La entrevista. Por Eduardo Viladés

Fotograma En busca de la felicidad, 2006

No estaba seguro de haber entrado en Abu Simbel o en la sala 313 del área de empleo y nuevas tecnologías del Ayuntamiento. 

Parecían dos cadáveres embalsamados situados a ambos lados de la fila de sillas. Quizá los habían colocado allí para espantar a los malos espíritus y hacer de barrera ante las vibraciones negativas que pudiesen emanar de los postulantes a ese puesto de trabajo.

–Buenos días.

–¿Enrique Usoz?

–Sí, soy yo

Me parecía absurdo que me preguntaran quién era porque acababan de llamarme por megafonía e incluso había enseñado mi DNI en la misma puerta de acceso. Según me habían comentado, el presidente del tribunal era uno de los arquitectos más prestigiosos de la ciudad, conocido en su casa a la hora de comer porque yo jamás había oído su nombre. En Internet pude comprobar que había restaurado alguna capilla de un pueblo de la sierra y construido un puente de tres metros de largo entre dos edificios pertenecientes al Gobierno autonómico. También leí que el puente se había inhabilitado porque la gente se mataba al atravesarlo debido a que el firme era muy deslizante. Inspirarse en Calatrava no suele traer buen resultado.

–Vamos a grabar la conversación, ¿está usted de acuerdo?

–Sí, no hay ningún problema.

–¿Te parece bien que te tratemos de tú?

–No, lo siento, prefiero que sigamos empleando el usted.

Se quedaron helados. Hasta las momias de ambos lados se movieron un poco, como si les hubiesen dado una descarga eléctrica. Soy un firme defensor del modo de cortesía, tendencia que me ha causado algunos problemas, en especial entre la gente joven. Hace poco un pre-púber de 17 años casi me da un puñetazo cuando le pregunté si le importaba que nos turnásemos en la máquina de abdominales en el gimnasio. 

–¿Le importaría que usáramos la máquina los dos, por favor?

–¡Joder, este tío de qué coño va, mira cómo habla!

Pronunció su sabio discurso sin mirarme a la cara, como si yo fuese aire, dirigiéndose a su amigo, un hormonado de la misma edad, pelo rapado por las sienes y cresta en la parte frontal, una especie de Toro Sentado de extrarradio. 

Me preocupa mucho la juventud de hoy en día desde el punto de vista fisiológico. No pienso que meterse batidos de proteínas y clembuterol, como las vacas, sea adecuado para el desarrollo cuando aún se está en edad de crecer. Al mismo tiempo, me parece muy curioso que personas que piensan que Severo Ochoa es un jugador del Real Madrid discutan en la sauna del gimnasio sobre los beneficios en el torrente sanguíneo de los compuestos energéticos que consumen. 

Mi grado de estupor se multiplica cuando estos jóvenes hacen esos comentarios un domingo por la mañana tras haber dormido tres horas y enlazado el after, en el que se han metido cristal y farlopa y bebido diez gin-tonics, con el gimnasio. 

Cuando yo estudiaba, en el Pleistoceno para estos adolescentes presos de la vida sana, todo primer contacto con otra persona, ya fuese el camarero de un bar a las tres de la mañana o la cajera de un supermercado, se hacía empleando el usted. Pero, hoy en día, en el colegio no se enseña y nadie lo tiene interiorizado. A mí me sorprende mucho, sobre todo cuando escucho a un niño tratar de tú a una persona mayor, me parece una falta de respeto brutal. Supongo que las nuevas tecnologías y las redes sociales han perjudicado a los jóvenes actuales, obsesionados con la llegada a los cines de Fast and Furious parte 45 y convencidos de que todo lo que sucedió antes de la fecha de su nacimiento solo existe en los libros de historia. Me encantaría ponerme a hablar de las carencias del sistema educativo de este país, pero me conozco y soy muy pesado, así que seguiré contando lo que pasó el día de mi entrevista de trabajo. 

Por cierto, era para un puesto de gestor en un centro cultural de una ciudad de provincias.

–¿Le gusta trabajar con otras personas?

–Por supuesto, es la base de todo.

–Extiéndase en esto último, haga el favor.

–En mi interior vive mucha gente.

–¿Se refiere a que comparte piso? 

–No. En mi interior conviven varios yoes con quienes hablo constantemente. Ya de pequeño mi madre pensaba que la arruinaba a teléfono cuando pasaba por mi habitación y me oía hablar en voz alta. Más adelante, caminando por la calle, la gente me observaba atónita porque mantenía conversaciones larguísimas con mis yoes. En función de mi estado anímico, hablaba más alto o más bajo y cambiaba el idioma: catalán si estaba alegre, italiano si me sentía melancólico, francés si tenía el día poético o inglés si la jornada presentaba carácter mercantil. Así que, respondiendo a su pregunta, por supuesto que me gusta trabajar en equipo.

De nuevo, las dos momias se movieron. Me sentía orgulloso de que gracias a mis contundentes respuestas les proporcionase un flujo de vida. Sabía perfectamente quiénes eran. Cuando me convocaron a la prueba se publicaron en el portal del Ayuntamiento los nombres de los miembros del jurado y busqué información sobre ellos. Tras descubrir que el presidente del tribunal era un reputado arquitecto, me topé con Matías Gómez y Ernesto Fernández, médicos. En Wikipedia, el recuadro con la edad de ambos estaba marcado en rojo con la nota top secret resaltada, como si fuesen dos divas del celuloide. Estaba claro que la entrada la habían metido ellos mismos o sus hijos porque apenas constaban tres líneas con sus méritos.

Matías Gómez y Ernesto Fernández trabajaron durante muchos años como médicos de cabecera en el Hospital del Perpetuo Socorro. 

La descripción venía acompañada de dos fotografías de los años veinte en las que aparecían auscultando a una señora. Viéndoles sentados enfrente, mantenían el aire juvenil de esa instantánea de principios de siglo. Hasta cierto punto, me recordaban a María Dolores Pradera o Betty Missiego. Suele costarme diferenciar una fotografía de ambas de 1942 o 2015. Me resultaba difícil de entender qué pintaban dos médicos que ya olían a naftalina como parte del tribunal de una plaza para un puesto de gestor de una entidad cultural. Supongo que serían los bisabuelos de la alcaldesa o que quedaba bien poner a dos médicos cochambrosos como miembros del jurado para que éste ganase en calidad al apostar por la vieja guardia.

–¿Por qué considera que debemos contratarle?

–Creo que mi experiencia internacional sería muy beneficiosa para la nueva andadura del centro. Yo puedo aportar mi trayectoria como periodista y, al mismo tiempo, mi carrera como autor teatral e icono cultural.

–¿Se considera usted un icono cultural?- me preguntó el presidente con expresión de ultratumba.

–Es un modo de hablar, ya sabe, soy un artista y los artistas hablamos mucho- dije yo intentando ser, infructuosamente, gracioso.

–¿No me diga?- respondió- En fin, ¿cuáles son sus puntos fuertes?

–La cultura es mi principal baza. Organizaría rutas teatralizadas por las diferentes estancias del edificio e incluso sacaría el museo a la calle para que lo conociesen mejor los ciudadanos.

–¿Así que el teatro sería clave en su propuesta?

–Claro. El teatro es vida- contesté con una sonrisa forzadísima. 

No sé por qué opté por una frase propia de Willy Toledo en estado de embriaguez. ¿El teatro es vida? Menudo montón de mierda. Nada estaba saliendo cómo había planeado en casa. Tampoco es que me hubiese puesto delante del espejo para ensayar lo que tenía que decir en la entrevista, pero sí que había recapitulado información en Internet e incluso hablado con una prima economista para que me iluminase en caso de que me preguntaran algo relacionado con el mundo de las finanzas. 

Se trataba de un centro de promoción cultural que había sido el buque insignia del consistorio cuando se planificó. Tras una inversión de 13 millones consistente en remodelar un antiguo palacete del siglo XVI, el Ayuntamiento optó por cederlo a la iniciativa privada. 

