El imaginario del escritor loco

El imaginario del escritor loco

por Jesús GARCÍA CÍVICO

 

 

Frente al lago

Al parecer una tarde frente a un lago -qué lago da igual, da igual qué lago– Wordsworth mira lánguida, admirada, soñadoramente al lago y dice de Blake que “hay en la locura de este hombre algo que me interesa más que la vana razón de Scott y de Byron”.

Si sucedió así, o más o menos así, que el poeta de Cumberland dijo aquella tarde frente al lago (daba igual qué lago) eso de que en la locura de William Blake –místico artista total- hay algo que le interesa a él, a William Wordsworth, más que la vana razón de Walter Scott, creo que la frase del poeta ilustra bien por qué a los jóvenes autores, a los escritores románticos, a tantos críticos literarios, a todos los poetas, a algunos profesores de filología (cuando no están enviando sus poemas a concursos o haciendo de jurado en otros o esos mismos concursos), a muchos escritores, críticos, académicos, decía, y a muchos de nosotros, los otros, constantes, ligeros, alegres lectores, nosotros cada vez más raros, cada vez más raro todo, nos atrajo alguna vez, decía, nos llegó a atraer alguna vez la relación entre locura y escritura, o lo que vamos a llamar aquí, llamamos ya , “el imaginario del escritor loco”. Dicen que a J. G. Ballard le gustó aquella reseña de Crash en la que el crítico le llamaba “trastornado”: no sólo al lector alegre, también al escritor raro le gusta el olor de las nubes del imaginario del escritor loco.

Iba a preguntar qué les fascina, qué les fascinó alguna vez de ese imaginario, qué nos fascinó a nosotros, lectores y sólo lectores, lectores sin gafas, risueños, a veces alegres y por tanto raros, como dando por sentado que ese imaginario estuvo o está ahí fuera, en lugar de ser, no sé, ese imaginario, otra invención, un desatino, apenas una parte rara de nosotros, alegres lectores desatinados, creación nuestra también. ¿Qué?

¿Qué es un imaginario?

Definir “imaginario” es atrapar el puño con la mano, como decía Juan Luís Pintos, meticuloso investigador del imaginario. Lo imaginario no es susceptible de definición porque en sentido amplio es la misma fuente de las definiciones. Y aunque Durand o Castoriadis, entre otros conciencudos gafudos del imaginario, aportaron novedosas perspectivas al estudio de este dominio (el imaginario como magma, instancia social de creación de significaciones comunes y de sentido), creo que podemos usar imaginario aquí simplemente como el “universo” de imágenes de la imaginación, sea individual (el imaginario de Remedios Varo, el imaginario de Haruki Murakami, el imaginario de Gustav Klimt…) sea colectivamente, así cuando tiene por objeto algo de lo que es posible hablar con gente que tiene un vicio en común, por ejemplo, el vicio, vicio si le damos la razón a Gombrowicz frente a Dubuffet, del arte y de los libros.

Pidamos a alguien, bueno a alguien que lea, que cierre los ojos. Pronunciemos dos palabras: “escritor loco” y tomemos nota de lo que ve. Hagamosló con todos nuestros amigos: tendremos un imaginario, perderemos alguna amistad. ¿Tendremos un imaginario? Me digo si no habrá ya tan pronto algo loco en mis palabras pues a pesar de estar tratando de entender y explicar siento un extravío al referirlas. Pero, ¿es definitivamente el imaginario del escritor loco una creación del lector? Pregunta extraña. Una creación, sería esta creación, vasta en todo caso. ¿En qué pensamos? ¿qué imagen acude como nube a la cabeza al pensar en el escritor loco? Robert Walser, Guy de Maupassant, la bipolaridad de Virginia Woolf, el eremítico existir de Salinger y Emily Dickinson. Nos retrotraemos a Arquiloco enviando suicidantes cartas de amor, levantamos una ceja para acordarnos en Antonin Artaud dando bastonazos electricos a los adoquines de una ciudad francesa, caemos en el delirium tremens de Poe, en los soliloquios de Hölderlin, en los accesos melancólicos de Shelley, en la obsesión perfeccionista de Bernhard, en las reclusiones de Proust, en la enigmática personalidad de Thomas Pynchon… vasto, vasto, vasto: el imaginario es vasto. Vasto. Volvamos al principio. Quedémonos en blanco. Desplazémonos con Walser, observemos, cómo camina entre la nieve, cada vez más blanco, ay, cada más más blanco, Walser, genio recluido de Jakob von Gunten, sale de la clínica psiquiátrica de Herisau a caminar blanco entre la nieve donde le encuentran luego blanco en la nieve, apenas un poquito alejado de allí, blanco, después de andar por la nieve como desvaneciéndose entre la nieve. Basta.

¿Qué?

-Cierra los ojos.

-Escritor loco

-¿Qué?

-¿Qué ves? Escritor loco.

-¿Qué quieres?

-Que qué te viene a la cabeza: escritor loco.

-Ah, escritor loco: Don Quijote, bueno, je, Don Qujiote no fue un escritor. Poe, Allan Poe. ¡Stephen King!

-¿Stephen King? Hay gente que se va a enfadar. Poner en la misma línea a Poe y a King es anatema.

-Pero El resplandor es una buena novela ¡Si la hubiera escrito Cormac McCarthy!

-Pueda que tengas razón. ¿Qué mas?

-¿Qué más qué? –contesta otro.

-Que qué te viene a la cabeza. Escritor loco.

-Virginia Woof, Hamlet, Alguien voló sobre el nido del cuco, el poeta ése de la película.

-¿Qué pelicula?

-No me acuerdo, ésa que sale ese chico tan simpático que decía que en la vida se puede ser todo menos un coñazo.

-Panero, ese que dices es Michi Panero, el poeta debe ser Leopoldo María Panero.

-¿Qué más? Tú.

-¿Escritor loco?

-Jack London prendiendo fuego a su casa.

-¿Y tú, que estás más callado?

-¿Yo?

-Sí. Escritor loco

-Muchas cosas, me vienen a la cabeza muchas cosas. Vasto. Blake, Roussel, Walser, pienso en gente sensible, en el Art Brut, en Maupassant, en Daniel Johnston, en sus letras, en los suicidas, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnick, Ofelia, raros, Rimbaud, Artaud, locos que dicen cosas cuerdas: Rameau, Hamlet, en Poe, en las drogas, pienso en la genialidad, en la extravagancia, en Burroughs, en Lowry y en el alcohol.

 

El imaginario es vasto

Basta, sí, vasto, el imaginario de escritor loco es vasto. Universo de imágenes, de niebla y de nube, como todo universo se expande. Incluye, el imaginario del escritor loco, la imaginación y la imaginación excesiva, la morbidez (Poe), el acceso privilegiado a la crisis nerviosa (Swinburne), el extenso campo de lo simbólico, la alegoría del loco y la locura como espejo que refleja la insensatez del mundo y sus normas (Don Quijote, Hamlet), raros radicales como Raymond Roussel, extravagancias de Balzac, manías numéricas de Zola, asociales como Phillip Roth, fina linea entre la genialidad y marginalidad la de Voltaire en El sobrino de Rameau. Pasea en el imaginario el loco como un héroe. Sí, héroes locos, los de Vsévolod Garshin en La flor roja, asomados entre nosotros gracias a locos editores como los de Nevsky Prospects. Nos gusta llamar “locura” a estados de ánimo abismalmente diferentes, también el de quienes luchan contra toda perspectiva de éxito. Discurren errantes en la niebla del imaginario, el absurdo (Ionesco), la neurótica condición de Beckett, los surrealistas, la múltiple personalidad de Pessoa, los patafísicos, el infierno de una razón llevada hasta el final (Raskolnikov), el genio como hijo de la neurosis en el decir de Freud, en el hacer de Virginia Woolf and so on, que diría Zizêck, filósofo loco. Y es que Zizêck, como Foucault, como Lacan, como Althausser padecían también, y nos han hecho padecer, su propio desvarío. ¿Imaginación nuestra, imaginario del lector? ¿Creador, el lector de todo ese universo? Alguien, cabe sospechar, debe habernos socorrido. Es demasiado vasto.

