Diez estaciones de primavera. Por Fàtima Beltran Curto

El vagón no iba lleno. Tal vez la recién estrenada primavera había incitado a gran parte de la población a desplazarse por su propio pie y aprovechar, así, la renovada caricia que el sol de finales de marzo le estaba brindando a las calles de la Ciudad Condal. Blas González era la excepción, tenía prisa para poder llegar puntual a casa y se había visto abocado a echar mano del fastidioso transporte público para lograrlo. Eulalia, su esposa desde hacía casi veinte años, lo estaba esperando.

El hombre, tras bajar por la robotizada escalinata de metal que desembocaban en la andana diestra de la estación de Lesseps, tuvo que esperar pocos segundos hasta poder cruzar la puerta mecánica del vagón que encabezaba el segundo convoy del Metro. Había varios asientos todavía disponibles y Blas González eligió ubicarse en el situado frente a una mujer unos diez años más joven que él, de encrespada melena castaña y sonrisa ancha y amable. El hombre, sabedor que todavía distaban doce paradas hasta que aquel gusano metálico atravesara las entrañas de la ciudad y fuese a plantarse en el que era su irremediable destino, quiso tomar aire y disfrutar del breve trayecto que le quedaba de libertad y sosiego. Su matrimonio hacía tres lustros y medio que ya duraba demasiado, pero las anclas de la costumbre y sus rutinas, aunadas éstas con las pocas agallas de las que siempre se había considerado titular, le habían terminado por encadenar a una vida previsible, anodina y más metódica que la circulación del propio vagón de Metro en el que viajaba.

Blas González se encontraba enfrascado en estas recriminatorias cavilaciones cuando topó por primera vez, en todas sus vidas, con los almendrados ojos de la pasajera que ocupaba el asiento dispuesto frente al suyo. Aquella mirada limpia, clara a pesar de su color avellanado, y tan franca que uno podía hallar en ella al propio reflejo, le cautivó al instante. Blas, un hombre tímido-si se quiere hasta apocado- no pudo resistir la magnética dulzura con la que aquella hermosa desconocida le estaba obsequiando mirándolo de frente, sin asomo de rubor alguno, y con tal ternura que sintió que iba a resquebrajar las capas de naftalina que le cubrían el adormilado corazón. 

Una pronunciada contracción de su aurícula izquierda le recordó que, a pesar de los años de aburrimiento y soledades compartidas, en su pecho todavía anidaba un músculo vivo y servible. 

¿Cuántos siglos haría que Eulalia no le miraba de aquella forma? ¿Cuántas vidas habían tenido que transcurrir hasta volver a sentir esa sensación adolescente de ser capaz de respirar hondo para lanzarse al vacío? De repente, todas las canciones que seguían habitando en su entumecida memoria romántica, habían vuelto a cargarse de sentido. La recién estrenada primavera estaba irrumpiendo en el primerizo otoño de sus días con más fuerza que un vendaval. 

Por una mirada, cargada de nitidez y transparencia, parecía que su mundo entero fuera a tambalearse. De repente, seguir al lado de su esposa era una pérdida de tiempo, y el qué dirán los demás, un coro griego mortuorio pasado de moda. Tenía que saber su nombre, tenía que ser capaz de dirigirse a esa desconocida mujer de rizada cabellera y trabar algún tipo de contacto con ella. Los ojos no mienten, y menos los emisarios de una mirada tan amorosamente líquida y cálida como aquella.

Blas estaba listo para saltar al precipicio y entablar comunicación verbal con aquella dama cuando esta sacó de su bolso un pequeño y alargado estuche amarillo, del que extrajo unas gafas para corregir la miopía y se las colocó. De pronto, la mirada más bella, cálida y expresiva de la que Blas González había sido testigo y objeto, se tornó tan humana como las del resto de pasajeros del vagón.

Blas González se sintió ridículo al comprender que lo que transpiraban aquellos ojos color avellana no era amor, sino una severa merma en la visión. Fue entonces que la mujer se puso en pie, el convoy se acercaba a su parada. Sonrió con cortesía a su compañero de viaje y este asintió avergonzado con la cabeza.

La primavera había durado, apenas, diez estaciones de Metro, pero por lo menos aquel año había hecho su acto de presencia.   

Fotografía cortesía de Planeta grupo editorial

Nacida en Tortosa en 1977, Fàtima Beltran Curto se formó como abogada en la Universitat Rovira i Virgili, especializándose más adelante en Derecho Concursal (Universitat Avat Oliba) y en Práctica Jurídica (Colegio de la Abogacía de Barcelona).

Beltran Curto se ha desempeñado como abogada en Barcelona, donde reside, además de trabajar en una multinacional de seguros y colaborar con algunas revistas digitales.En el mundo de las letras ya se había movido publicando algunos relatos breves y ganando con sus textos algunos premios literarios de poesía, pero fue en 2019 cuando dio el salto a la narrativa publicando su primera novela, Bienalados en una pequeña editorial independiente. Tras las buenas críticas cosechadas, publica en 2021 Canción bajo el agua con la editorial Espasa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *