Bruno Montané y la poesía del futuro. Por Jorge Morales

En junio de 2018, la Editorial Candaya hizo justicia a este poeta, publicando El futuro -Poesía reunida, libro que por primera vez reúne en un solo volumen, la mayor parte de su poesía compuesta entre 1979 y 2016. Con un breve pero elocuente e iluminador prólogo de Ignacio Echevarría, esta edición incluye El maletín de StevensonEl cielo de los topos y Mapas de bolsillo, libros que ya habían sido publicados en Madrid, México y Chile, así como un poderoso libro inédito que da título al conjunto.

“El poeta es el cartógrafo de los deseos que cuelgan al borde del abismo”

Bruno Montané

Ciudad de México, 28 de julio (MaremotoM).- La andadura poética de Bruno Montané empezó muy temprano en su juventud y ha sido intensa y rica, como su propia vida. Ha vivido entre cuatro países: Chile, México, España y Alemania. Acumula publicaciones, prosas y poemas de altos vuelos, fragmentos de los cuales, han sido traducidos al catalán, alemán e inglés.

También ha sido músico, saxofonista y ha tocado 10 años en la Raval’s Band, banda de metales del barrio del Raval, en Barcelona. Además, lleva cuarenta años vinculado al mundo del libro, trabajando como corrector para las principales editoriales en lengua castellana y desde 2012, como fundador y editor, junto a Ana María Chagra, de las Ediciones Sin Fin, proyecto de difusión poética nacido en Barcelona, en el cual resuenan las voces de grandes poetas de la literatura latinoamericana, como Mario Santiago, Jorge Pimentel, Jorge Teillier, Carmen Ollé y Darío Galicia, entre otros.

Pero esto no es todo: Ha sido partícipe de movimientos poéticos que hoy son leyenda, mitificados por la inmortal novela-río Los detectives salvajes, donde Roberto Bolaño se inspira en Bruno Felipe Montané Krebs, nacido en Valparaíso en 1957, para dar vida a uno de los personajes centrales, bajo el nombre de Felipe Müller.

Durante muchos años, el acceso a su obra poética no ha sido fácil, pues se hallaba desperdigada en países y tiempos distintos. Por fin, en junio de 2018, la Editorial Candaya ha hecho justicia a este poeta, publicando El futuro -Poesía reunida, libro que por primera vez reúne en un solo volumen, la mayor parte de su poesía compuesta entre 1979 y 2016. Con un breve pero elocuente e iluminador prólogo de Ignacio Echevarría, esta edición incluye El maletín de StevensonEl cielo de los topos y Mapas de bolsillo, libros que ya habían sido publicados en Madrid, México y Chile, así como un poderoso libro inédito que da título al conjunto.

Gracias a esta publicación, solo nos queda por conocer los poemas de Hissarlik (Ediciones Le prosa, 1985), Helicón (edición de autor, 1987), los poemas de juventud desperdigados en antologías y en numerosas revistas, algunas de ellas emblemáticas, como LitoralCorrespondencia InfrarrealistaHora ZeroLa zorra vuelve al gallinero y Trilce, entre otras. Y, sobre todo, los Fragmentos de un pequeño diccionario, obra voluminosa y misteriosa que el autor viene trabajando desde hace años, que aún no da por acabada y de la que solo se han conocido algunas brillantes muestras, como la incluida en el número 6-7 de la revista El llop ferotge y en la antología traducida al catalán Setanta-set poemes. 

Por ello, la presente edición de El futuro, con una distribución que llega desde España a Latinoamérica, sitúa por fin la obra de este poeta, en el lugar que le corresponde, en el de la centralidad de una voz que pertenece a toda Hispanoamérica.

La poesía de Bruno Montané sorprenderá al lector avezado, tanto por su absoluta originalidad, como por su recatada belleza. El lector novel, podrá disfrutar sin prejuicios de una poesía que interpela la consciencia y logra arañar la más íntima piel de nuestra sensibilidad. Leer la poesía de Bruno Montané es como salir a navegar en alta mar sin anclas ni timón. No hay referencias ni coordenadas a las cuales asirse en caso de necesidad. No hay nombres propios, ni fechas señaladas, ni acontecimientos históricos detrás de los cuales agazaparse. La voz poética fluye desnuda, y desnuda, a su vez, al lector. Tampoco nos sirve de nada gritar, ni alzar la voz, pues, como reza el título de uno de los poemas iniciales, esta poesía está hecha “para leer en voz baja”, ya que, “como sabemos, el poema no se redacta, / el poema solo quiere aprender a respirar”, tal como se reafirmará en uno de los poemas finales el hablante lírico.

De este modo, la ausencia de puntos de referencia históricos, políticos o culturales, en la poesía de Bruno Montané, compuesta durante cuarenta años de oficio silencioso e ininterrumpido, obliga al lector a trascender la superficie y a sumergirse en ella, en busca de las llaves que le permitan entrar a su universo peculiar. En este texto, nos proponemos explorar tres ideas centrales cuya presencia es constante en esta obra lírica, como son, la precocidad, la presencia de una visión colectiva y la serenidad, elementos claves que pueblan esta poética y que nos ayudarán a mirar el mundo con los ojos de Montané.

Los tiempos del hombre y los tiempos del poema, no son los mismos, corren a veces como líneas discontinuas. En el caso de Bruno Montané, creemos que su poesía recién comienza a caminar y auguramos que ejercerá una influencia saludable y fructífera para los lectores y escritores del futuro.

II LA PRECOCIDAD

Al leer sus primeros poemas, aquellos que componen El maletín de Stevenson, obra que tejió durante los años de su adolescencia y primera juventud y que acabó en 1981, es decir, con 23 años, lo primero que llama la atención, es la precocidad, la originalidad y la inquietante madurez de su voz poética. Estas cualidades se expresan en versos que indagan el mundo y que buscan revelar los complejos significados de la realidad, que danza ante los ojos del poeta, deslumbrante como Shiva y a la vez, fría e imperecedera como una estatua de mármol. Su tono es, además, sereno e imperturbable, parco, conciso y estoico. Cualquiera diría que el autor de estos versos fuera un anciano que ha vivido y conocido tanto las alegrías y las euforias, como los sinsabores y los dolores de la vida y que, alejado de los ruedos del mundo, se sienta a escribir versos profundos, llenos de sabiduría.

Y es, precisamente, en esa moderación y ecuanimidad, en esa humilde pero tenaz contemplación y cuestionamiento del mundo, donde se nos revela un hablante lírico profundo, situado más allá de las contingencias, banalidades y pequeñeces del destino humano, dotado de un carácter sensible y lúcido. Repito: no es lo habitual en un poeta de 23 años, donde suele brillar el ardor juvenil, el deseo, la ambición, la pasión, la sed de aventura y donde encontramos los primeros pasos del desarrollo de una individualidad y construcción personal.

Para entender esta precocidad, debemos recurrir a la historia. Bruno Montané Krebs forma parte de una generación de jóvenes chilenos que se vieron obligados a madurar de manera abrupta, como consecuencia de la violencia y el horror desatados por el Golpe de Estado de 1973, encabezado por el general Augusto Pinochet. Bruno Montané tenía 16 años. El golpe significó un traspié muy importante en su vida.

