La lección y otros relatos de Kalton Harold Bruhl

Fotograma de The Wolfman, George Waggner, 1941

LA LECCIÓN

Estaba anocheciendo cuando despertó en medio del bosque. Frente a él estaba la mujer que había conocido por la mañana. Lo último que recordaba era que ella lo había invitado a su casa en las afueras de la ciudad. Intentó levantarse, pero casi de inmediato se fue de bruces. El agudo dolor y una rápida inspección con la punta de los dedos le indicaron que le habían cortado los tendones de Aquiles. La mujer dio un silbido y, casi de inmediato, dos chiquillos salieron de entre los árboles y corrieron a abrazarse a sus piernas. “Ya está saliendo la luna –les dijo la mujer, apartándolos de sí–; es tiempo de que aprendan a cazar”. El hombre supo que debía huir. Comenzó a arrastrarse y no miró hacia atrás, ni siquiera cuando escuchó un aullido a sus espaldas y empezó a sentir cómo los pequeños pero afilados dientes se hundían en sus piernas.

 

DONDE LE DIJE ADIÓS

“No sé cómo puedes ensuciar tanto tu ropa –dice mamá mientras levanta entre el índice y el pulgar mi camisa llena de lodo–. Espero que mañana seas un poco más considerado”.

Yo asiento con un gesto de la cabeza y vuelvo a pensar en los ojos verdes de la dulce niña que conocí esta mañana.

Más tarde, cuando mamá ya duerma, los buscaré debajo de mi cama y seré feliz, sosteniendo entre mis manos aquellos ojos verdes, tan verdes como el agua del pozo donde le dije adiós.

 

COLATERAL

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para reprimir el impulso de tocar el timbre. Bajó hasta el sótano del edificio y, mientras revisaba las cargas explosivas, pensó que no estaría mal hablar con ella una última vez. Imaginó la escena, pero muy pronto desechó la idea. No sabría qué decir. Ajustó el temporizador para que la explosión se produjera en cinco minutos y salió a la calle. Cuando faltaban unos segundos volvió a pensar en la puerta. Quizás sí debió haber llamado. Después de todo, su madre no tenía la culpa de haberse mudado al mismo edificio que su exesposa.

 

RECORDATORIO

Hay unos números grabados en su espalda. Me acerco para verlos mejor y de pronto necesito salir de allí. Hasta ese momento había logrado disimular bastante bien. No muchos habrían sido capaces de hacerlo. Sobre todo, si al llegar a la escena de un crimen encuentran el cadáver de su amante. Dejo que mi compañero continúe con el reconocimiento y salgo a la calle.  No sé cómo pudo descubrirlo ni desde cuándo lo sabe.  Pienso de nuevo en los números y me digo a mí mismo que de lo que sí puedo estar seguro es de que nunca volveré a olvidar la fecha de mi aniversario de bodas.

 

Kalton Harold Bruhl (Honduras, 1976) ha publicado los libros de relatos El último vagón (2013), Un nombre para el olvido (2014), La dama en el café y otros misterios (2014), Donde le dije adiós (2014), Sin vuelta atrás (2015),  La intimidad de los Recuerdos (2017), El visitante y otros cuentos de terror (2018); Novela: La mente dividida (2014).  Es premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua. 

 

 

 

 

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