La oscuridad y luz. Apuntes sobre Epu Zuam (2016) de Lionel Lienlaf. Por Patricio Alvarado Barría

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Leonel Lienlaf (1969) es un poeta mapuche nacido en Alepue, territorio del Wallmapu, hacia la costa del océano Pacífico en el cono sur americano. Ha publicado libros fundamentales como Se ha despertado el ave de mi corazón (Lom, 1989), Pewma Dugu (Lom, 2003), Kogen (Del Aire, 2014) y Epu Zuam (Cagten, 2016), sin considerar la antología personal La luz cae vertical (Lumen, 2018), que reúne tanto sus poemas publicados en diferentes ediciones como parte de su trabajo disperso o inédito, y que permite acceder a una obra diseminada, principalmente, en el catálogo de editoriales independientes.

Epu Zuam es un breve y cuidado conjunto bilingüe de poemas ordenado en dos secciones: «Wizi trafuya may ñi pewma» traducida desde el mapuzungun —la lengua del pueblo-nación mapuche— por el autor como «Noche de sueños rotos», y «Lif wvn», «Amanecer» en su versión castellana. Estas dos caras antagónicas le dan cuerpo a una totalidad orgánica formada por la oscuridad de la noche y la luz del día, a través de las cuales el sujeto accede a diferentes planos y dimensiones que cruza desde la penumbra hasta la claridad. En el primer capítulo, «Noche de sueños rotos», se inicia con una voz en tránsito que deambula como un espíritu que se desdobla en las imágenes, ensoñaciones y pesadillas que aloja la memoria, reunidas en la veladura de los sueños. 

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Desde el primer poema, el constante desplazamiento rebalsa los planos físico y onírico: «Por caminos olvidados voy, / pequeña ñaña, / al atardecer / para abrazar tu alma lejana» (15), de modo que la proyección de la búsqueda y la nostalgia se concentra en las figuras espectrales que pueblan este imaginario, como en la figura de la ñaña —cuyo significado en mapuzungun estaría cercano al de «hermana mayor»—, en la irrupción del o la machi —autoridad espiritual del pueblo mapuche—, o en la naturaleza que cruza el peregrinaje que constituye la voz del sujeto: «A bocanadas de aliento navega mi corazón, / entre viejos copihuales marchitos / porque enredado se ha quedado / en cansadas raíces viejas» (17). En este sentido, la voz es conducida por un orden natural que se hunde bajo la trama de espectros revelada por el canto de las piedras o de las serpientes, anunciando la angustia de un mundo oscurecido y saturado por el murmullo del ruido blanco en permanente acecho: «en medio de quebrados cuentos me arrastro / y no puedo descifrar estos senderos cantados / y me marea / el sordo crepitar de las palabras en las piedras» (19). Esta voz zozobra en el camino y en la revelación del sueño: «[…] mientras escarban la tierra serpientes escogidas, / no entendí mucho sus cantos / pues caí / en oscuros sueños sin memoria» (25). 

Las referencias se expanden y las tradiciones se complementan. A los registros que conserva la longeva lengua mapuche, se suma un ritmo oriental cercano al haikú —como lo han observado diferentes comentaristas— incluyendo la poesía de la aldea, que los poetas láricos siguieron a partir de Rilke o Esenin. 

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Perdido todo punto de referencia en este deambular, menos físico que histórico —«sueños sin memoria»—, la voz se desdobla constatando en su soledad, los espejismos y la angustia, la distancia irreparable hacia el interior de la tierra y, por lo tanto, el interior de sí mismo: «[…] un extraño miedo invadió mi alma, / de golpe cayó mi ánimo, / la tristeza y la nostalgia cabalgaban sobre la neblina / y un extraño sufrimiento me derribó por un / acantilado» (21), del mismo modo que la opresión del extravío es también la búsqueda de un destino espiritual: «Asustado mi corazón se encoge, ñaña / abrazado a una lágrima, tiembla / porque solitario / fuera del mundo / vaga mi alma» (29). Si hacia el final de la primera sección los espíritus de la naturaleza vuelven a su centro: «calmado el viento / transita por los caminos», hacia la segunda sección la figura del amanecer trae consigo el despertar del día, la brisa que limpia el aire, el agua fresca del estero y la neblina que se levanta como un telón que descubre otra —y la misma— tierra.

En los poemas que componen «Amanecer», el orden vuelve a girar en una nueva combinación y la voz regresa trayendo consigo el sueño como una reverberación lejana: «Recogeré buenas palabras este día. / Pues quizás adonde anduvo / mi espíritu estas noches./ Por eso a veces mi corazón / cansado se despierta.» (41) Así los poemas vuelven a poblarse con las voces de los vientos, los zorros o los chucaos, los espíritus de la naturaleza que se revelan en un viaje cíclico, reunidas las distintas dimensiones como el alma vuelve a su cuerpo, o el río desbordado permanece en el cauce. 

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La unidad de Epu Zuam no solo se produce en la complementariedad de ambas secciones —«Noche de sueños rotos» y «Amanecer»—, sino también en la reescritura que desarrolla el propio Lienlaf en cada uno de sus poemas —al igual que en sus demás libros—, en mapuzungun, siguiendo el grafemario del escritor y lingüista mapuche don Anselmo Raguileo (1982), y en lengua castellana. Según la poeta Elvira Hernández: «en cada caso, cada una diciendo lo suyo, con un cierto parecido en lo que dicen respecto de lo que referencian —podríamos creer—, pero a la vez con la patente impresión que sus movimientos las alejan, las ponen en una proximidad oponente y que, sin embargo —enfatizamos—, podría estarse completando una palabra en la otra, o una tercera emanando de esos contactos y de sorpresiva aparición». Esto amplificaría las resonancias de cada texto sumando un espacio intermedio donde hacen contacto ambas lenguas, ya que esta «creación a dos manos por el poeta», según la misma Hernández, reúne «la palabra poética en mapuzungun al ser pronunciada, hacerse canto, convoca en esa oralidad genuina a un mundo en batalla, que se niega a morir […] Enfrente, otra palabra, la que como lengua de Chile ha guardado silencio, la refugiada en la letra, y que ahora es tensionada por el poeta». (Hernández, 2018) 

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Sin duda las etiquetas son incómodas, no solo porque suelen determinar una lectura reduciéndola a un titular periodístico, sino porque la propia idea de etiqueta, para esta y otras obras, fracasan en su afán disciplinario. Como sea, aunque su nominación como poeta mapuche no impone fronteras a la lectura de su trabajo, nos permite observar elementos que enriquecen su obra, como la presencia del imaginario ancestral arraigado en la naturaleza, o la tensión del bilingüismo que atraviesa su trabajo, el cual denota una lectura política inevitable para un heterogéneo conjunto de obras surgidas desde un permanente asedio cultural y vital, asedio que transgrede la natural barrera de la estética común del idioma. 

A partir de esto, cabe señalar que la historia del mapuzungun, la lengua del pueblo mapuche, deviene, como toda cultura prehispánica, desde hace siglos comportando sonidos, significados y referentes que se han transmitido generacionalmente desde la oralidad hasta la convivencia actual con su representación gráfica, de la cual han llegado a circular múltiples alfabetos, entre los que destacan el citado Grafemario Raguileo (1982) y el Alfabeto del Mapudungun(1989) de María Catrileo (1944). Entre las características del mapuzungun, y lógicamente de sus hablantes, destaca unaconstitución distinta a la lengua española, ya sea en su musicalidad, pausas y sentidos, como en su resistencia y capacidad por permanecer a lo largo del tiempo, a pesar del empeño de Estados, gobiernos y compañías privadas en apagar sus voces, desconociendo los tratados territoriales históricos. No hay que remontarse a la vergonzosa Ocupación militar de la Araucanía a finales del siglo XIX, ni a la prohibición del uso del mapuzungun en las escuelas durante la dictadura cívico-militar chilena en la segunda mitad del siglo XX. La supresión de la lengua, y de la vida, está estrechamente relacionada con el continuo abuso que permanece hoy en las manos de corporaciones privadas como en empresas extractivistas madereras o hidroeléctricas protegidas por el Estado chileno, el mercado de las armas y el terrorismo institucional —con las penosas listas de comuneros asesinados por agentes policiales—, así como la persecución que los sucesivos gobiernos chilenos han mantenido en el Wallmapu —cabe señalar los casos «Huracán» o el «Comando jungla»—, afectando los núcleos vitales de las comunidades, del mismo modo en que el sistema económico neoliberal ha invadido y mellado cada rincón de la actualidad pandémica.

