Detonar otros modos de relación y generar explosiones afectivas dentro del patriarcado reproductivo opresor. La Sorora Dinamita. Por Yecid Calderón Rodelo

Introducción

Este texto es la formalización de una experiencia particular, situada y sujeto-corpo-localizada que parte de una manera singular de comprensión de las prácticas del performance y que aspira a superar su especificidad en la medida del encuentro mediante la escritura. A lo largo de una trayectoria de 10 años en la práctica del performance he propuesto y apostado una forma de realizar conocimientos que parten del cuerpo, la experiencia, se formalizan en la escritura y alcanzan un cierto grado de comunicabilidad que los convierte en posible vehículo de elementos que animen o inspiren otras experiencias o para convergir con laboratorios de otros sujetos-cuerpo situados en otras coordenadas geopolíticas y geográficas: retículas de convergencia epistémico-afectiva, y sobre todo, rebeldes frente a las prácticas de violencia cotidiana y normalizada en las relaciones cotidianas inmediatas y al interior de las instituciones.

La experiencia a la que aludo aquí es a la performance de la colectiva contingente La Sorora Dinamita, un proyecto de performance/lip sync en el que Pinina Flandes se junta con personas que hacen música para ensamblar una pieza fiestera, o al menos que implique la música y el baile. Mediante estas performance reformula el sentido de la sororidad como práctica más allá del binarismo sexo genérico. Para el laboratorio performático, Pinina Flandes ha sido importante cuestionar este binarismo tanto al interior de los movimientos feministas como fuera de ellos, esto es, en el ámbito de la vida común donde muchas mujeres pueden ser feministas sin saberlo o, simplemente, no ser feministas, reproduciendo un rol de género que atiende a la fórmula jerárquica que se origina con la diferencia de sexo y a partir de ella, con la construcción de un género separado de otro con claras fronteras, ventajas y privilegios de un grupo sobre el otro: en este caso el grupo de privilegios lo conforman los varones heterosexuales reproductivos sobre las mujeres heterosexuales reproductivas y otros cuerpos de mujeres y hombres no reproductivos.

1. Binarismo sexo genérico y gineceo:

En el binarismo sexo genérico encontramos una de las fracturas histórica que divide en dos el orden del mundo perceptual. Pero no tan sólo eso, sino que divide la especie humana en dos grupos, uno de los cuales queda suprimido de su humanidad y reducido a un campo de actividades que no dignifican su posibilidad como parte de la especie y que sólo tiene una función en aras de la reproducción. Desde el gineceo griego, el lugar a donde se recluía a la mujer en el hogar, pasando por el domus romano que era una copia griega, hasta las ideas modernas de la familia con su ángel del hogar o su ama de casa, el grupo distinguido a partir de su genitalidad como mujeres ha sido históricamente relegado a un lugar en el que su cuerpo es apresado, controlado y sometido a unos roles de género y a unas coreografías sociales de opresión y explotación en vista a la reproducción. Aunque este hecho se matiza por otros modos de separación social, también de corte binarista, como la raza (blanco/negro), la clase (rico/pobre), las prácticas sexuales (heterosexual/homosexual), entre otras.

Todo esto complejiza la reclusión de las mujeres en una serie de espacios, en actividades jerarquizadas y en relaciones con fines reproductivos. En ese cuadro abigarrado pero binarista siempre, las posibilidades de que las mujeres recuperen su dignidad como humanos, es decir, la liberación de las mujeres confinadas como matrices, han sido escasas, históricamente hablando, ya que la distinción sexogenérica (hombre/mujer), al estar relacionada con la reproducción, se presenta como natural y no como una construcción social. No obstante, no todas las mujeres en la historia han aceptado ese lugar preestablecido.

Hubo griegas que ocuparon lugares masculinos por su afortunado linaje o por contextos excepcionales en los que pudieron destacarse, así en filosofía, en literatura, en la administración de la polis etc; en Roma hubo casos menos afortunados. En la edad media hubo mujeres de excepcionalidad con circunstancia que rompieron los esquemas, pero, siempre fueron casos aislados.