Tan solo duró once meses. La empresa contratada desapareció de la noche a la mañana dejando un pufo de varios miles de euros y se desató una guerra política que hizo que el centro se clausurase sin buscar una solución. A esto se unió que el piso superior del palacete restaurado se cayó tras unas lluvias torrenciales. Al igual que había sucedido con la compañía privada, el ideólogo encargado de la reforma del inmueble se encontraba en paradero desconocido. Quizá por este motivo habían puesto como presidente del tribunal a un arquitecto, para depurar responsabilidades o dar el pego. Semanas antes de que empezara el proceso de selección mis yoes y yo nos hicimos varias preguntas:

a) Plaza de gestor cultural de un centro en desuso desde hace tres años. Las pocas veces que había pasado delante de la puerta de entrada me había sorprendido la vegetación que poblaba el hall, más propia del Oeste que de un palacio del siglo XVI. El Ayuntamiento no podía permitirse tirar por la borda de nuevo 13 millones de euros, en especial ahora que “convertía” en pública la vacante. Daría una importancia enorme a la gestión financiera. Yo detesto la economía. Cuando me dan el tique de compra del Mercadona, me entra dolor de cabeza solo de verlo. ¿Qué coño hacía presentándome?

b) En una ciudad pequeña se sabe todo. Se comentaba que de los nueve aspirantes la plaza sería para un señor de mediana edad que llevaba medio siglo gestionando el único museo en funcionamiento del municipio. No tenía licenciatura ni experiencia internacional (incluso hablaba español con dificultad) pero el trabajo se había ideado para él. ¡Viva la transparencia! Yo no vivía en esa ciudad desde hacía 20 años, no tenía contactos y me caracterizaba por un carácter bohemio que no casaba con nadie. Soy promiscuo, me gustan los tíos, supero en inteligencia y desparpajo al 99% de la población, lo que genera unas envidias apabullantes, y la libertad de pensamiento y actuación es el leitmotiv de mi vida ¿Qué coño hacía presentándome?

c) El 90% de las actividades que llevaría a cabo el centro estarían relacionadas con el vino. Soy plenamente abstemio, lo más fuerte que tomo es una infusión de melisa en la cama mientras leo alguna novela de Barbara Cartland y el mundo del vino me importa lo mismo que la física nuclear. ¿Qué coño hacía presentándome?

El presidente del tribunal entró en trance, aquello que piensas que está dilucidando sobre los bienes de Sijena, el origen del cosmos o la existencia de Dios. 

Se hizo el silencio. 

Solo se rompió de vez en cuando porque el presidente hacía unos ruidos extrañísimos con los dientes, que chirriaban como una puerta de cárcel abandonada. Daban ganas de levantarse y echarle “tres en uno” en la boca.

Aproveché para analizar su vestimenta. Sería arquitecto, pero parecía que venía del ribazo. Llevaba una chaqueta marrón de pana que recordaba a la ropa que vestía Felipe González en sus mítines de principios de los ochenta. La camisa, blanca en sus orígenes, tenía el cuello demasiado grande, lo que le confería aspecto de cantante de soul, y las ojeras le llegaban a la rodilla. 

A mí el mundo de la moda me da exactamente igual, pero de vez en cuando escribo reportajes para una empresa porque hay que comer. La verdad es que en este momento de mi vida todo me da exactamente igual, de ahí que mi nivel de tranquilidad en la entrevista de trabajo rozase lo esperpéntico. 

Más o menos entrego dos reportajes de moda al mes. Es un sector que nunca me ha atraído, al contrario, el periodismo de esas características o “cómo sentirse seguro de ti mismo y pisar con fuerza en la vida” gracias a unas bragas me suscita serias dudas. Ya en mis tiempos de periodista, especialmente en la última etapa, me especialicé en información sobre moda y solía cubrir Cibeles y todas las Fashion Week imaginables (Milán, Nueva York, Londres, Kuala Lumpur, Cuenca, Villanueva de la Serena, París). A partir de una plantilla, iba metiendo los nombres de los diseñadores sobre los que tenía que informar y la noticia estaba lista. 

Las muletillas eran siempre las mismas: camina con decisión en la vida, conjuntos atemporales de quita y pon, ideales para verano o para invierno, ropa rústica a la vez que cosmopolita, para una mujer que sabe lo que quiere, moderna y tradicional, que tiene una casa en Saint-Tropez pero que disfruta con un cochinillo en Segovia. 

Lo bueno del periodismo de moda es que los textos se preparan en cinco minutos a partir de la plantilla mágica. Casi todos los entrevistados responden lo mismo. Simplemente hay que cambiar el nombre, la edad y las fotografías. 

Para todos ellos la moda es una vocación que han mamado desde la cuna, todos aseguran que su madre es su gran fuente de inspiración, todos admiran a Balenciaga, todos detestan a Ágata Ruiz de la Prada, y todos se consideran muy campechanos. 

A mí me sorprende que la gente se deje engañar por esas gilipolleces. 

Recientemente entrevisté a una chica, funcionaria de profesión, que ha triunfado con un blog sobre tendencias. Cobra dos euros a quien desee leerlo (tras un arduo proceso para darse de alta en el portal) y tiene ya más de 30.000 seguidores. 

Cuando la entrevisté, tuvo la amabilidad de darme las claves de acceso para entrar en su perfil y ahorrarme dos euros. Soy más pobre que las ratas y llevo en paro cinco años, de modo que agradecí sobremanera ese detalle. 

Una vez a la semana, la funcionaria acude a un centro de estética de unos grandes almacenes y prueba cremas anti-edad y anticelulíticas. Asimismo, una tienda le presta ropa y su marido la fotografía en un prado, en la catedral, fregando los cacharros para dar imagen de cercanía y naturalidad, al borde de su piscina o en el súper en la sección de verduras… Tantos emplazamientos mágicos que se me pone la carne de gallina. 30.000 seguidores. ¿Cómo te quedas? 

Yo debo de ser muy raro porque lo último que haría sería perder el tiempo viendo a una niña de 30 años, más bien fea y con mal tipo, explicándome cómo esparcir una crema anti-edad por las patas de gallo. Pero lo curioso es que esos blogstriunfan.

A partir de cierta edad, amigas, tenéis que beber mucha agua y hacer ejercicio, como yo, para endurecer glúteos y lograr esa figura deseada. Ahora que estamos en invierno, aprovechad el tiempo que pasáis en casa para usar esa bicicleta estática que descansa en el sótano y que la operación bikini no os pille desprevenidas. Utilizad prendas cómodas, rústicas a la vez que cosmopolitas. En el enlace inferior podéis disfrutar de algunas fotos de mi última escapada para esquiar en Aspen, Colorado. 

Pensaba que a partir de cierta edad había que beber vodka y meterse crack para estar en forma. Me encanta la referencia al invierno, como si fuésemos osos hibernando en la cueva antes de que se derritan los primeros hielos. La mención del “amigas” hace que vislumbre a Isabel San Sebastián en un programa de Trece TV. Lo de Aspen ya es el horror, a mí me cuesta pagar el autobús urbano para ir a la otra punta de la ciudad y esta mamarracha se va a Estados Unidos a esquiar.

30.000 seguidores.

La chica del blog pretendía ser personal shooper, asistente personal para entendernos.

Inciso.

Lo más seguro es que el nivel de inglés de esa chica sea peor que el de mi madre, pero decir personal shopper (personalsoper), asegurar que alguien te va a mandar un mail (meil), tener un IPhone (ay fon) o terminar los mensajes con un ok (okei) es súper cool (cul). Está claro que la enseñanza de inglés en España es para echarse a llorar. Recuerdo que en mis años de estudiante dábamos inglés en el colegio desde los ocho hasta los 14 años. Si la enseñanza hubiese sido eficaz, hablaríamos inglés mejor que Shakespeare. Seis años es mucho tiempo. Pero no, el nivel de inglés se reduce a pedir un café con acento de Villanueva de la Serena o frases comodín (muy útiles, por cierto) como “suck my dick”, “open your hole” o “kiss me all over” que espetamos en Lloret de Mar a los turistas del pack “bebe por un tubo ida y vuelta por 20 euros con Ryanair” procedentes de Leeds.