La locura: generoso término hospitalario

Sí, responsable de la vastedad del imaginario del escritor loco parece también la propia hospitalidad del término “locura”, incluye ésta, pienso después de que me he dicho a mi mismo en voz alta las palabras “escritor loco”, incluye, pienso, la locura clínica al modo de Antonin Artaud y la locura crítica, la locura cínica que se usa para decir la más cuerda de las verdades, así en el perruno estilo de Diógenes de Sinope, el impulso radical a la autodestrucción, el misticismo a la Blake, el desarreglo de los sentidos a la manera de Rimbaud, lo enfermizo, la inagotable inspiración en el imaginario de Kafka, los iniciados en el acceso a la oscura categoria de lo innombrable como Herbert Phillips Lovecraft, la manera de ser, siendo otros, superando la frontera realidad-ficcón, ser meta ficción, suplantaciones de personalidad, habitantes de lo literario, ficción que se piensa a sí, a la Vila-Matas, imagen gótica de la loca en las novelas autobiográficas de Mary Wollstonecraft; la maníaca de Bertha Mason, el lenguaje desordenado de Joyce y de Perec, lo tremendamente absurdo, lo inconsolable y lo desesperado, la efímera subversión de Tristan Tzara, la siempre vigente necesidad de señalar la locura de la guerra, -Ayax Talemonio en Sófocles, Septimo Warren Smith en “La señora Dolloway” de Virginia Woolf, el matadero de Kurt Vonnegut. ¿Basta? No, hay más: la depresión poéticamente fértil a la manera de Alejandra Pizarnick, seres sombríos y extraños, el malditismo sacrílego de Jean Genet, el loco viaje entre el malditismo y el misticismo demodé en el estilo de Joris-Karl Huysmans, la sórdida posesión del espíritu, así en las feas ideas de Louis Ferdinand Céline o D´Annunzio, la obsesión perfeccionista de Thomas Bernhard, los excesos de Henry Miller, la desinhibición etílica tal como se desinhibieron Dylan Thomas, Charles Bukowsky o Malcom Lowry; las obsesiones, la sensibilidad excesiva, la sexualidad no convencional, las extravagancias, las drogas -en la línea ascendente/ descendente (subidón/bajón) de Baudelaire-Burroghs-Thompson-, las excentricidades, los zumbados

Zumbados

Sí, zumbados no faltan para hablar de un imaginario ya no sólo vaporoso y vasto, sino firme, ¡firme! un imaginario con-so-li-da-do, por decirlo así, pues tenemos que junto el desatino del lector, ser zumbado, se aludió a la ambigüedad de la locura, “la locura: generoso término hospitalario” se rotuló. Tampoco faltan en el imaginario, imágenes de la imaginación sobre el escritor loco, avales –demostración científica del imaginario-, diagnósticos, informes psiquiátricos: Antonin Artaud al que dejamos atrás dando bastonazos a los adoquines, muere en un manicomio, Maupassant con severo cuadro de demencia es internado en una clínica psiquiátrica de París, Hemingway recibe antes de volarse la cabeza veintisiete sesiones de electroshock, Leopoldo María Panero, Jorge Cuesta internado en un sanatorio mental se suicida colgandose de los barrotes de su cama, Anne Sexton es ingresada durante largas temporadas en hospitales psiquiátricos. Alejandra Pizarnik, otra vez, Alejandra, con sus cosas, se quita la vida ingiriendo 50 pastillas de Seconal un fin de semana tras salir de permiso de un leído hospital psiquiátrico de Buenos Aires.  Los lectores sabemos que en la epoca más dificil de Scott Fitzgerald, por ejemplo, hacia 1936 cuando acababa de publicar The Crack-Up en la revista Esquire, y por tanto de explorar el declive mental y físico que le llevaría a la muerte cuatro años más tarde, el autor de Hermosos y malditos recomendó a su enfermera que le cuidaba una serie de libros. Veintidos libros: las introspecciones de Proust, la novela negra de Hammet, An Outline of Abnormal Psychology

“Berryman y Wallace han muerto”