Bruno Montané Krebs, fotografía: Hilla Schürholz

Su padre, Julio Montané Martí, trabajaba como responsable del departamento de arqueología del Museo de Historia Natural de Santiago y, su madre, Helga Krebs, era una destacada pintora. Sin militar en ningún partido, ambos apoyaban el gobierno presidido por Salvador Allende. Incluso, Helga Krebs había diseñado afiches propagandísticos para la Unidad Popular y participado en el Centro A, un colectivo de pintoras que, entre otras acciones, pintaba los estrados de las manifestaciones multitudinarias que apoyaban al gobierno de Allende. Tanto Bruno como su hermano Álvaro, dos años mayor, se preparaban para iniciar estudios universitarios, pero solo se encontraron con el terror, el exilio y la incertidumbre. Marcharon a México, en donde participaron de la resistencia cultural, siendo en el hogar mexicano de la familia Montané Krebs en donde tuvo lugar la sesión fundacional del movimiento Infrarrealista, inmortalizado e idealizado por Roberto Bolaño en su legendaria novela-río de 1998, Los detectives salvajes. La experiencia del dolor, de la derrota de los sueños colectivos, del carácter trágico del mundo, de las vicisitudes de la resistencia, esos fueron los conocimientos fundamentales que acumulaba Montané a los 18 años y con ellos se forjó su carácter y su voz poética. 

Pero la aventura no había hecho más que comenzar: Tres años después y ya sin sus padres, que se quedan en México, Bruno Montané se instala en Barcelona. Corría el año de 1976 y si bien la situación política y cultural era de absoluta efervescencia, no lo era en el aspecto económico y social. En España, el dictador Francisco Franco acaba recién de morir hacía menos de un año, faltaba mucho para consolidar la Transición a la democracia y para entrar a la Unión Europea, que iba a traer un mejoramiento notable de la situación económica de este país mediterráneo.

Tal como explica Roberto Bolaño en un pasaje de Los detectives salvajes, si tanto Arturo Belano como el citado Felipe Müller, abandonaron el movimiento Real-visceralista (pantalla en la novela del Infrarrealismo), no fue por motivos ideológicos, sino por la necesidad imperiosa de ponerse a trabajar para ganarse la vida: “Creo que fue en aquel verano cuando ambos, de común acuerdo, nos separamos del realismo visceral. Publicamos una revista con muy pocos medios y casi nula distribución y escribimos una carta en donde nos dimos de baja del realismo visceral. No abjurábamos de nada, no echábamos pestes sobre nuestros compañeros en México, simplemente decíamos que ya no formábamos parte del grupo. En realidad, estábamos muy ocupados trabajando e intentando sobrevivir”.

Así se inscribe, entonces, la precocidad en la poesía de Bruno Montané: en la consciencia de la fragilidad de los sueños colectivos, representada en la derrota sangrienta del proyecto de la Vía chilena al socialismo y en la obligación de trabajar para subsistir, como cualquier otro joven que forma parte del grupo de los “vencidos”, no de los vencedores, que ve cerradas las puertas de la universidad y de un futuro profesional, no por falta de talento o de capacidad, sino únicamente por motivos económicos, ya que, él y sus padres, se convirtieron, de la noche a la mañana, en inmigrantes que debían huir de la represión política de una feroz dictadura tercermundista.

Y así lo expresa, de manera constante a través de su obra, en versos contundentes: “Solo somos poetas de la economía (…) la infame economía”. Y agrega: “El poema creado por la vida y negado por la economía”. O esta constatación en el poema “Las becas de la muerte”, incluido en El futuro: “Tu economía es un borrón / en los papeles de los banqueros”La fragilidad de la condición económica, se ve traspasada en un sentimiento de precariedad vital que hace sentirse al poeta, a veces, “como un pájaro desplumado”. Esta sensación animal, derivada de la angustia de la sobrevivencia en trabajos inestables, se refleja también en el poema que da título a su libro El cielo de los topos: “Este es el cielo de los topos. / Aquí sus sonrisas han dejado huellas/ sobre el polvo de los pasillos (…) En la piel de los topos, / en los ojos de los topos donde este cielo/ no es más que largas horas / de sueño y trabajo”.

Largas horas de sueño y trabajo, que llevan al poeta a exclamar: “Sé que los trabajos son breves / y a veces humillantes, ejercicios leves, / y, sin embargo, casi infinitos. / Oportunos signos de nuestra / lenta desaparición”.   