En la modernidad las mujeres blancas y burguesas iniciaron el proceso de conciencia de este aprisionamiento del cuerpo femenino y han llevado la delantera de esa liberación hasta el presente, de tal modo que siguen siendo las lideresas del pensamiento y las prácticas feministas alrededor del planeta, pero siguen incurriendo, sobre todo en la práctica, en un binarismo que reduce los cuerpos a sólo dos grupos hombre/mujeres, y asume la opresión tan sólo en este binarismo reduciendo a una sola cara el abigarrado cuadro de opresiones (heterarquía o conjunto de relaciones jerárquicas, opresoras y violentas a partir de la raza, la clase, el género, las prácticas sexuales, etc., todas en conjunto) en el que también se sitúan, por vecindad y analogía, cuerpos de hombres. Las feministas blancas en la práctica han ocupado y ocupan los puestos que las instituciones han preparado en la configuración de políticas públicas para las mujeres, en una subrepticia alianza con el Estado opresor velador de la sexualidad en vista a la reproducción.

Estas prácticas feministas no resuelven la situación de confinamiento del cuerpo de las mujeres, por el contrario, se transforma en nuevas coreografías sociales de producción aliadas al Estado patriarcal reproductivo heterosexual y sus modos de opresión. Sus prácticas complican o dejan en igual estado la situación de las mujeres reales en las periferias, donde se vive la realidad de la exclusión, dado que impiden y posponen propuestas e intervenciones del Estado en áreas más localizadas y particulares, menos sujetas a la usual centralización de las políticas públicas del Estado moderno y sus instituciones. Esto perpetúa la ausencia de derechos para las masas de mujeres periferizadas al no transformar las instituciones y las prácticas entre las personas, evitando que exista un porvenir liberador para muchas y muchos en el campo real donde habitan los cuerpos en su inmediatez.

A las feministas blancas les siguen en orden de obtención de derechos las mujeres que han tenido acceso a la educación, entre las cuales se ubican las mujeres no sólo segregadas por el tema reproductivo, sino también, relegadas por su raza, su sexualidad y su tránsito de género etc. De cualquier modo, aún se encuentra lejos de esa posibilidad educativa, de conciencia diferencial y de exigencia de dignidad y derechos a las masas de mujeres en el campo, la provincia, la ruralidad y las periferias urbanas precarizadas, reducidas por la ideología patriarcal más rancia a los gineceos simbólicos o espectrales contemporáneos que existen en las casas, las veredas, las barriadas, la iglesia, los baños, las plazas públicas, de tal modo que el patriarcado reproductivo heterosexual en estos lugares es también reforzado y reproducido con venia de las mujeres. Este es el caso de América Latina en la actualidad.

2. Exclusión y ausencia de derechos en algunos cuerpos: el patriarcado reproductivo heterosexual

Más allá de la opresión a las mujeres el binarismo sexogenérico no solo regula y somete el cuerpo, la fuerza y la capacidad de reproducción de las mujeres, sino que, además, tiene un efecto sobre los cuerpos de hombres que se acercan a los roles femeninos como la suavidad, el trato tierno o que copulan entre ellos, es decir, afeminados, homosexuales disidentes; también las mujeres lesbianas disidentes que se salen del esquema reproductivo de las prácticas sexuales, o cualquier otro cuerpo que sale del coito reproductivo al que se reduce la sexualidad dentro del patriarcado reproductivo heterosexual. Esta sanción a quienes se salen de la conducta sexo-reproductiva es causada por el mismo factor de dominación por el cual se confina a la mujer a unos espacios, a unas actividades, a unas coreografías y se les resta dignidad y derechos.

En el patriarcado reproductivo heterosexual las mujeres son comprendidas como madres, es decir, meros cuerpos para gestar prole y dar productos a la máquina del Estado y sus intereses económicos. Las y los que se desvían de dicho marco reproductivo: maricones disidentes, lesbianas disidentes, putas, ninfómanas, promiscuos, onanistas, solteros, castos por elección, asexuales, en cuanto cuerpos que han faltado a la finalidad sexual reproductiva quedan relegados de algunos o todos los derechos como sanción a su falta reproductiva, a su desvío reproductivo.

A quienes hemos faltado al binarismo sexo genérico y traicionado la reproducción coital, heterosexual, patriarcal, se nos da un modo particular de trato en las jerarquías género binaristas. Un trato que nos excluye, nos ubica, como a las mujeres, a los pobres y a los negros (más aún si en un mismo cuerpo se llegan a combinar varias de estas identidades (homosexual, negro, pobre), dentro de una valoración infrahumana y nos resta dignidad y derechos en relación con los cuerpos que siguen la doctrina patriarcal reproductiva heterosexual, a los que podemos llamar, normales.