En el imaginario del escritor loco el escritor es un tipo sensible, un “temperamento melancólico” si tomamos el título de Jorge Volpi, co-generador de la generación del crack (narrativa de muchas voces y mundos autónomos), un “homicida tímido” en el decir de Cesare Pavese. La expresión de suicida en el poeta, debemos reconocer, es parte también del imaginario, elemento químico en estado gaseoso de su misma bruma, contamos con hacer una lista en el siguiente punto. Recuerdo, ahora frente a este café,  el día que se ahorcó David Foster Wallace, escritor libre, llenas sus novelas de extravagancias, lo recuerdo –el día que murió Wallace (tales días de septiembre, siempre, pero es que siempre, pasan cosas) porque estaba leyendo, leía yo los Suicidios ejemplares de Vila-Matas tratando también de entender la técnica de un diálogo divertido y pensé que era una casualidad que justo esos días se matara Wallace pensé “qué casualidad” o quizás lo dije, dije en voz alta, “qué casualidad” porque recuerdo, no me resulta posible olvidarla, la forma en que me miró mi gata, llena su mirada de reproche como estaba. Wallace, con un pañuelo en la cabeza y pelucón y yo le había dicho a mi mujer, le había dicho a Greta sólo unos días antes que mirara el pelucón de Wallace y que Wallace tenía aire de suicida, le dije: “Greta, Wallace tiene aire de suicida” ¿Estaba también allí, al calor de ese pañuelo en la cabeza, ese don especial, don el de Wallace para descubrir lo irracional, lo absurdo, lo surreal, en los actos cotidianos? Parecía tener Wallace, sí, el don para descubrir lo absurdo en los actos cotidianos, la pulsión sensible de quitarse la vida también. Wallace tenía tal pulsión. Wallace tenía… esa marcha. Leí, no sé en la forma de qué nube, que el único riesgo profesional de los poetas era el sucidio. Safo, Lucrecio, Séneca, Silva, Larra, Takl, Lugones, Márai, Henry Rorda. Pero hay más. Más hay: Silvia Plath…

Tipos sensibles

… Slvia Plath mete la cabeza en un horno, la joven poetisa italiana Antonia Pozzi se suicida con barbitúricos, Horacio Quiroga se pimpla un vasito de cianuro, Yukio Mishima se revienta el vientre en un hara-kiri, Heinrich von Kleist encuentra al fin una novia que acepte su plan: llenarse los pulmones de agua del berlinés lago de Wannsee, Emilio Salgari se corta la garganta con una navaja de afeitar, Manuel Acuña, poeta mejicano, degusta el potasio de cianuro, Larra inaugura con un diparo en la sién el club de los 27, Alfonsina Storni, poetisa Argentina, se hunde en el mar; el poeta Paul Celan se lanza al Sena desde el puente de Mirabeu, John Berryman, por el puente de la Avenida Washington en Minneapolis (Minnesota), Jorge Cuesta se cuelga, lo hemos dicho ya, de los barrotes de su cama, Hemingway -también quedó apuntado- se vuela el cerebro con una escopeta despùés de recibir durante tiempo sesiones de electrochoque, antes se lo había pegado Robert E. Howard, aquel escritor de literatura fantástica a la Tolkien, el poeta cubano Reinaldo Arenas dijo “¿de qué vaís? ahí os quedáis” con una sobredosis de barbitúricos, el colombiano José Asunción Silva se pega un tiro de lleno en el cajón donde guardaba el corazon, el israelí Bruno Bettelheim introduce su cabeza en una bolsa de plástico, Leopoldo Lugones, escritor argentino, ingiere whisky, no sé que whisky, qué whisky da igual, mezclado con arsénico, Anna Sexton se introduce en su coche y se suicida aspirando monóxido de carbono, Alejandra Pizarnick, ingirie 50 pastillas de Seconal y con estas van cien ya, basta de Pizarnick poetisa breve y siempre dolorida. ¡Alejandra! Sensibilidades, diagnósticos, suicidios poco ejemplares, pero el imaginario del escritor loco es más vasto que la lista vasta pero nunca exhaustiva de escritores geniales y carismáticos como tipos sensibles, lista, ésta, siempre incompleta, siempre por actualizar, la de los que abandonan, las de los que deciden desaparecer. Por supuesto, incluye la lista, tipos alegres poco desesperados, tipos con “verdaderos motivos” como se dice ahora sin sentido, tipos consecuentes como Jean Amery, pobre Amery, como el matrimonio Zweig, pero también zumbados felices y por tanto auténticos y al revés, al revés, sobre todo al revés. ¡Mira esa nube! Umh. ¿Qué nube?

