Tumbas: de poetas y pensadores: Cees Nooteboom.

Os juro que hay veces que me sorprendo diciéndole a alguien que echo de menos pasear por Père Lachaise, y no es que me sorprenda que salga de mi boca, sino la reacción de la gente y  es que la gente se sorprende, y no poco.  La verdad es que puedo entenderlo, puesto que la relación que tenemos con la muerte y los cementerios no está todavía muy naturalizada .  Con esto no digo que tengamos que ir a pasear todos al cementerio  o ponernos a hacer picnics. Sin embargo, fue en Francia donde aprendí a disfrutar de estos paseos, pude disfrutar de la arquitectura, de la calma, de reconectar con la vida desde su antítesis o desde la muerte que forma parte de ella y allí la gente bebe vino, queda con sus amigos y pasean por los cementerios.

En el número anterior “Arquitectura y Terror” hablábamos de la belleza arquitectónica  que podemos encontrar dentro de los cementerios y en este, todavía más ligado hablamos de la muerte y epitafios cuanto menos curiosos.  Es inevitable que os hable del libro Tumbas: de poetas y pensadores de Cees Nooteboom.  Aunque pensándolo mejor, yo solo voy a nombrarlo y que sea un fragmento del propio libro el que os hable.

Tumbas De Poetas Y Pensadores (CEES NOOTEBOOM) – Libros ...

Extracto de la introducción del libro, ediciones Siruela:

¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada. Naturalmente, esto se puede decir de todas las tumbas, pero cuando se trata de las tumbas de los poetas con eso no está todo dicho. En su caso hay algo diferente. La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando. A veces se repiten. Esto ocurre cada vez que alguien lee o recita un poema por segunda o centésima vez. Pero hablan también para quienes todavía no han nacido, para unas personas que aún no han vivido cuando ellos escriben lo que escriben. ¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuando repetimos, en voz baja o en voz alta. Con alguien cuyas palabras siguen estando presentes para nosotros mantenemos una relación, del tipo que sea. Por esa razón, no es imprescindible visitar su tumba. Cuando se trata de tumbas, todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos. En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella. Pues eso es lo que queremos; queremos que los muertos reparen en nosotros, queremos que sepan que seguimos leyéndoles, porque ellos siguen hablándonos. Cuando nos hallamos al lado de sus tumbas, sus palabras nos envuelven. La persona ya no existe, pero las palabras y los pensamientos permanecen. Podemos al menos rememorar. Cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros mismos pudiéramos decir. Es una paradoja. Algo se ha dicho ya, pero sin que se haya formulado una pregunta. Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho.

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