A esta ausencia de dignidad y de derechos en los cuerpos disientes a la reproducción, le podemos llamar opresión, violencia e injusticia; mientras que a los derechos que se les otorga a los cuerpos normales le podemos llamar privilegios, es decir, beneficios que siendo de todos se otorgan tan sólo a aquellos que logran coincidir con el binarismo sexogenérico y su modo reproductivo patriarcal heterosexual. Esto nos lleva a afirmar que en el Estado moderno patriarcal reproductivo heterosexual no hay derechos sino privilegios.

Desde esos lugares de ausencia de dignidad y de derechos, lugares de exclusión que implican un mayor esfuerzo para ser y para adquirir una vida digna, surge el asunto de la sororidad. La sororidad, tal y como la proponemos a partir de la cumbia y el baile, en la performance de La Sorora Dinamita, invita a pensar en alternativas de acción, en prácticas instituyentes gestadas, asumidas, promovidas y difundidas desde esos cuerpos que no cedemos a las permutas de derechos a cambio de unos cuantos privilegios; cuerpos que resistimos, mediante estrategias variopintas de autoafirmación, a esa descalificación humana asignada por el patriarcado reproductivo heterosexual.

Dentro de tales estrategias algunas se inscriben como negación a permutar o canjear por ciertos privilegios la ausencia de derechos que nos corresponden, al coste que ello implica que no es otro más que exclusión y desprecio sistemático, parapetado en las complicados modos de control, revisión y reforzamiento de la norma patriarcal reproductiva y heterosexual de las burocracias en las instituciones y de la descalificación o desprestigio en los nichos sociales más cotidianos como el vecindario, la barriada, el pueblo. Preferimos el estigma social a transar con ese sistema, acostumbrados como estamos a no tener privilegios, a diferencia de homosexuales, lesbianas y mujeres feministas que realizan alianzas con el patriarcado reproductivo heterosexual y capitalista mediante aveniencias como el matrimonio, la pareja monogámica de aspiraciones burguesas, o la procura de una vida de producción capitalista emprendedora, exitosa o empresarial.

Igualmente nos negamos al acceso de privilegios mediante el activismo que se usa para ubicar algunos pocos hombres y mujeres en las burocracias de las cuotas partidistas, esto es, en los cargos públicos de las oficinas LGBTTTI y oficinas feministas en orden a políticas públicas para la mujer, sea en la administración pública o en la universidad pública, donde se encuentran centros de estudios de género y supuestos activismos de crítica feminista (crítica conformista con las estructuras instituidas de opresión) cuyos programas apenas llegan a ser pañitos de agua tibia, temporales, insuficientes, sectarios, excluyentes, breves y de superficie en relación a los derechos de las mujeres y de los cuerpos diferenciados por su distancia de la norma reproductiva. Soluciones de caricatura en relación a la ausencia real y efectiva de derechos fundamentales de las personas y del trato poco digno que se da para nosotros y nosotras. Nosotras y nosotros, los sexual disidentes o reproductivo-disidentes que emprendemos esta acción performática radical no cedemos nuestras pocas prácticas de la libertad, a despecho de nuestros derechos y el rechazo colectivo, para simpatizar con la rubra reproductiva patriarcal heterosexual, así como mantenemos la resistencia ante la perpetuación de la opresión para las mayorías.

3. La sororidad como modo de reconfiguración de las relaciones entre las personas:

La sororidad la presentamos como una práctica de relación instituyente de aquellos y aquellas que reconocemos que el Estado y sus instituciones, así como los modos de producción de relaciones entre los ciudadanos, o sea, entre las personas, en los nichos instituidos de corte patriarcal reproductivo heterosexual, son el problema profundo, ya que se basa todo ello en la explotación, la expoliación, la subordinación, la violencia, el maltrato, el usufructo o robo del trabajo ajeno, el extractivismo, el saqueo, la estigmatización, el desprecio, el plagio, el abuso de los recursos del Estado y del planeta en general, etc; problemas profundos y estructurales inherentes a la propia formulación que ha constituido al Estado moderno como tal.