 

 Loca por escribir

Avanzamos contra la corriente. Hemos vuelto, como el tiempo loco de Fitzgerald, hacia atrás, hacia el pasado. El imaginario vasto y rodeado de calima, incluye la sensibilidad excesiva, la creación, el mundo propio, los zumbados propiamente, la locura clínica. Nos hemos quitado ya de encima la inquietante cuestión del suicidio. Se entiende, viendo el mundo, tambien la propia disposición del lector, que busca otro mundo mejor, más ordenado, más sensible también, a expandir el universo de imágenes. Pero seamos justos ¡a cada uno lo suyo! El imaginario del escritor loco tiene sus zonas de penumbra y sus excesos. Imágenes que no sabemos si deberían estar allí. Incluye, paradójicamente excesos de lucidez, el de Diógenes por ejemplo, el del sobrino de Rameau también. A veces pasa que en el mundo se llama locos a los muy juiciosos. Tambiém estaba la costumbre de diagnosticar, como quien apunta con un arma, a las mujeres “perturbación mental” por querer vivir, pintar, escribir. Diagnóstico el de “locura” para denunciar comportamientos sexuales considerados en algunas épocas como fuente de “desviación y desarreglo mental”. La decisión de la mujer de escribir era una locura, pues antes de agarrar, temblorosa, el lápiz que luego habría de esconder en el cajón, el dominante cuerdo que había, no sé, organizado una carnicería de 70.000 chicos en una campiña francesa sólo unos días atrás, había depurado también entre disparo, carnicería y bala de cañón, una detallada terminología para describir comportamientos de desviación: “impulsos demoníacos”, “indigencia”, “histerismo”, “locura moral”. Loca la mujer que escribía, loco quien follaba mucho, loca la mujer que follaba. Loca la que andaba con drogas en la vanguardia parisiense como Baudelaire, Verlaine y Rimbaud.

Andar en drogas: los psiconautas

El más joven de los poetas sostuvo que el verdadero arte, por oposición al buen gusto de la burguesía surgía en lo prohibido, de lo mórbido y de lo patológico que liberaban el espíritu, a veces había que ayudar con opio, absenta o hachís entre el sufrimiento y el delirio, y Hunter S. Thompson o William Burroughs se ayudaron ciertamente con todo eso, para transitar, al paso de nubes cargadas de tormenta, por la frontera del imaginario. La cuestión de las puertas de la percepción y del conocimiento da para otro imaginario. Tanto se ha escrito. Ernst Junger, amigo de Albert Hoffman, creador del LSD, acuña el término “psiconauta” tras escribir Visita a Godenholm, cuya publicación coincide con las Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley. Ken Kesey experimenta en un estudio financiado por la CIA con drogas psicoactivas y luego celebra fiestas “Acid Test” donde suenan The Warloks (Grateful Dead) y todos hacen locuras que cuentan Kesey, Alllen Ginsberg o Tom Wolfe (The Electric Kool-Aid Acid Test). La paranoia, ezquizofrenia en distintos grados, grandes delirantes, el alcoholismo y la toxicomanía no suelen permitir escribir bien. Lo contrario es un tópico. El fuerte tufo a zumbado, como el que emana de esos dolores, de los otro no, de esos precisamente, un dolor perdurable, como la adaptación de todos los líquidos al recipiente que los contiene, acaba adoptando la forma de locura, de ese tipo de locura olorosa, amenazadora y posiblemente incluso contagiosa. Es cierto que no es posible escribir El almuerzo desnudo sin haberse metido amtes uno un poco de todo, pero no debemos volvernos locos, el caso de Burroughs fue el caso de Burroughs. La imagen es aparentemente tan seductora que en los lindes del universo de imágenes del escritor loco hay falsos Burroughs, imitadores un poco tontines de Bukowski. Sí, hay en el imaginario del escritor loco, mercachifles y contrabandistas, fantasmas también como los de las tertulias de la TDT, hay en la literatura un malditismo pretencioso y falso con el que el autor mercadea para ligar más, ir por ahí con las mangas adelantando los brazos, imitar mal a Bukowsky y acaso ganar algún dinero. Y nada ahí es auténtico. No es ése un malditismo en el que la obra resulta una fresca proyección de la vida del autor, no. Apariencia. Da risa y grima, da grisa. Es España hay varios fantasmas de esa grisa ya que es un país gris, macarra, fallero y de apariencias. El imaginario del escritor loco incluye cepas de personajes locos, digamos algo breve de éstos también.