De un tiempo a esta parte están proliferando las firmas de asesoramiento de imagen, empresas que te cobran un ojo de la cara por renovar tu fondo de armario o acompañarte de compras en caso de que tengas una boda y no sepas qué ponerte. También ofrecen seminarios en los que te aconsejan sobre los colores que mejor van a tu físico: si estás como un tonel, cúbrete de blanco; si estás raquítico, ve de negro; si quieres ponerte el mundo por montera, agénciate de un pañuelo rojo-pasión. No me cabe en la cabeza cómo la gente puede pagar por ello. Ni, aunque fuese Onassis, me iría con una persona para que me dijese qué pantalón llevar a una conferencia. Como mucho, llamaría a mi madre. Además, me estoy imaginando la conversación, totalmente almibarada y falsa. Cuando el dinero está por medio no existe charla sincera. Iba a transcribir ahora en cursiva lo que podría ser un ejemplo de diálogo personal shopper-cliente en El Corte Inglés de La Moraleja, pero me da pereza. 

Al cabo de los cinco minutos, el presidente del tribunal volvió a la realidad. Daba la sensación de que había salido de farra la noche anterior, lo que explicaría sus ojeras. Quizá sufría de insomnio por el puente inhabilitado por el Gobierno regional que había causado la muerte de decenas de personas al atravesarlo por el firme resbaladizo. El posible insomnio también podría deberse a su (también posible) bruxismo. En este sentido, sus dientes eran muy prominentes y recordaban a Tiburón, el malo de algunas películas de 007 a finales de los setenta, personaje interpretado por… Ahora no me acuerdo.

–Desde el punto de vista financiero, ¿de qué manera conseguiría que el centro fuese rentable?

–La economía es un apartado de enorme importancia en la gestión de un centro cultural de estas características. Desde los tiempos de Milton Keynes, la economía mueve el mundo. Para mí, sería un asunto esencial en mi nuevo trabajo. 

–¿Con qué instrumentos financieros contaría?

–Las finanzas del centro serían algo de vital relevancia en el desempeño de la función y contaría con los mejores instrumentos disponibles para conseguir que la institución fuese un icono.

–¿Como usted?

–¿Perdón?

Tenía guasa que Tiburón me hiciese estas preguntas. Lo más seguro es que no tuviera ni idea de economía y que, como mucho, se hubiese empapado de un tutorial en YouTube la noche anterior. 

Yo no actué bien. 

Da la casualidad de que en mi etapa de periodista trabajé durante nueve años en un canal de televisión económico. La economía me parece lo peor, no la soporto, pero como buen periodista soy capaz de hablar de todo con maestría y me consolidé como uno de los reporteros estrella del canal. También es verdad que olvidé todo lo que había aprendido en dos meses, como cuando te obligan a estudiar un idioma que no te gusta y mientras vas a la academia, tira que te vas, eres capaz de decir póngame un carajillo o desnúdese pero, al abandonarla, se te olvida hasta como decir hola

Perfectamente podría haber hecho el paripé hablando de mi época televisiva e incluso diciendo lo que me recomendó mi prima economista, mencionar algunos términos que sirven tanto para un roto como para un descosido: beneficio, ventajas comparativas, arbitraje, eficiencia, ahorro de costes, mercado en equilibrio, control de gastos. 

¡Richard Kiel! Es el actor que interpretaba a Tiburón. Murió en 2014. Me encanta este momento Wikipedia. 

Sin lugar a dudas la economía era un apartado a tener en cuenta en un centro que había costado 13 millones de euros. Yo añadiría que también habría que pararse a pensar en el pufo de la empresa privada y en las goteras del arquitecto que había rehabilitado el palacete. ¿Corrupción? No, qué va.

Está claro que no estaba siendo muy empático, cosa extraña en mí porque precisamente me caracterizo por mi don de gentes. Supongo que cuando algo no te interesa tu interior te boicotea. De los cinco integrantes del jurado, solamente me reía las gracias la mujer. De las dos momias no puedo decir nada porque seguían en estado comatoso. Tiburón tenía ganas de hincarme el diente y el quinto de los componentes del tribunal me miraba con cara de asco. Era el director del principal teatro de la ciudad, una sala en la que yo había intentado meter mis textos teatrales en varias ocasiones. Jamás había contestado a mis correos ni me había llamado de vuelta al dejar un mensaje a su secretaria. Era evidente que sabía quién era, en particular porque yo soy bastante más conocido que él. Sí, me sale mi lado orgulloso, ¿y qué? Si metes mi nombre en Google hay decenas de entradas y de reportajes. Si tecleas el suyo, tan solo aparece su perfil en Facebook y un par de reseñas de la sección cultural del Ayuntamiento.