Ahora bien, somos conscientes de que el Estado somos las personas, no los inmuebles o muebles con los que se yergue imponente, en el ejercicio del poder como dominación, mediante sus instituciones en oficinas. El Estado somos las personas y las relaciones que propiciamos entre nosotros, según un modo de comprensión de la producción con el que las articulamos: el Estado moderno es explotativo por su comprensión de la producción capitalista extrema y desconsiderada, egoísta e individualista, liberal y desafectada y en esa producción las relaciones entre las personas son fetichizadas, convertidas en trato y amistad como mercancía o recurso a extraer o explotar.

Hoy reconocemos que en la transformación de los modos de relación generada a partir del análisis de la colonialidad y capitalización o fetichización de los afectos y las relaciones podemos encontrar pautas que orienten cambios estructurales en las situaciones de opresión, ausencia de dignidad y de derechos. Hoy en día, reconocemos que por convertir en mercancía los modos de vida, las formas de relación, por la valía comercial y capitalista de los vínculos afectivos o de intereses en orden a ello, así como de obedecer a dinámicas que empobrecen a muchos mientras enriquecen a pocos, o que someten a unos a la voluntad de otros a fuer de subyugación y subordinación, hemos incurrido en formas muy violentas de trato cotidiano que por normalizado se hace imperceptible.

Hoy sabemos que el deseo, el afecto, el inconsciente, el gusto, el placer, los sentidos, el amor y el coito han sido reducidos a formas expresamente convenientes a ese modelo patriarcal reproductivo heterosexual de opresión y subordinación que provoca en el gusto, el placer, los sentidos, el amor y el coito, violencias flagrantes y opresiones sistemáticas. Hoy sabemos que, en general, se trata de relaciones sostenidas sobre formas capitalistas, extractivistas, explotadoras y egoístas del trato que, por regularizadas o normalizadas, por cotidianas, son imperceptibles en su nocividad y violentas. Hoy sabemos de la eficacia opresora e imperceptible de nuestras relaciones afectivas, fraternas y de amistad. Y ahora que somos conscientes de la complejidad heterárquica que las genera y las fomenta, trabajando como rémora vinculada a ellas, podemos decidir que ha llegado el tiempo de transformarlas.

4. Sororidad orgánica y responsabilidad ante sí mismo, el performance como práctica de sí:

Por ello, proponemos la sororidad mediante la performance como experimento para reconfigurar la idea de relación en la amistad y el afecto, más allá de la idea romántica del buen trato mutual y la camaradería homogénea y quieta, sin enjundia viva; se trata de una relación orgánica y auténticamente relacional que anula la comunidad, abstracta, generalizadora, estática, fosilizada e inexistente (sifón por donde se nos va toda realidad de relaciones posibles al mero doble discurso, a la formalidad sin materia, sin cuerpo, que dice pero no realiza) y reemplazarla por retículas afectivas, abiertas, sin bordes, ni límites, físicas e intermediales; relación orgánica en retículas no totalizadas, contingentes, difíciles, amables a pesar de ello, y amorosas en un sentido de cuidado de sí y de los otros, sujetas a los cambios propios de las relaciones entre personas que se conciben desde una conciencia diferencial, para crear redes y movimientos de conciencia diferencial de subsuelo y no de superficie.

Desde allí generar sismos de conciencia diferencial coalicionada, es decir, todos los oprimidos por diversos factores, unidos en el reconocimiento del opresor común que no es una entidad, o un grupo de personas, o alguien en concreto, sino las configuraciones relacionales, los modos de producción de relaciones, para que, juntos pero no revueltos, provoquemos tremores que deformen lo instituido, violento y opresor, dando pie a prácticas emancipatorias a partir de sujetos-cuerpos moralmente vigorosos, audaces en su autoafirmación. Sujetos-cuerpos que no son los propuestos por algunos feminismos o movimientos de conciencia diferencial incapaces de hacer coalición o traducción de las opresiones, esto es, inhábiles para construir un hegemón político de todas las reivindicaciones posibles sumando desde lo que los vincula a pesar de las diferencias. Sujeto-cuerpos que no son buenos, ni malos, sino peores, por ser, ante todo, responsables, situadamente, localizadamente, de sí mismos ante sí mismos, y por lo tanto, responsables de sí ante los y las demás que le son inmediatos.