De este modo, la proverbial precocidad de Bruno Montané está vinculada con estas experiencias de vida determinantes que, sin embargo, se expresan en su poesía con una contención y una belleza admirables. No hay ningún asomo de queja, solo constatación. No hay una sola mención a la contingencia política o social, ni un solo nombre propio que desvíe la atención o personalice las experiencias narradas en el poema, ni un solo verso panfletario. No hay un solo elemento que pueda vincular su poesía, ni en el fondo ni en la forma, ni con las Vanguardias al uso, ni con la autodenominada “poesía comprometida”. Absoluta originalidad. Completa independencia. La suya es una voz propia que expresa la complejidad de la experiencia vital, a través de -como apuntara Roberto Bolaño- “pinceladas suspendidas en el aire”, “de sangre suspendida en el aire”.

III LA VISIÓN COLECTIVA

Otra característica constitutiva de la poesía de Bruno Montané, es que podemos encontrar en ella, de manera constante, la expresión de una visión colectiva. Muy a menudo, el hablante lírico renuncia a la primera persona del singular, para diluirse en la primera persona del plural: el habitual yo de los poetas, es substituido por un permanente nosotros, generoso, activo y tierno.

Todas sus vivencias, indagaciones, experiencias, tristezas, esperanzas y alegrías, forman parte, en su lírica, de un proceso colectivo y abierto, de una épica compartida, de una aventura incesante en la cual se hace partícipe a un lector que, muchas veces, se verá reflejado en el espejo de estos versos y se sentirá representado por la simpleza, la fragilidad y la ternura, profundamente humana, de una voz poética que no esconde sus flaquezas y temores detrás de ninguna pirotecnia verbal y que tampoco se guarda la exposición fría y contundente de sus certezas y hallazgos, por muy duros o perturbadores que éstos sean.

Para Bruno Montané, la poesía no podría entenderse de otro modo, ya que las personas compartimos origen, vida y circunstancias. Es lo que leemos, por ejemplo, en poemas como “Mapa 4”: “Caminamos juntos durante unos segundos / y comprobamos que nos cubre / la misma sombra, el error que repetimos / en la caída, el mismo sueño.” Y en “Poco”: “el poema recuerda que el silencio / de un fuego lejano / crepita en nuestra imaginación.” O en “Una nueva ingenuidad”: “En contra de lo que a veces creemos, / es la ingenuidad la que nos conecta / y hace abrazar la realidad.”

Ahora bien, podemos preguntarnos: ¿Con qué ideas o proyectos se vincula esta visión colectiva? ¿O la colectividad no será solo un refugio para un individuo incapaz de remar en las aguas turbulentas y convulsas de la impersonal y violenta sociedad neoliberal del presente histórico? Hay muchas pistas en esta poesía que nos permiten aventurar respuestas. En la misma citación del poema “Mapa 4” (que no en vano, con ese título, nos sugiere puntos de orientación), nos encontramos con la idea cristiana de la caída, la pérdida del Edén. Las continuas referencias también, a la ingenuidad, a lo naïf, entendido como un valor humano, como una señal de pureza de espíritu, ya que permite al hombre creer en un destino colectivo mejor, nos refuerza esta idea, pero, a la vez, nos aleja de la ortodoxia cristiana, para llevarnos directamente a las utopías de los siglos XIX y XX, a cuya derrota asistió el poeta en su juventud. Por ello, quizás, en el poema “Cima”, el hablante lírico menciona no sin nostalgia “aquellos lugares / a los que nunca llegaremos”.