–El teatro es arte con mayúsculas, aglutina las enseñanzas de Ovidio con la fortaleza de Séneca y la psicología freudiana. Ver y reír, llorar y amar, querer y regodearse en la belleza de las cosas, sentir, observar, embelesarse. ¿De dónde somos? ¿Adónde vamos? Luz en el alma, poesía en las entrañas. La vida es un camino de hojas secas que gracias al teatro florecen en los recónditos senderos de nuestros corazones. Cuando yo empecé en esto la gente me miraba por encima del hombro. En realidad, me tenían envidia, sabían que llegaría lejos y les deslumbraba con mi sabiduría y mi inteligencia. Yo he nacido para el arte de las artes, he nacido para el teatro y dispongo de un sexto sentido que me permite ver más allá. Veo que ambos somos hombres del espectáculo, señor Usoz. Antes ha comentado que haría rutas teatralizadas para revitalizar el centro. Me parece bien. ¿Tiene productora?- me preguntó el director teatral en un monólogo sacado de Nuria Espert en horas bajas.

–No. Todo lo que he hecho ha sido autónomo. Usted sabe muy bien lo difícil que es avanzar en el mundo del teatro. Para montar una productora hace falta dinero. Y para que una productora coja uno de tus textos, hace falta tener amigos.

–¿Talento no?

–Queda en segunda posición.

–Tiene un concepto muy pobre del sector teatral.

–¿Usted cree? En su teatro he visto subproductos escritos en noches de estreñimiento que contrató porque el elenco había salido en Al salir de clase.

–Monte usted una productora y escoja qué programar. Además, mi teatro puede alquilarse.

–Primero, no es su teatro. Es público. Y segundo, sí, puede alquilarse, pero por 2.500 euros al día. 

Yo soy periodista y dramaturgo. Para tener más puntos de cara al proceso de selección, era clave que me ganara la confianza del gerente del teatro. De economía y gestión empresarial no tenía ni idea. Lo poco que sabía, para más inri, se me había olvidado cuando tuve la oportunidad de responder algo coherente. De teatro era un experto, de hecho me dedicaba a ello en cuerpo y alma y tenía varias obras en cartel. Pero, de nuevo, la había jodido. 

Nuria me fulminó con la mirada cuando terminé mi intervención. 

Pero estaba muy tranquilo. Desde que había entrado en la sala había optado por el papel de vecina de al lado. Daba la sensación de que había pasado por casualidad a tomar un café o pedir azúcar para un postre. Yo no me hubiese contratado porque no daba sensación de seriedad. Si hubiese sido para un puesto de creativo en una multinacional, de cabaretera o de bohemio redomado un poco histérico que escribe guiones de telenovelas habría servido, pero nada más. Como he dicho antes, mi interior me boicoteaba porque en el fondo no estaba interesado en la vacante.

En lo único que superaba con creces al resto de participantes en el proceso de selección era en el físico. Debe de ser porque se me ha pegado algo de los reportajes de moda que escribo dos veces al mes, pero yo iba hecho un pincel. A eso se une que estoy de muy buen ver, causo estragos allá donde voy, lo típico que aparezco en la prensa local o la gente hace cola en casa para tocarme y sacarse selfies conmigo al fondo. Yo les dejo hacer, me encanta ser manoseado por mi torso peludo y mis nalgas duras como el hierro forjado, siempre he dicho que mi cuerpo es un regalo para la humanidad. Además, tengo 44 años y aparento 30. Es posible que mi vida no sea tan divertida como la de quienes salen de marcha hasta las seis de la mañana, se meten de todo y llegan a casa borrachos, pero ser adicto al ejercicio, las infusiones de melisa, la fruta y las verduras tiene su recompensa. 