 

Elogio de la locura… del personaje

Escribe Foucault en La historia de la locura en la época clásica cómo Ofelia, Hamlet o Don Quijote nos muestran que el hombre razonable sólo percibe figuras fragmentarias, “el loco abarca todo en una esfera intacta”, como si esa bola para todos los cuerdos vacía, estuviera a sus ojos llena de invisible saber. Muchos escritores han creado personajes locos para criticar sin trabas la sociedad, el poder o la realidad. Por ello circulan locamente por nuestro imaginario. Presentan la sociedad y sus normas desde una mirada diferente, sin convencionalismos, el loco habla libremente: como en la canción de Bob Dylan, cuando no tienes nada, nada tienes que perder. Mirada alternativa, si esa palabra aún significa alguna cosa. Se ha escrito sobre esto, caigo en mi café y en la obra de Cristina Pere Rossi La nave de los locos, el ensayo de Saunders y Macnaughton, Madness and Creativity in Literature and Culture o la Camera Lúcida de Roland Barthes. Otras voces, otros ámbitos: en medio de su aparente oscuridad, se encuentra la iluminación. Así, una parte de la literatura rusa entre la segunda mitad del siglo XIX y el realismo socialista tiene por tema la locura como única salida coherente para personajes que se aferran a una dignidad que el sistema les niega. Y es que los poderes míticos del loco descansan en el lecho más nebuloso del imaginario: sus palabras insensatas son como el nocturno viento de la verdad invertida, negativa de nuestro lenguaje de la razón.

 

Hay niebla en el canal: Europa ha quedado aislada.

La idea del encierro y reclusión del loco como tema habita también el etéreo imaginario del escritor loco. No dejamos a Foucault. Corresponde a Foucault, filósofo loco, la explicación más convincente de cómo a partir del siglo XVII se instituye el asilo como modo de establecer el control para reprimir a individuos peligrosos, amenazadores, levantisco: locos, vagos, mendigos confinados aislados del mundo para impedir el contagio a la sociedad. El asilo como isla para los vicios y las perturbaciones mentales era un tema demasiado suculento para que el imaginario del escritor loco, no entrara como la peligrosa niebla en la película de Carpenter por el quicio de la ventana. ¿Quiénes son los locos, los que están dentro o los que han quedado fuera? Ken Kesey no creía que los pacientes, al menos no todos los pacientes, estuvieran locos (insane) sino que era la sociedad la que consentía su encierro al no tener cabida en ella sus ideas no convencionales sobre el modo en que se supone que la gente debe actuar. Ésas son las imágenes que nos deja Alguien voló sobre el nido del cuco. Habitan aquí las imágenes de Sebastian Brant, la Stultifera Navis de viaje al País de los Tontos, Das Narrenschiff. Cuando Erasmo escribe su Elogio de la locura (1509) ya ha visto la obra, como han leido a Erasmo, más tarde, Rabelais, las pequeñas imágenes del cuadro de El Bosco, o la nueva nave de Anne Porter. El barco de los locos abandona de tanto en tanto el puerto de la razón. ¿O es al revés? Todo recuerda aquí aquel dicho puramente británico: “hay una pesada niebla en el canal de la Mancha. Nada se ve. Europa ha quedado aislada”.