Esta presencia de la Utopía –aquel lugar al que nunca llegaremos, pero al que no podemos renunciar a dirigir nuestros pasos– se encuentra claramente perfilada en estos poemas reunidos. Podemos citar, por ejemplo, poemas como “Todo es utopía”, en donde el poeta, cansado ante la contemplación de un presente social yermo, recurre a la vieja imagen de las semillas que, algún día, fructificarán, como señal de esperanza en el futuro: “mi mente repite la imagen / de las semillas que esperan / bajo las piedras, / entre el peso y la humedad, / el movimiento que las libere. / Bajo esta luz, a veces sostenida / por la idea de un utópico silencio, / los sentidos susurran / lo que pronto verás llegar”.

Notemos este último verso: “lo que pronto verás llegar”. ¿Quién es la persona que pronto verá llegar esa fructificación? ¿A quién se dirige el hablante lírico en este poema? Quizás a sí mismo, a los lectores desconocidos, o más probablemente, a la humanidad, que es la destinataria natural de los versos del poeta. En cualquier caso, el poema nos transmite la certeza de que hay semillas que fructificarán y que “alguien” lo verá. Es una visión de esperanza. Lo mismo sucede con “Utopía para los puentes”: “Para el continuo corazón de las visiones / continuaremos siendo ingenuos. / En los edificios persistirán / las señales del amor / iguales a banderas desconocidas / en los sueños de un exiliado”.

Ingenuidad, persistencia, amor, nutren los sueños y las visiones del poeta, que no necesita recurrir a ningún tipo de contingencia para dotar su poesía de un sentido colectivo profundo, humano y lleno de esperanza. Como leemos en Ossa sacra, poema en el cual las huellas de la derrota social asumen la forma de “huesos quemados”, pero que desde las cenizas y de la muerte, vuelven a brillar: “Aquí lucen nuestros huesos quemados / que alguien rescató de la chatarra. / (…) Aquí puedes contemplar cómo hemos muerto / al señalar el vacío en el corazón del sol. / Aquí tienes nuestros huesos / que, abandonados a la lluvia, / volverán a brillar en los caminos”.

La visión colectiva en la poesía de Bruno Montané, adquiere, entonces, dimensiones claramente políticas, anclándose en la esperanza, en la persistencia de la búsqueda o la espera de hacer realidad las utopías negadas –en el caso de Chile, por la violencia militar–. Por ello, en un poema como “Escrito 11”, el poeta reflexiona sobre el uso de esta primera persona, sobre el yo, oscuro símbolo del individualismo liberal rechazado por el poeta, y su conclusión apunta hacia la necesidad de la evolución de ese yo, hasta llegar al desarrollo progresivo del nosotros, y lo dice con estas sutiles palabras: “Buscamos la precisión de la voz / en primera persona (…) Luchamos por levantar y empujar esa voz”, nos dice el poeta, sin entender que, para hallar un sentido mayor, hay que hacer todo lo contrario: “Ya no entendemos la fácil virtud de lo opuesto, / buscamos que la primera persona / se desentienda de su sueño / y asuma las flores, la soledad, / los pasajes y la vida / bajo los techos de la Bestia”.

Esta visión colectiva, así, abre paso a otra de sus características constitutivas, la proverbial serenidad de su tono.

IV LA SERENIDAD

Es una cualidad que salta a la vista en esta poesía. Serenidad, contención, moderación, que en ningún caso debería confundirse con falta de convicción, de pasión o de fortaleza: “Frágil gesto que es imposible / reconocer como debilidad”, se puede leer en “Mapa 2”.

Esta serenidad se expresa tanto en el tono como en las imágenes utilizadas y se reafirma de principio a fin, desde los primeros poemas de juventud, hasta los últimos poemas de El futuro. Recordándonos, así, a la metáfora ideal del río que fluye armónico e imperturbable, durante siglos y siglos. La serenidad de su poesía, que jamás precisa de signos de exclamación, constituye otro de los elementos que lo separa y distancia de las poéticas al uso durante los años 70, 80 e incluso los 90, tales como la poesía comprometida o la poesía de la experiencia. Recordemos que estas modas poéticas asumieron tonos y formas más o menos viscerales, radicales o coloquiales y siempre dedicaron los esfuerzos y el quehacer literario de sus autores, a la expresión de los sentimientos y las opiniones suscitadas por la coyuntura o la mal llamada “Realidad”.