El resto de contrincantes parecía que venían del pueblo: ellas, maquilladas en exceso para una entrevista de trabajo a las nueve de la mañana; ellos, con el tradicional traje de chaqueta que no se ponían desde hacía dos décadas. Se notaba que estaba pasado de moda y les iba demasiado entallado. 

La vacante consistía en ser gestor de un centro cultural, no en desfilar en Cibeles (cosa que a mi edad tenía un poco complicado, todo hay que decirlo), por lo que contar con mi belleza y silueta apolínea tampoco es que hiciera que sumase muchos puntos.

Estoy muy contento porque el otro día el monitor de mi gimnasio me animó a que probara un nuevo aparato. Se trataba de una báscula transparente con unos sensores que se colocan en brazos y piernas del interesado. A mí me gusta probarlo todo y, descalzo, me subí al peso. El ordenador empezó a hacer sus cálculos e iban apareciendo los datos en la pantalla: índice de masa corporal, nivel de agua, porcentaje de musculación. Tras unos segundos que se me hicieron eternos, la pantalla se tornó fucsia y unas letras negras mostraron lo siguiente: edad metabólica 27 años/27 years. Casi doy un beso en los morros al monitor. Me contuve porque no era mi tipo. Mi amiga Carla estaba conmigo y se subió a la báscula después de mí. “¡Puta!”, me dijo. “Está máquina es una porquería”, comentó al monitor. Su edad metabólica era de 61. Y tiene 46. Desde entonces nos morimos de risa al recordar esa anécdota y la llamó cariñosamente “mamá”. Tengo que decir que la máquina no está rota y funciona perfectamente. El día de la prueba, un sábado al mediodía, yo me había levantado a las ocho de la mañana tras mis nueve horas de sueño y mis infusiones. Carla llegó al gimnasio procedente del after. La máquina, por lo tanto, no miente.

Mi última baza era el periodismo, hablar de la deficitaria estrategia de comunicación del centro en su año gestionado por una empresa privada. Si no me lucía ahí,  mi nombre saldría en los periódicos como el tonto del pueblo. Al mismo tiempo, tenía que ganarme la confianza de la única persona del tribunal que reía mis gracias. Era una señora de edad indefinida y aspecto anodino, te quedarías igual si te dijese que tiene 30 años o 64. De todos modos, transmitía buen rollo, algo no muy difícil, las cosas como son, teniendo en cuenta que sus compañeros de tribunal eran Tiburón, Nuria y las dos momias. Afortunadamente, ella fue quien formuló la siguiente pregunta.

–Por lo que veo, su currículum es impresionante y ha hecho usted de todo.

–Sí, puede considerárseme un Leonardo da Vinci de los tiempos modernos.

¡Menuda respuesta más absurda! No sé qué me pasaba esa mañana. Icono cultural, Leonardo del siglo XXI… ¿Qué más podría añadir para que jugasen a los dardos con mi fotografía una vez hubiera abandonado la sala? Y encima no daba pie con bola. La expresión de Nuria me dio miedo y tuve la sensación de que iba a escupirme encima. Tiburón aumentó el nivel sonoro producido al rechinar sus dientes. Parecía un caballo.

–¿Le gustaría añadir algo más?

–Sí (ahora o nunca, pensé). Como periodista con una trayectoria internacional de más de 20 años (desde luego, creído era un rato) considero que la estrategia de comunicación del centro durante su año de andadura fue lamentable. Los ciudadanos no sabían dónde se encontraban las instalaciones, ni siquiera aquellos que vivían en el mismo barrio. Al mismo tiempo, según he podido comprobar, tan solo hubo dos referencias en prensa en ese periodo, algo increíble para una ciudad pequeña en la que no pasan muchas cosas. No estamos hablando de Chicago, sino de un municipio de 100.000 habitantes. También me parece terrible (ya puestos, como no me iban a seleccionar, me vine arriba) que los políticos estén influyendo de un modo tan fragrante en la toma de decisiones (no dije que la plaza ya estaba dada y que el proceso de selección era un paripé porque tampoco era plan de que me abofetearan).

–En eso tiene usted razón, el plan de comunicación no fue el más adecuado y la ciudadanía desconocía qué era el centro- contestó Tiburón. Su respuesta hizo que me emocionase. 