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Por otro lado, es necesario apuntar que, además de la oralidad en la que se constituye parte importante de la lengua, la tradición literaria mapuche escrita entre la cordillera y el Pacífico durante las últimas décadas, como la de toda nación, es amplia y diversa. Entre las obras más contundentes surge un caudaloso río de autores —sin considerar los precedentes de los años 60 y 70 como el propio Anselmo Raguileo (1922-1992) o Sebastián Queupul (1936-2016)— que comenzaron a publicar su trabajo a finales de los 70 y comienzos de los 80, en plena dictadura cívico-militar chilena, como Sonia Caicheo (1943) y Elicura Chihuailaf (1952). A los que se sumaron las voces de Graciela Huinao (1956), María Teresa Panchillo (1958), César Millahueique (1961), Eliana Pulquillanca (1963), Jaime Huenún (1967) hacia el final de la dictadura y los 90. Ya en la postdictadura y las últimas dos décadas, surgieron obras como las de Bernardo Colipán (1967), Maribel Mora Curriao (1970), Adriana Paredes Pinda (1970), David Aniñir (1971), Juan Paulo Huirimilla (1973), Jaqueline Caniguán (1974), Cristian Antillanca (1974), César Cabello Salazar (1976), Víctor Cifuentes Palacios (1977), Juan Huenuán (1977), María Isabel Lara Millapán (1979), Ivonne Coñuecar (1980), Roxana Miranda Rupailaf (1982), Yeny Díaz Wentén (1983). Sabemos que las listas son para ir a comprar, no para escribir sobre poesía. Sin embargo, es necesario nombrar, al menos de refilón, las múltiples voces que son punta del iceberg de un tupido desarrollo literario ininterrumpido, aportando diferentes tendencias, estéticas, registros o discursos que conviven, desde el canto ancestral hasta la oralidad urbana, dando cuenta de la densidad y una complejidad que no cerca ni limita sus lecturas, sino que se suman y amplifican la pervivencia de la palabra, estableciendo un vital espacio de contacto y diálogo cultural.

Por supuesto toda lista es corta y parcial, puesto que la producción contemporánea es aun mucho más amplia y heterogénea. Sin embargo, la obra de Lienlaf, al igual que la de todos estos autores, comparte una constante ética frente a la violencia, la denuncia de un horror universal y contingente que traspasa las fronteras del Wallmapu y que hemos visto expandirse a un ritmo acelerado entre pestes y pandemia. Anclar esta propuesta a un territorio y limitarlo a una lengua, en este sentido, es injusto, ya que tales poéticas se proyectan hacia horizontes —incluso opuestos— que amplían los márgenes de una tradición literaria que, sin desconocer el aporte teórico y crítico de autores mapuche y no mapuche (Carrasco, García, Mora Curriao, entre otros nombres), poco a poco comienza a reconocerse lejos de los estudios antropológicos, la etnoliteratura o el etnoturismo.

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El hecho que Leonal Lienlaf haya sido el primer poeta mapuche en obtener el premio municipal de literatura de Santiago no es solo un apunte estadístico, al margen de la discutible validación que tienen este tipo de galardones o las trayectorias que se sustentan en ellos. A pesar de la inexcusable calidad del trabajo de Lienlaf, es un síntoma revelador. Quizás lo importante de aquella fecha es que signa la postergación del ingreso de la poesía mapuche a los espacios de inscripción oficiales —treinta años más tarde, en 2020, Elicura Chihuailaf sería el primer escritor mapuche en obtener el Premio nacional, misma validación que solo cinco mujeres han obtenido a lo largo de toda la historia—. Esta afirmación no se basa en una demanda, sino en denotar la ausencia de una lengua que va más allá de un conjunto de autores elementales quienes, a pesar de una inagotable producción poética, forman parte de una cultura asediada tanto por órganos del Estado como por el extractivismo corporativo, donde los directorios empresariales, especuladores financieros, ejecutivos trasnacionales, mercenarios militares y paramilitares a sus órdenes, buscan apagar no solo una lengua, una cosmovisión y un modo de vivir, sino la propia existencia humana.

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Como último apunte, vale señalar que Epu Zuam fue publicado cuidadosamente bajo el sello independiente de ediciones Cagtén en la ciudad de Temuco, lo que vuelve a confirmar el valioso aporte de este tipo de proyectos editoriales que, sostenidos a pulso y en condiciones adversas, han permitido la circulación de importantes obras al margen del poder y el centralismo, las que de otro modo, ni siquiera verían la luz.

Patricio Alvarado Barría (Temuco, 1988). Licenciado en artes visuales (UCT), Mg. en teoría e historia del arte (UCH), máster y doctorando en literatura española e hispanoamericana (Universidad de Barcelona). Entre sus publicaciones destacan Triage (Alquimia, 2015), y Edad de la ira (Sin Fin, 2019). 

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