ARTE, CULTURA VISUAL Y USO RESPONSABLE: A SHAKESPEARE LO QUE ES DE SHAKESPEARE. Por Énkar Neil

Énkar Neil (Alicante, 1992) eligió estudiar Comunicación Audiovisual para hacer tangible su pasión por el arte en todas sus vertientes, centrándose sobre todo en la escritura, la música, la imagen y el cine.

Es fotógrafa y ha desarrollado gran parte de su trabajo de directo en Stereo Alicante, inmortalizando también en festivales y sesiones de promoción a numerosos artistas, colaborando también con algunos de ellos en sus procesos de creación de identidad artística y en el artwork de sus proyectos. Todo ello unido a la realización de vídeo y a la hibridación de imagen y creación poética.

Desde su primera cámara, busca fotografías que puedan escucharse y canciones de las que hacer fotografías.

www.enkarneil.ga/ @enkarneil

 

ARTE, CULTURA VISUAL Y USO RESPONSABLE: A SHAKESPEARE LO QUE ES DE SHAKESPEARE

Estamos expuestos a una inconcebible cantidad de imágenes. Completamente innumerable. Cada mañana y desde que abrimos los ojos, cientos de fotografías traspasan nuestras retinas. En el periódico que acompaña el desayuno, en la televisión, en las redes sociales, en la publicidad, en las marquesinas de autobús, en los pasillos de la estación de metro… Todavía no ha nacido el día en el que las imágenes no acaparen la totalidad del protagonismo. Ahí están siempre, mezclándose entre los bostezos provocados por un madrugón o agazapadas en la oscuridad de una noche de fiesta. Sin embargo, no reparamos en su presencia y, si lo hacemos, lo hacemos como un mero acto de contemplación vacua, como una acción cualquiera, depositando en ello la misma atención que utilizamos cuando removemos el café para disolver el azúcar, una atención carente de todo elemento reflexivo que pueda conducirnos a discernir las condiciones técnicas en las que se ha tomado una fotografía o a pensar la imagen. De repente, nos convertimos en la versión más relajada de Guy Pearce en la piel de Leonard en Memento. Para él, las imágenes constituían una de sus únicas formas sustanciales de memoria y de recuerdo. Para nosotros en mitad de nuestra más que ajetreada rutina, ni eso.

¿Pensar la imagen? Pero, ¿qué es eso? Nadie nos enseña a hacerlo. Quiero decir, desde pequeños nos inculcan el valor por las letras, aprendiendo que con ellas podemos comunicarnos.  O los números, sin ellos –nos dicen– la vida sería mucho más compleja. Y además, la Educación Física nos conduce a tomar conciencia de nuestro bienestar corporal y mental, estableciendo toda una serie de acciones que nos harán estar y sentirnos mejor. Las demás asignaturas en nuestra etapa de Educación Primaria se basan en alguna que otra posible iniciación a los idiomas y en conocer el medio que nos rodea sin llegar a experimentar demasiado con él.

Fotografía: ©Jesus Mendelssohn

Después, con la Secundaria y el Bachillerato, la filosofía nos brindará un porqué sobre las cosas y su origen. Si tienes suerte y en tu instituto está habilitada la rama artística, puede que el dibujo técnico o alguna asignatura relacionada con la comunicación audiovisual se cuele en tu dinámica diaria de clases, pero si tu centro de estudio es pequeño o no se ha depositado verdadero empeño en darle cierta notoriedad al aspecto visual, puede que llegues a la universidad sin saber nada del tema. Nada sobre aquello que está presente siempre en nuestros días. Nada sobre las imágenes. Nada sobre sus técnicas, sus autores, su historia o el valor que poseen en nuestra sociedad. Nada.

Y he aquí lo que llevo preguntándome de forma continua desde que yo misma, que estudié en un instituto pequeño, no pude ver saciado mi interés por la imagen y la fotografía más allá de mis propias lecturas y prácticas: ¿por qué todavía no existe una verdadera y completa formación en cultura visual? Aprendemos a hacer uso de un lápiz, pero no de una cámara fotográfica ni del tratamiento que debe dársele a la producción artística que nos rodea. Es llamativo hacer memoria y caer en la cuenta de que todas las materias que nos inculcan desde que comienza nuestro proceso educativo son a menudo trabajadas mediante imágenes. Todos recordamos estudiar los tipos de plantas y de animales observando fotografías. También los idiomas se trabajan mediante imágenes físicas o mentales pero, sin embargo, parece no existir tiempo para obtener cierto bagaje en su conocimiento ni para adquirir la cultura necesaria para saber apreciarlas. Estamos rodeados de imágenes que poseen complejos procesos de idea, conceptualización y desarrollo de un determinado mensaje. Que son el reflejo de lo que vemos o de todo lo contrario. Que constituyen la forma más salvaje de vida, existencia, olvido y recuerdo. No sabemos explicar las imágenes porque no sabemos qué estamos viendo. Nos encontramos con un texto y sabemos descomponerlo, tenemos cierta soltura en poner en práctica algunas conductas de análisis porque machacamos el ejercicio de comentario en toda nuestra etapa de aprendizaje. Pero, ¿qué podríamos decir sobre una imagen si nunca nos han abierto el horizonte de sus lecturas o de sus interpretaciones? ¿Sabríamos explicar su motivo y la razón de su contenido? ¿Analizar, quizá, su mensaje?

