El artista del vértigo o los abismos de la lucidez. Por Juan Jacobo Melo

El artista del vértigo o los abismos de la lucidez

François-Auguste-René Rodin, Le penseur

¿Existe una fuerza que se derive de lo aciago? ¿Puede lo adverso tornarse en fuente de poder, en suplemento de energía creadora? ¿Es la fatalidad el impulso motor de la existencia y responsable de su devenir? Contestar en tono afirmativo a estas interrogantes supone un doble reto: volver los pasos hacia la esencia primigenia del hombre, al encuentro ineludible con su naturaleza trágica y desafiar -a su vez- los viejos esquemas y estereotipos que conciben la adversidad o el infortunio como síntomas de la decadencia. Tal es el objeto de estas reflexiones.

I

 Si bien la mortalidad de la vida humana no se explica más que por su condición efímera y vulnerable, mayor es la inquietud si se comprende el carácter impredecible de su existencia; pues tan pronto como el hombre viene al mundo su destino se torna incierto y lo es más allí donde ha sido arrojado: en medio de un universo radicalmente hostil. El hombre al nacer no justifica su existencia ni trae consigo un fin prefabricado, simplemente aparece como una entidad frágil e inconsistente, expuesta a todo género de amenaza y sin razón alguna. Su entrada en el mundo se revela como un hecho accidental, en ausencia de toda intención y propósito, pues no le acompaña ni precede algún designio: se muestra inerme en toda su plena desnudez. Si bien este sentido de orfandad origina un estado de tensión y angustia, adviértase que aquello solo es accesible para quien contempla su existencia como un abismo. El hombre convencional no lo percibe ni lo siente, sumergido en sus distracciones vive ajeno a lo que ello significa. No hay oleajes o turbulencias interiores que lo perturben, nada que sea motivo de tensión psíquica o espiritual; pues como respuesta a su desamparo busca refugio en una entidad suprasensible, o en un “Dios benevolente”capaz de poner su espíritu a buen recaudo y dotarle de sentido a su existencia. Bajo ese abrigo protector permanece inmune a todo asomo de angustia primigenia. “Está a salvo”.

No así el hombre lúcido quien asume su orfandad con firmeza estoica. Trae la angustia prendida a la carne y no se sostiene más que en la medida de su desamparo. Actitud que trasciende su autocompasión como su soberbia, pues no hay Dios a quien “asesinar”, o en el que buscar refugio o consuelo. Abandonado al mundo, su vida se abre a un precipicio por el que deberá cruzar como un volatinero suspendido en la cuerda floja. Tal es el “salto” a la existencia, la senda del abismo, “el camino del guerrero”.Solo, huérfano de señales, en apoteósica desolación no cuenta con más guía que su sombra y sus pasos, pues ante sí se tiende un horizonte convulso, inhóspito, “lleno de ruido y furia” (1) que se agita en perpetua acechanza.

Bajo aquel aire tenso el hombre lúcido habrá de forjar su espíritu creador.

II

Pero entiéndase dicha forja no como una búsqueda estética de carácter ornamental, sino comoreacción necesaria frente al ámbito hostil de la existencia. Consciente de que el mundo es un escenario amorfo que se mueve como traído al azar, busca en sí mismo el fuego interno que lo ilumine y no lo encuentra más que en su instinto creador; allí donde todo tiende a reinventarse desde su matriz oscura y primigenia. Pues al igual que una chispa que emerge en la noche sin otro fin que arrojar luz y desaparecer, el hombre lúcido -desde su desamparo ontológico- vive para crear y extinguirse, y no crea sino a partir de sus conflictos y temores, de la necesidad de convivir con sus propios tormentos y asumirlos como cauces imprescindiblesde su actividad creadora. Fruto de esa tensión que se agita en sí mismo recibe su fuerza, por la cual torna lo aciago en fuente de poder. Pues, si todo cuanto existe se haya precedido por la trama de la desgracia, por una fatalidad anterior al tiempo, ¿acaso no es aquélla la que empuja al hombre a enfrentarse a sí mismo, a tomar conciencia de su finitud, de su condición perecedera? Si morir es el destino común del ser humano, no obstante, para el hombre lúcido –al igual que la actitud de Odiseo- el hecho de ser mortal es una condición ineludible, necesaria.

