ASESINOS DE PALOMAS. EXPOSICIÓN DE ANTONIO ASENSI. TRENTATRES CAFÉ

Asesinos de Palomas. Exposición de Antonio Asensi. Por Aldo Alcota

Ximo Rochera me ha enviado desde Valencia y por e-mail unas imágenes de la exposición Asesinos de palomas, de Antonio Asensi. Son pinturas. Al verlas por un largo rato, intuyo una elaboración de cadencia salvaje. Las miro una y otra vez. Brota un fauvismo con espesor pop. Allí se gestan diversos escenarios, para que la pincelada casi matissiana haga presencia junto a su aderezo rebelde y su revoloteo queer. Asensi siembra con oficio una espontánea iconografía en cada páramo blanco.

El discurso histórico y artístico peninsular del deseo aproxima a Asensi con Nazario, Ocaña o Costus (el expresionismo tornasolado y animado de aquella vivencia mexicana de esta dupla de pintores y por supuesto, el chochonismo ilustrado del período madrileño). Y más allá de los Pirineos, se me viene a la mente Copi, narrador y dibujante argentino que residió en París, de cuya escritura se refería Patricio Pron como un “…cuestionamiento de la representabilidad del mundo y el borramiento de los límites entre el mundo real y el mundo narrado, pero también por la ironía, el esteticismo, la teatralidad, lo camp y la exageración humorística”, ingredientes que también vibran en la visión artística de Asensi (aquí me viene al asalto su revista Insidia Today). Cada cuadro es una obra teatral. Sus personajes o esa “machidad bujarra” como la llama el creador valenciano, pueblan paisajes y espacios intimistas, habitaciones y cocinas. Adquiere protagonismo la invención mordaz en la naturaleza drag queen, reivindicación transformista donde se entrelaza el maquillaje, la barba y el ademán cinematográfico. Es la festividad mediterránea, con Dionisio estrenando sus tacones en un film de John Waters o en El baile de las locas, aludiendo otra vez a Copi. Desafío del color hacia la intransigencia de la “plumofobia”.   

La pintura de Asensi es un palpitar burlesco de refinada crudeza y ya se veía en sus anteriores obras de dinosaurios, bailaores arañas y bailaoras mutiladas, paellas de la muerte o guitarras que sangran. La candileja goyesca y marica avanza desde el borde. La norma tirana tambalea ante las multitudes del placer. Es el carnaval de la carne con sus nuevos roles y el decorado floreado prolifera con lo animalizado y las miradas de gatos, serpientes y pájaros. Un pie de página con las palabras de Paul B. Preciado para todos los cuadros:  “Eso es lo que hicimos nosotros: destrozar la ficción normativa del amor y correr. Cada uno a su manera, desde la precariedad, intentamos ahora inventar otras tecnologías de producción de subjetividad”. Subjetividades masculinas en Asensi que relumbran en su representación femenina.   

Asesinos de palomas es un verso de Oda a Whitman, escrito por Federico García Lorca y publicado en Poeta en Nueva York. Es el homenaje de Asensi a Whitman, a Lorca, dos luces de la literatura universal. Whitman es un referente para el poeta granadino: un escape lejos del temor y la homofobia. Aceptarse tal como es, rompiendo barreras, donde fluye ese sentir afeminado. Porque según Ian Gibson “Lorca sin su condición homosexual y marginal no hubiera escrito su obra”. Nueva York y Whitman son necesarios en Lorca; nuevos caminos hacia su libertad personal. Asensi experimenta ese llamado de Lorca, de Whitman; cala en la piel de su pintura.El testimonio de Asensi deja claro toda su complicidad con el autor de Canto a mí mismo: “Las palabras de Whitman me ayudaron a darme permiso para existir, incluso para acariciar la idea de que hacerlo era no sólo ‘legal’ sino justo y necesario”. Asensi idea unmanifiesto figurativo de otras subjetividades amorosas y lo encara al mundo de la misma manera como lo hizo en su tiempo el escritor chileno Pedro Lemebel: “Aquí está mi cara / Hablo por mi diferencia / Defiendo lo que soy / Y no soy tan raro”.

Asensi pinta y lucha en una fiesta de trajes, cosméticos, sonrisas, amores. Abundancia velazquiana de teatralidad doméstica y sofisticación de menina queer, que visten la tela al estilo de un hombre novia con manos y pies picassianos. Se deconstruye una masculinidad tradicional, permitiendo el acceso a otra con más pluma, sin detener su provocador festejo: un sueño que se comunica con el idioma de las tonalidades frutales.     

          Aldo Alcota

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