordenado. Vestido de desorden, el escombro se dirigiría sobre todo hacia la cara oculta de nuestra razón. La creatividad del escombro se demuestra por su voz, o mejor, por su grito intuitivo. Su código se ha abierto de tal modo, que sus variantes de interpretación han desbaratado la percepción sensorial que teníamos preparada. El despojo se ha provisto de múltiples lenguas ante los ojos de una razón que se ha quedado descalza.

Podría ser anecdótico un gesto, una actitud o una mueca. Pero cuando dicho gesto, actitud o mueca se repite y reproduce sin descanso, el ángulo del sentido cambia. Y así, un movimiento de pierna, de brazo o de cabeza podría convertirse, al multiplicarse por sí mismo, en un modo de narración circular, en un ejercicio ritual o en un concierto de gestos. Y cada movimiento estaría provisto de un significado distinto, cuando la aparente identidad del gesto se anulara a sí mismo en cada una de las repeticiones; cuando el vaivén de lo mínimo acumulara intensidades diferentes y variadas, o cuando el duplicado de lo insignificante se produjera tantas veces, como la repetición sucediera.

Una fotografía podría ser una anécdota. Un hecho real podría pertenecer también al mundo de lo anecdótico. Pero cuando la realidad y su representación se aproximan, acortan el espacio que les separa, se acarician o se rozan, se produce un sobresalto que nos abre las puertas a nuestro propio desconcierto. A veces la representación del hecho se multiplica hasta tal punto, que el acontecimiento verídico o real es ahogado por la avalancha fotográfica. Otras veces se produce un vuelco, una inversión, y así,  lo que se muestra como realidad es representación o viceversa, es decir, que todo aquello que, por ejemplo,  parecía en principio ser una copia, vivía y respiraba en el interior del cuerpo que le era propio. En otros casos, como decía antes, el acontecimiento real se muestra intrínsecamente unido a su simulacro, a su ficción, formando una única unidad, allí donde la diferencia se manifiesta únicamente mediante el guiño o la insinuación de uno de los dos componentes entrelazados. El contagio, a veces, es instantáneo; otras, procesual. La realidad y la ficción son capaces de darse la mano de modos muy distintos.

Los sonidos conviven con los ruidos de sol a sol, y así llegan diariamente a nuestros oídos. Los actos y las intervenciones que solemos ejecutar u observar, cabalgan y se amontonan unas sobre otras, interviniendo de ese modo en nuestra personal manera de operar y hacer. Aprender a escuchar dos o más sonidos-ruidos simultáneos o cultivar el hecho de llevar a cabo diversas acciones coincidentes en el mismo período de tiempo, motiva nuestra disposición a la creación.

A partir de ese momento, los gestos que realizamos entran en combinación con las observaciones y las miradas de otros. Vemos que nuestra voz cabalga y atraviesa una maraña de sonidos, apenas articulados, que merodean a nuestro alrededor. Los colores se cruzan entre sí a cada respiración, creando un abanico de matices apenas conocido. Los pensamientos saltan por encima de las palabras, haciendo caso omiso de nuestras llamadas y gritos. La simultaneidad de las cosas ha construido, en su propio territorio, un ambicioso edificio de maternidad, y la realidad ha abandonado la autopista y se ha situado en el centro de un complicado cruce de caminos en plena selva.

 

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