De aquí se desprende el sentido vital de su naturaleza trágica cuyo acto creador expresa la posibilidad de trascender sus propios límites,más allá de toda desesperanza. Sentido que lo aleja del cómodo enfoque de los pesimistas,para quienes el mundo aparece como una parafernalia del lamento y la vida como una “pasión inútil” (2). El hombre lúcido se expresa a un nivel más profundo. Por un lado, reconoce su naturaleza trágica, sobrevive a ella y, por ella, perece; de otro, habita en su espíritu una afirmación incondicional, sin reservas ante lo funesto y desconocido. A semejanza de un guerreronómada sale al encuentro con el mundo en carrera abierta hacia lo inaprensible. No hay meta trazada ni plan preconcebido: todo está por hacerse. En ello reside su sentido de aventura, pues solamente empujado por el impulso de la fatalidad su corazón se conmueve y afirma. Así, la vicisitud, el sufrimiento, las fluctuaciones del azar o el infortunio sirven como estímulos gratificantes para su actividad creadora.

Ximo Rochera, Dostoievski

Aunque el mundo se revela como unescenario atroz, no por ello lo asume con menos intrepidez y dramatismo. En ese orden precisa de ambientes hostiles, extremófilos a efecto de poder manifestarse; pues el auténtico germen creador no aparece más que allí donde prospera una crisis, su potencia transfiguradora es tanto más fecunda cuanto mayor el coeficiente de adversidad. Así se han forjado naturalezas lúcidas como Heráclito,Dante, Poe, van Gogh o Dostoievski; creadores excelsos para quienes toda experiencia límite no dejaba de ser una señal favorable. Por ello, la presencia de lo aciago -más que un signo mórbido delasitud o resquebrajamiento- se erige como imperativo categórico. 

III

Bajo la fe de esta premisa encuentra su expresión el artista del vértigo, aquel hombre lúcido cuya obra no toma pie sin que le preceda un estado de hecatombe, más aún si toda experiencia catastrófica provoca algo nuevo e impredecible. Poseído por ese influjo devastador que lo ilumina, trae hasta su sensibilidad lo más intenso y profundo, allí donde la lucidez alcanza el esplendor del desgarramiento. Su acción creadora va unida al espasmo como la angustia al símbolo, pero a diferencia del hombre angustiado cuya tensión no conduce a otra cosa que no sea la angustia misma, el artista del vértigo la expresa a través del acto creador y convierte la angustia en su elemento vital; no solo como fuente catártica de autoexpiación, sino como el alma y nervio de su naturaleza inventiva. Por ello, la angustia es consubstancial a su espíritu en la misma proporción en que la cuerda tendida lo es para el acróbata o saltimbanqui. Arrojado a sus temores, el artista del vértigo responde al llamado del abismo -que mira hacia adentro- no para sobrecogerse ante el horror de la existencia, sino para asignarle a la vida una dimensión radicalmente diferente, tanto más terrible cuanto más bella. No de otro modo estrecha vínculos con el arte.

                                                                