Puede que hayas llegado hasta aquí y no te interesen en absoluto las imágenes. Puede que pienses que la inclusión de la educación visual sería para ti un estorbo. Genial. Respeto absolutamente tu opinión, pero seguro que eres consumidor de algún tipo de arte, el que sea. A partir de ese punto me gustaría que te preguntaras si lo que sabes sobre esa disciplina artística  lo has aprendido gracias a tu propio interés o si, por el contrario, te lo han enseñado en la escuela o en el instituto. Bien. Ya compartimos más de lo que pensabas al inicio.

Fotografía: ©Jesus Mendelssohn

Esta falta de enseñanza, en la etapa adulta, no se traduce únicamente en no saber valorar la imagen como elemento artístico autónomo, sino también en una dejadez e inconsciencia profunda hacia todos aquellos artistas que las producen. Motivado en parte por no saber cuánto trabajo esconde detrás una imagen o cuánta formación lleva a sus espaldas el artista visual autor de una fotografía en concreto, es común que las redes estén plagadas de imágenes que no hacen referencia a sus autores porque eso conlleva un trabajo de búsqueda para averiguar quién la ha realizado y para qué entrar en esas molestias cuando «total, es solo una foto que todo el mundo utiliza» o «si está en Internet, será porque es de todos». Si eres fotógrafo o te dedicas a cualquier otra disciplina artística, seguro que has vivido también esa manida escena en la que te encargan un trabajo aderezado con un: «Bueno, no quiero que te compliques mucho. Solo quiero unas 10 o 15 fotos. Después te invito a cenar o a unas cañas». Esta situación es uno de aquellos lugares comunes y recurrentes de la fotografía. En ese caso, no solo se desvirtúa el valor del trabajo de un artista sino que, además, el lujo y la licencia de decirle cómo ha de trabajar están de igual forma presentes. De hecho, los propios dueños de empresas de índole artística, dueños a los que irónicamente les gusta que remuneren su trabajo, muestran a menudo estas conductas, practican la insensatez –habitando en el campo de la falta de respeto sin límites– de pensar que todo el mundo puede producir una imagen que cumpla con unos criterios de verdadera calidad en su ejecución y su contenido creyendo, para más inri, que esta producción debe llevarse a cabo de manera rapidita y gratuita. Desde luego, ésta debe ser la máxima expresión de que «en casa de herrero, cuchillo de palo».

Otro punto que alimenta este problema reside en la total accesibilidad al mundo de las imágenes. Que éstas se encuentren en un universo tan inmenso y transitable parece ser el factor idóneo para quitarles valor, exponiéndolas y haciendo que queden huérfanas en un espacio sin protecciones por el que todos pasan sin pedir permiso. Esto se debe, en parte, a esa educación de base que se está omitiendo, a una falta de sensibilidad que no se despierta desde que la razón empieza a serlo. Tenemos en el merecido altar de los grandes autores literarios a Cervantes, Neruda o García Lorca, sabemos diferenciar sus estilos y sabemos que Hamlet pertenece a Shakespeare y a nadie más, valoramos su obra porque en nuestra configuración de enseñanza ha existido cierta perseverancia en que así fuera. Teniendo en cuenta lo aprendido, no se nos ocurriría -si el tiempo aún nos lo permitiese- regatear al mismísimo Shakespeare el precio de una de sus obras pero, en cambio, este hecho sí parece lícito y automáticamente aplicable hacia el trabajo de un fotógrafo o artista visual porque el valor de las imágenes, a pesar de que éstas poseen una presencia hegemónica en nuestro día a día, resulta cuestionable.

Fotografía: ©Jesus Mendelssohn

Pero lo cierto es que debemos tener presente que la fotografía ha sido la gran protagonista de toda nuestra historia. Como parte de un conjunto social, podemos recurrir a la inmensa mayoría de acontecimientos mediante las imágenes y el testigo que éstas han dejado. De igual forma, somos capaces de reconstruir nuestros propios relatos como individuos a través de nuestros álbumes familiares: la boda de nuestros abuelos, la de nuestros padres, la primera vez que vimos el mar… Todo se reduce a imágenes. Así que, hasta que la más que necesaria implantación de la educación en cultura visual nos alcance, empecemos a devolver un poco de todos esos recuerdos que las fotografías nos guardan, tratándolas como mínimo con respeto y compromiso. A ellas y a sus autores, por brindarnos una porción de tiempo que nunca va a marcharse.

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