En el caso de Montané, que jamás se plegó a las exigencias o a los requerimientos de ninguna estética, el poema se niega a ser el vehículo de expresión de ninguna sensibilidad. Tal como se sostiene en “Máquina Uno”: “El verso respira y el poema es la máquina / que elegimos para pensar el mundo. / Maquinar el vacío / y la contemplación de lo que vive, / pensar los gestos (…) Pensamos y pensamos, soñar es pura luz en el profundo barro de los espejos”.

Por ello su tono es siempre sereno, porque el poema respira, está vivo y a través del verso el poeta contempla el mundo, reflexiona y piensa y este pensamiento se convierte en pura luz. Luego, el poema expresa en palabras, la luz creada en la realización de este ejercicio. Como lector, tengo la seguridad de que algo se ilumina en el interior de quien lee esta poesía.

Pero hay más: El tono sereno y tranquilo de esta poesía, no solo nace de su naturaleza reflexiva, sino también de una constatación: el carácter prescindible de todo sujeto y de toda actividad. Bruno Montané tiene claro que no somos el centro del universo, que no somos tan importantes como nos hemos creído a lo largo de la historia. Hoy, que emerge una nueva consciencia ecologista, el lugar del hombre en el mundo se desplaza más desde el centro a la periferia, invitándole a reducir su impacto en el escenario de esta tierra, a ser más humilde, porque, definitivamente, no somos imprescindibles. Así lo expresa el poema “Un año”: “Poco es imprescindible / para las raras leyes del poema / para sus leves movimientos de baile”.

Nos atreveríamos a agregar que, mientras más leves sean estos movimientos, mejor. A mayor levedad, mayor fluidez para el poema, que simboliza aquí el devenir de la vida. Esto lo observa también Ignacio Echevarría en su prólogo, asegurando que esta “humildad característica” del poeta, no es “en absoluto impostada”.

No hay miedo ni zozobra en esta constatación de nuestro carácter leve y transitorio. El poeta otorga alto valor a cada momento de la existencia, a cada día y a cada noche y su serenidad se resguarda en el ejercicio de la paciencia y en el arte de persistir, como los juncos que se tuercen ante el viento, pero no se doblegan. No son vencidos. Algo los sostiene y los seguirá sosteniendo, aunque ellos no lo entiendan: “No debemos probar la pureza de nuestros sueños. / En algún lugar espera aquello que no entendemos / y que, sin embargo, no deja de sostenernos”.

Somos absolutamente prescindibles, pues somos finitos, aunque llevados por ideologías cegadas por las falsas promesas de un dudoso progreso material, todavía vivamos como si fuéramos inmortales. Así dice el poema “Sin nosotros”: “Nada nos recordará con la precisa actitud / y amor con que nos mirábamos. / Seremos olvidados o tan solo abanicados / por el brillo de la hoja que cae de un árbol. / Nadie sabrá cómo nos atrevimos a desear / cambiar aquello que más nos hería. / Los años son como hace mil años / y aun vivimos como si no lo supiéramos…”.

Llegados a este punto, el lector ya puede sentir el vértigo inesperado que provoca esta poesía. Es natural, eso es lo que tienen las alturas. En última instancia, la poesía de Bruno Montané nos enseña a vivir de acuerdo con un destino superior, de seres humanos y no esclavos o bestias. Gracias a la poesía de Bruno Montané, nuestra condición humana, prescindible, finita, tantas veces rebajada o degradada por culpa de “la infame economía”, tiene una oportunidad de oro para elevarse por encima del asfixiante guión de lo preestablecido, y recordar junto al poeta, que no hay “Nada más bello que nuestras / sombras contrapuestas. / Somos un epigrama de luz y sombra / sobre la curva página del planeta”.

Jorge Morales

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