De nuevo se hizo el silencio, aunque en esta ocasión el presidente no entró en trance. Hizo algunas anotaciones en un bloc de notas y escrutó a sus compañeros. Tras preguntarles si querían añadir algo más, me dijo que podía abandonar la sala. Al levantarme y recoger mi cazadora y la bufanda, me dio la sensación de que Nuria me examinaba de arriba abajo. Su expresión ya no era de odio. Se humedecía los labios y movía la lengua como los travestis en los espectáculos de transformismo. No apartaba su mirada de mi culo, cosa obvia por otro lado porque el pantalón que llevaba me quedaba de escándalo. Salí de la habitación un poco convulso. Cuando cerraba la puerta, pude observar cómo la lengua de Nuria se movía a un ritmo vertiginoso, como la Veneno en sus mejores tiempos. Sin embargo, desterré esa visión de mi mente porque no tenía Almax a mano.

Cuando se lleva cinco años en paro llega un momento en que todo te importa una mierda. Mando de media 100 currículum al mes, lo que significa que he enviado mis datos a seis mil ofertas de trabajo desde que engrosé las listas del INEM. Vivo de mis padres y de lo que obtengo de mis producciones teatrales, generalmente 20 euros por obra, a veces 15. Cuando la gente lee mi currículum piensa que soy hijo de Pitágoras, pero no me contratan ni para barrer la playa. Incluso he pensado en la prostitución o en alquilar una habitación de mi casa a través de Airbnb o alguna plataforma similar. Lo primero no lo veo factible porque ya tengo unos años y la competencia de los rumanos es enorme. No puedo competir con chavales de 25 años con cuerpazos que encima cobran 20 euros por un completo. Lo del alquiler tampoco es viable porque vivo en un piso que es propiedad de mi padre. Si alquilo un cuarto y coincide que viene mi padre sin avisar no quiero ni imaginar el berenjenal que montaría. 

En estos cinco años he optado por el teatro y la creación literaria para no tirarme por la ventana. Mi única relación con el periodismo, la profesión que antaño me daba de comer, son los reportajes de moda que escribo de vez en cuando. He enlazado la composición de decenas de textos teatrales con seminarios, máster, cursos, clases de idiomas, charlas y conferencias universitarias, de manera que mi currículum, al menos en apariencia, ha ido renovándose.

Lo peor de llevar en paro tanto tiempo es que uno se acostumbra a vivir en una jaula de oro. Mi vida consiste en levantarme a las ocho de la mañana, escribir durante cuatro horas en la soledad de mi hogar con música clásica de fondo, ir al gimnasio y al spa, dar largos paseos por la ciudad y disfrutar de una buena película por la noche antes de meterme a la cama a las once. Lógico que la máquina del gimnasio diga que tengo 27 años. Algunos amigos míos dicen que vivo en una urna. 

Llevo una existencia de jubilado de larga duración. 

Jaula de oro. De oro, sí, pero jaula. Todos los días lo primero que hago antes de prepararme el café es encender el móvil y el ordenador para ver si tengo algún mensaje de una empresa, si he ganado algún premio de literatura que me dé un poco de visibilidad o si alguna productora me pide un guion. 

Solo quiero que alguien sepa que existo.

Pi, pi, pi, pi

Me pone de muy mal humor que me molesten a las siete de la mañana. Siempre apago el móvil al acostarme, pero ayer se me olvidó. Coño, no es un whatsapp, es un mensaje de Grindr, la aplicación de contactos que tengo en el móvil. Alguien sin foto de cara, qué coñazo, estoy harto de armarizados o quienes te dicen “busco sexo discreto”. ¿Puede el sexo ser discreto? En fin, a ver qué dice.

–678895643: Estás mucho mejor al natural que en fotografía.

–Enrique: Perdone, ¿nos conocemos?

–678895643: Mira que te gusta usar el usted. El día de la entrevista hiciste que me humedeciese entero cuando comentaste que preferías que te tratáramos de usted.

–Enrique: No sé de qué me habla, disculpe.

–678895643: Te alquilo mi sala por 50 euros y mi casa la tienes gratis, fiera, que eres un fiera. 

Siempre es halagador saber que existes para alguien.

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