 

La locura como enfermedad, la enfermedad como genialidad

Vamos acabando. Andre Gide acude a nuestro imaginario. Da un paso más en nuestro camino de niebla y nieve que abría aquella frase de Wordsworth frente al lago (qué lago daba igual, daba igual qué lago) aquella de que “hay en la locura de este hombre (Blake) algo que me interesa más que la vana razón de Scott y de Byron”. Para Gide, hay un estado de salud que no nos permite comprenderlo todo. Según el escritor francés: “las enfremedades son llaves que nos pueden abrir ciertas puertas”. Para Gide hay enfermedades que borran la frontera entre realidad y ficción, formas distintas de entender, de presentar, la realidad. ¿Pulsiones, patologías, como puertas? Fuimos a buscar algún aval. Leímos en un reportaje de la BBC (sus reportajes son estupendos) que los escritores, según el Instituto Karolinska, tienen mayor riesgo a sufrir ansiedad y desórdenes bipolares, esquizofrenia, depresión unipolar y abuso de sustancias. También nos confirmaron un punto anterior: los escritores tienen el doble de probabilidad de suicidarse, en comparación con la población general. Los bailarines y los fotógrafos también tienen más probabilidad de tener desórdenes bipolares. Pero como grupo, quienes tienen profesiones creativas no son más propensos a sufrir de desórdenes psiquiátricos que otras personas. Tienen, según el Journal of Psychiatric Research, más probabilidad de tener un pariente cercano con desorden, incluyendo anorexia y hasta cierto punto autismo. Los lectores han conjeturado largamente con fogosidad, allá en las nubes del imaginario, sobre la conexión entre genialidad y locura, pero apenas hemos encontrado, en el inmenso universo de lo literario, todo el rato que llevamos divagando en vano ya, algunos locos en sentido estricto. Los más grandes –Shakespeare, Dante, Cervantes, Goethe, Tolstoi, Dickens, Proust, Joyce- no estuvieron, locos que se sepa. En la lista de Harold Bloom no hay muchos zumbados. Los últimos grandes escritores del siglo pasado Bolaño, Bernhard no estaban poseidos por la demencia, sino por un talento colosal. Sólo un término amplio como una nube nos permite enlazar locura y genialidad, esto es, sólo aceptando el uso del término locura que en realidad no estamos dispuestos a aceptar, nosotros, lectores alegres y por tanto raros: la del hombre serio. La locura como extravagancia, como ruptura de las convenciones según la asesina, grisacea y plumbea seriedad del mundo.

Se disipa la bruma. Elogio de la lúcida imaginación desbordada del mundo y de las cosas

No. No hay una conexión entre genialidad y locura en la literatura, salvo si aceptamos una definición amplia de la locura: la extravagancia, la imaginación sin freno, lo excepcional, lo original, el amor desbocado por la ficción, el desdén por las fronteras, la vitalidad, el rebuscamiento. Vínculo entre locura y escritura, sí, allá  en el espejo de una excentricidad sin límite, cuando el escritor (loco) ve un universo mejor ordenado, un territorio, el de la novela, donde la moral es precisamente suspensión de la moral, como nos mostró con mucha gracia Kundera. La escritura da forma al mundo, escribió Bernardo Soares. Ligazón en el universo de las imágenes de la imaginación cuando imagina ésta al escritor loco como dando rienda suelta a sus excentricidades (normalmente después de haber escrito lúdicamente la novela). A la obra de Bukowski la salva la lucidez en la resaca y no la locura en el exceso (cosa hoy yupie y ricachona, la droga y los excesos). Oblicuo, la persona del autor no es tan importante, importa la ficción, la imaginación, la creación, suplantar una, muchas personalidades. Asociamos con cariño locura y literatura en los grandes poetas del romanticismo, el poder de la imaginación: Wordsworth, Shelley, Keats, Tennyson, Leopardi, pero el surrealismo desacralizó la figura del autor, como lo hizo a su forma el dadadismo: la experencia de la escritura colectiva, la escritura azarosa y automática ¿no significaron, de alguna forma, el distanciamiento, el propio empequeñecimiento del autor? Se puede escribir un libro sobre la personalidad de Hamlet pero ¿y de la de Shakespeare? Trama de imaginación, mundos nuevos, desaire a la realidad ¡y al realismo! ¿Hay locura en sentido más estricto? Sí, y hemos encontrado algunos ejemplos, algunas imágenes en la niebla del imaginario, pero al lector alegre le gusta la locura de Maupassant, pero no que Hemingway (que no estaba propiamente loco) se disparara un tiro, debió hacerlo porque sufría. La locura inspiró a Maupassant, Hemingway se volvía loco de dolor. Nuestras imágenes preferidas del imaginario del escritor loco son su actitud inconformista, un tipo de inteligencia que nos eleva, un estilo propio, forma elegante de tocar los huevos, la creatividad, la intensa curiosidad, la obsesión con una afición. Nos agrada, como lectores, que sea detallista, pertinaz, abierto, y cuando no bebe, bueno.” No sabes, Martín, lo rara que es la mujer que acabo de conocer. Tiene una expresión energica, a la vez soñadora y dice cosas raras, es escritora, Martín, la mujer que acabo de conocer.” Nos gusta, sobre todo de la locura, la excentricidad: Los excéntricos puede que no comprendan los estándares del comportamiento normal en su cultura. Vive, el escritor loco despreocupado por la desaprobación de sus hábitos o creencias dentro de la sociedad y exhibe lo más a menudo posible un individualismo extremo. ¿Loco? La llegada de los gitanos a España fue su edad de oro. Todo provenía de un confusión: llegaban a caballo desde oriente, los títulos no les eran desconocidos. Pronto la diferencia sutil, la diferencia inquietante como escribió Teresa San Román, de todos los equívocos, hay uno sobre el que no se ha meditado lo suficiente: la acusación de supersticiosos por parte del payo que ostentaba la razón, porque… a fin de cuentas ¿quién pagaba a quién para que le leyera la mano?

Nosotros, nosotros somos los monstruos

Admira el lector alegre del escritor, sí, su imaginación desbordada, forma agradable de locura, lector inventor y raro, por momentos cada vez más raro, y qué raro todo ¡mira la tarde! ¡mira qué lago! Los personajes locos cuando reflejan en forma especular la insensatez del mundo en que vivimos, la locura que nos rodea. Hemos entrado en la bruma, un poco bestiamente, con una hacha, mañana habrán de aparecer, no es posible que no, muñones rotos, las víctimas colaterales: los melancólicos, los suicidas, los drogados, los zumbados, los borrachos, sutiles variaciones de la nave (de la nave de los locos). Nos quedamos, en una imagen del imaginario, una suerte de locura alegre como la de Monàe volando con Leftfoot que aún parece la adaptación que Milos Forman hizo de la novela sobre locos de Kesey. Ay, incluye, sí, la forma alegre cómo imagina el lector, hablando con los amigos, charlando por los codos, bebiendo café, pimplando un bourbon, al escritor loco: ¡qué bueno Maupassant! ¡qué loco!” Viajeros involuntarios de un mundo cada vez más enrarecido y cuando suenan determinadas canciones, más fuertes aunque no mejores. Se disipa la bruma: el autor del imaginario del escritor loco, que mantiene con vida esa nube como una pompa de jabón, no era el escritor, no era el artista, ni siquiera el artista total a la manera de Blake, ni la estupenda galería de personajes locos de Medea a Musil, no, qué va. Sólo conocemos a un loco genial – Nietzsche, curiosamente el mejor prosista alemán del XIX… – y a un escritor loco, aquel árabe, que como nos advirtió tarde Lovecraft, hubiera sido mejor no leer. Individualismio extremo, individualismo de monstruo, pues. La imagen de la imaginación más seductora del imaginario es aquella por la que sabemos que como nosotros, el escritor loco ha sabido desde la infancia que era diferente al resto. Nos gusta el imaginario del escritor loco porque la realidad es desagradable. Disgusting. Empeño de la realidad en destronarnos y alegría de estar solos. La realidad tiene algo de mediocre, algo de cielo blanquecino, propósito de pátina opaca. Individualismo de monstruo, individualismo extremo (posicición moral y estética la del mosntruo). Sí, el que está loco no era el autor, era el lector, yendo con un libro, prosa vagabunda, por ahí. Almas hermanas, almas enfermas, turbadas y a la intemperie. Amor loco por los primeros libros. El discurso científico no agota la explicación del mundo, al menos una parte de ésta pertenece de hecho a los poetas. Voluntad de alejarse, pues, de salir, de salirse del mundo a nuestro aire a ka manera de Walser. ¿Por qué? Quizás porque se sabe que nuestra salvación, la salvación de los lectores, como la de todos, consistirá, llegado el día, en romper todas las hojas, en dejar los folios blancos como la nieve, en disimular nuestra locura, es decir, en lograr pasarnos por excéntricos.

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