IV

Antoine Marie Joseph Artaud

Quizá por ello, en el universo de la creación -más que los espíritus equilibrados o apolíneos- quienes realmente cautivan y seducen son aquellos que no se redimen sino en relación a sus pesadillas y obsesiones, a sus arrebatos estéticos. Repárese en la alcurnia de Rimbaud y Jean Genet como en la estirpe de Artaud y el Marqués de Sade. Para el autor de “Las Iluminaciones”, el artista “es un ladrón de fuego”a quien resulta indispensable que “su alma se vuelva monstruosa como la existencia misma”. Postulado que encuentra eco en el influjo vital de Genet, el artista que opone la abyección a la gloria, el exilio al arraigo, la intrepidez a la conformidad. Paria, ex convicto, delincuente su vida como su obra representan un trancede episodios turbulentosdonde todas las formas de lo inicuo -en lugar de revelarse como estigmas de la decadencia- salen en su resguardo y componen el émbolo sensible de su actividad creadora: liturgia de poesía, erotismo y vileza y -a su vez- reflejo de su deambular por cárceles, mancebías y reformatorios. Lo mismo puede decirse en creadores como Sade y Artaud. El primero describe a placer la filosofía voluptuosa del cuerpo confinado en asilos y mazmorras, siempre deseoso por extraer la sustancia vital hasta de los estratos más oscuros de la condición humana. El segundo alcanza una inusual fuerza inventiva bajo los muros de un psiquiátrico.

V

Friedrich Wilhelm Nietzsche

Esta transmutación de la vivencia en signos, del hecho fáctico en acto estético prueba hasta qué punto un espíritu creador alcanza esasimbiosisprimordial, donde lo sórdido parte a fundirse con lo bello y lo desmesurado con lo sublime. En los términos de este contraste, el artista del vértigo encuentra su naturaleza expresiva. Pues todo cuanto eleva al espíritu a un grado excelso, todo lo que trae a fondo su esencia, no se halla en las atmósferas sublimadas de cielos rasos ni en el mundo preestablecido de los cánones estéticos, sino que arroja luz de esas regiones ambivalentes y conflictivas de la sensibilidad humana, allí donde la aflicción se alinea al placer como el sufrimiento al éxtasis y el ejercicio de la creación se coloca en la raíz misma de la existencia. A  este respecto, justo es reconocer lo que afirmaba Nietzsche: “Sin arte la vida es un error”. Pero habría que decir también que si ésta no poseyera ese aspecto desolado y tenebroso, el arte no sería más que un artificio.

 

VI

 

Por ello, aun cuando la existencia se halle envuelta en terribles contradicciones, sea en virtud de su absurdo acontecer, o por el influjo desgarrador que ella misma encierra dada su naturaleza trágica; no obstante para el artista del vértigo ello supone el objeto sustancial de su actividad creadora, el sustrato primigenio que lo hace espiritualmente invencible, pues en tanto trágica o absurda esla existencia, proporcionalmente su espíritu tórnase más lúcido e inventivo. Al igual que el palo balsa que se agita entre olas trepidantes de un mar enfurecido, sin embargo -arrojado a la superficie- permanece a flote, incólume, llevando el compás de las aguas turbulentas; así el artista del vértigo. El abismo que se abre al exterior y desciende en espiral hacia sí mismo, le permite percibir la vida en su compleja plenitud: con asombro, espanto y belleza. No solo puesta en perspectiva como un escenario para su solaz o delectación, sino bajo la forma de un risco cuya pendiente corre hacia adentro, se agita en la sangre, sacude sus entrañas; pues cuanto más escabroso sea el abismo mayor el grado de lucidez. Allí el artista del vértigo se reconoce, su voz adquiere el tono adecuado y alcanza a proyectarse. No porque aspire hallar un “sentido” a la existencia o “justificarla” a través de atavíos estéticos, sino por concebir la vida como una fluencia creadora que no fecunda sino desde el esplendor del abismo.

 

Juan Jacobo Melo Fierro. Escritor, crítico y ensayista ecuatoriano (Quito, 1973). Magíster en Literatura Hispanoamericana. Algunos de sus trabajos ensayísticos han sido publicadosen distintas revistas literarias tanto en Ecuador como en España, Chile, Argentina y México. Ha obtenido importantes reconocimientos a nivel internacional como el Premio de Ensayo “Limaclara” en la república de Argentina, Premio al Mérito Internacional, Ministerio de Cultura del Ecuador, Jurado Internacional “Ana María Agüero Melnyczuk”, Buenos Aires.- Argentina, Premio “Letras de Iberoamérica 2017”, Ciudad de México. Parte de su obra ha sido traducida a los idiomas inglés y francés.

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