En este caso los sujetos-cuerpos se ubican en un lugar mucho peor que el del bien y el mal: están en el desplazamiento subjetivo y corporal (nómade) de la permanente autocrítica y de la crítica entendida como rebeldía ante las agencias cotidianas del maltrato, lo cual puede resultar algo peor para la empresa capitalista que mercantiliza el afecto dado que esta rebeldía deconstruiría esas prácticas opresoras propias de esa fetichización. Deseo, intuición y acción de un proyecto radical, si se quiere indicar; por ello decimos peor. Las personas buenas suelen ser no muy buenas personas, en cambio, las personas que nos suelen indicar como no recomendables en ocasiones resultan más interesantes por el impacto sobre el ejercicio crítico de sí mismo.

Desde La Sorora Dinamita se propone un lugar extramoral y extrainstitucional, es decir, de subsuelo, mediante la performance de la sororidad. Un lugar peor porque amamos abierta orgánica y promiscuamente. Más que un lugar una serie de lugares relacionados (y es en la relación donde está la vida) en los que no posponemos, bajo ningún pretexto, la autocrítica, ya que esta es pivote de la transformación a ejecutarse sobre el maltrato normalizado interiorizado y encarnado. Maltrato tan internalizado que suele darse incluso en aparentes actos de cuidado de la amistad fraterna. Desde la autocrítica nos permitimos la falibilidad, el perdón y el permanente trabajo sobre sí mismo, tomando la sororidad de las hermanas oprimidas, compartida y ampliada a los cuerpos que, como ellas, hemos sido víctimas del patriarcado reproductivo heterosexual en cuanto a la mengua de nuestra dignidad respecto de los demás, así como a la ausencia de derechos de la que somos objeto.

Renunciamos a la doble moral de un sujeto-cuerpo que dice libertad pero que no cavila sobre sí, ni performa o realiza sus convicciones expresadas en la palabra, para poder mantenerse en lo instituido conforme a su conveniencia, sin generar prácticas de su libertad. La performance la consideramos como una práctica de libertad del sujeto en cuanto cuerpo mismo, dado que vincula creencia y acción, palabra y movimiento, idea libertaria y prácticas de la liberación, un sujeto que es cuerpo al mismo tiempo.

Este vínculo entre pensamiento, palabra y acción (performance), sujeto y cuerpo, la ejecutamos en la microfísica del poder; es decir, en lo pequeño, en lo más normal de lo cotidiano, lo cual no es un jardín de rosas y afectos sin tensión, como bien lo quiere el patriarcado doble moralista que en el fondo violenta pasivo-agresivamente mediante las heterarquías de subordinación que le son inherentes. Aquí la sororidad es una permanente búsqueda en la diferencia, activando puentes, desactivando vínculos aparentes, potenciando redes, y permitiendo también que todo esos puentes, que esas redes, se desgasten y se renueven si así ha de ser. La contingencia la asumimos también en el amor, en la relación y en el reconocimiento del agotamiento afectivo y de su posible renovación o no.

La performance de sororidad cotidiana, inserta en el seno de nuestras acciones, es lo que pone sobre la mesa de la violencia instituida La Sorora Dinamita, junto al compromiso de transformación como dinámica cotidiana en una práctica instituyente que asume el permanente yerro, la contradicción; así como el acierto de la construcción de redes de militancia epistémica, afectiva; redes de trabajo performático y otros modos de relación que vinculan lo poético con lo deliberativo, lo político con lo epistémico, y lo epistémico con lo estético. Construcción de redes siempre en sentido contingente y orgánicas, expuestas a su decaimiento y su fin, o su resurrección mediante nuevas reconfiguraciones.

Reitero: todo esto apuntando a la transformación de las opresiones generadas en el trato entre personas en la superficie de lo normal, patriarcal, reproductivo y heterosexual; maltratos propios de lugares en donde, incluso, feministas y elegeberos, artistas y artivistas, se reparten motines, plazas, cuotas, rubros, elevan muros, visados, controles y fronteras con el mismo sentimiento de poder propio de ese patriarcado reproductivo heterosexual, así como infundiendo miedo, reclamando gloria, del mismo modo en que se actúa y se oprime en las configuraciones sociales que en lo formal (el discurso) critican.

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