Lecciones de inglés. Por Morasio

I

Maxwell acostumbraba a encaramarse al tejado para aliviar el complejo que le producía tener que conversar con quien siempre estaba varios metros por encima de su cabeza. Aún con su estabilidad perjudicada  por  la inclinación de la cubierta, el refuerzo psicológico de la altura le compensaba sobradamente. En esa disposición —uno sobre el tejado  y el otro pie en tierra— Maxwell y Beyond hablaban sobre la vida,  los buenos tiempos pasados, el ser y la nada,  la angustia existencial, la hipótesis de Riemann,  la teoría universal unificada…

Así, entre el tiempo dedicado a su propio sustento —ambos rechazaban los nuevos superalimentos y recurrían a las hierbas de toda la vida—, la lectura y las charlas en las alturas, los dos amigos pasaban el día plácidamente ocupados sin echar de menos otras distracciones como las carreras de galgos, el waterpolo o los desfiles de majorettes.

Un día Beyond amaneció con la obsesión de que debían aprender inglés:
—Hoy no eres nadie sin el inglés.

Maxwell no acababa de ver la necesidad perentoria de hablar idiomas en el ámbito espacio-temporal restringido y rural en que se desarrollaba su existencia, pero cedió pronto pues su amigo era obstinado y  él, en ese momento contemplativo de su desarrollo personal, no estaba dispuesto a sostener una guerra con la jirafa. Además, quizá Beyond tuviera razón: ¿quién sabe lo que puede deparar el porvenir?  Y  con el inglés podrían  acceder directamente a la literatura científica más prestigiosa sin estar a merced de dudosas traducciones.

II

La profesora particular llegó  bajo una finísima lluvia que más que caer flotaba en el aire. Ellos esperaban otra cosa, la verdad,  y al verla  quedaron algo azorados. Ella, sin embargo, se hizo cargo de la situación inmediatamente: «¿Puedo llamarte Max?», dijo al rinoceronte mientras le acariciaba el cuerno cariñosamente.

A Beyond le explicó lo que este ya sabía (pero fingió ignorar):  el significado de su nombre: «Más allá…, más allá de las estrellas…, del espacio…, del tiempo…, ¿no es precioso?».

Mediado el verbo to be, la suerte ya estaba echada: love is in the air.

Después vinieron las partes del cuerpo: hair, eyes, mouth, lips…y las otras —¿o es que las otras no existen?—, los adjetivos y pronombres posesivos, los celos, la pasión soterrada, contenida; y a la altura de los verbos irregulares —to fall, to feel, to fight—  el  derecho exclusivo de apareamiento. 

            La lucha por la hembra parecía inevitable.

 (Hasta este punto todo más o menos normal:  los educandos enamorados de la educadora. El carácter escandaloso de lo que viene a continuación me obliga a advertir que quien  siga leyendo  lo hace bajo su entera responsabilidad. Están avisados). 

III

Ella, expansiva, promiscua y partidaria de la hibridación de especies, no quería renunciar a ninguno y les convenció para intentar un triángulo tricéfalo con ella de diosa angloparlante en el vértice superior y dos sacerdotisos orificiantes en los intercambiadores de abajo alternándose democráticamente y a ver qué resultaba. 

¿Qué resultó? Pues miren, aunque a mí, como persona de sólidos principios morales, me hubiera  gustado contarles que  aquel amancebamiento   contra natura acabó en tragedia —la chica aplastada o víctima de horribles enfermedades venéreas,  la jirafa desangrada con un cuerno hincado en el ano,  el rinoceronte en la cárcel reo de asesinato…, por ejemplo—, debo reconocer,  sin que ello reste un ápice de intensidad a mi reproche moral, que aquella fue una etapa dichosa y emocionante en la vida de nuestros tres protagonistas —a quienes nuestro Señor confunda en el infierno— llena de amor (indecente por demás),  sin prejuicios de raza, género, color, religión o especie animal.

Las escenitas de los tres haciendo cochinadas en posturas inverosímiles, que un servidor, henchido de indignación, contemplaba tras unos arbustos, semejaban una falla valenciana de temática pornográfica pero con sonido en vivo  y en inglés. Había que oírlos gimiendo : «¡Oh my god…!, ¡oh my god…!»  (mi pudor me impide entrar en más detalles. —¿Han visto alguna vez la lengua de una jirafa? ¿Y el pene de un rinoceronte?—. ¡Oh, my god,  concédeme el don del olvido!) , que encenderían aún más si cabe la calenturienta imaginación de quien, como tú, imprudente lector, desoyendo mi advertencia, haya osado llegar hasta este punto. Ahora no te quejes. 

Dejémoslo aquí y oremos en inglés.

Morasio (Javier Martí)  Valencia 1959. Licenciado en Derecho. Interesado la fotografía y la literatura. Como fotógrafo ha colaborado desde los años 80 en diversos proyectos culturales (grupos musicales, fanzines, fotografía de rodaje en algún cortometraje…). Ha participado en exposiciones colectivas (Galería 2a+d  y Galería Jorge Juan). Exposición individual en Galería Jorge Juan de Valencia en 2013 con el título genérico Nuevalenyork&Cia.   Le otorgaron el primer premio de fotografía SEPTENIO CANARIAS 2010.  Fue seleccionado para el COPENHAGUEN PHOTO FESTIVAL 2015 con el proyecto “Álbum de familia”, así como para la exposición en las vallas del Suburbano de Copenhague y en los vagones de los trenes.  Ha colaborado con  el escritor  Vicente Marco para su reciente libro “Escritura Creativa para activar la mente”  y participado en  foros  y blogs fotográficos y literarios.  Escribe, desde hace años, relatos ilustrados con sus propias fotografías o fotomontajes.

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