Sacó los ojos. Ariana Harwicz

Manos

Las manos. Julia Lara Martí, Barcelona

Es que él mira la noche mentolada, las altas hierbas y una especie de barricada de madera que separa su casa del jardín. Es como esas murallas que protegen del avance del mar a las casas playeras, dijo ella al entrar. Vinieron a instalarse en el terreno porque el resto de las propiedades que miraron, y que estaban a buen precio, se encontraban demasiado cerca del arroyo, frente a los barcos estacionados, pero es que sería pasarse el día viendo que no se ahogaran los chicos, no tendría sentido. Él quería que fueran todos a un barco, vivir flotando, vivir desplazándose, pero vieron que el último que gateaba se iba directo al fondo del termal. Y por eso eligieron la casa bordeada de una especie de barrera, ramas pinchudas, justo en la curva donde termina la aldea. Tres árboles florecían esa misma noche, cerezas, damascos y frambuesas. Las frutas brillaban pequeñas como gatitos recién nacidos, había dicho el más grande.
Los brotes de menta entraban desquiciados por debajo de la puerta. Los cuatro niños se habían acostado con los dientes verdes de tanto arrancar. Estaban encimados por miedo a la pieza desconocida, a las figuras que se arman en la pared. Ella ya había cerrado los ojos y entre cerrar los ojos y dormir, él nunca sabía cuánto tiempo pasaba mientras ella seguía pensando y viendo. El párpado ahora estaba quieto. Los vidrios de las ventanas, quietos. Algo destruía esa primera noche en esa casa. Todo fue inspeccionado. El altillo, el sótano, las piezas demolidas por un viejo incendio, el camino de cascajo, las instalaciones eléctricas, los bidones de gas, la fosa séptica, la bodega. Pero algo destruía esa noche. Se puso las pantuflas, pasó entre las cajas embaladas, los platos sucios y los objetos del inquilino anterior. Vio un candelero que no pudo alumbrar. Y abrió la puerta. La noche adentro era sosegada, ya nadie lloraba, ya nadie tosía, afuera era una jungla. Olor a pesado, olor musgoso, olor tentador. Debería haber pensado en abrigarse, estaba muy lejos cuando se lo dijo. Ella había puesto especialmente el abrigo y el rompevientos arriba de todo en la valija, era zona de temperaturas bajas. En las fotos de esa carretera los autos aparecían siempre enterrados, los postes de luz y los carteles de peligro, también. No tenía indicaciones exactas de cómo ir, oía a lo lejos bandas de perros ladrar al aire, ningún motor en marcha, ni pasos, los focos apenas lo dejaban moverse sin caer. Caminó derecho por la senda asfaltada, su cabeza a la altura de las plantaciones. Iba aspirando ese olor, lo husmeaba como un morfinómano. Le habían dicho que la torre no estaba lejos. Mapa no tenía, ni dibujos con flechas, ni animal de caza. No había traído el teléfono, por si le pasaba algo al clan. Ella no escuchaba nada mientras dormía, ni siquiera podría levantase si se carbonizaban los chicos, pero ya estaba muy lejos. No le contó su hallazgo, lo que lo decidió a pagar el crédito, a invertir en paredes húmedas treinta años de su vida. Ese faro en la inmensidad, clavado en la tierra, construido en otro siglo por alguien que se encerró. Lo tenía que ver negro sobre negro, antiguo, como una cárcel vertical, triangular arriba y con pequeñas aberturas para sacar los ojos. Caminó más. Orinó sobre una piedra y caminó. La torre no asomaba. Se imaginaba los cimientos, el interior del faro adornado con mosaicos. Hubiera querido tirar ballestas al cielo para que rebotaran y correr. Se resbaló o se tiró y se durmió nada, qué durmió, segundos, minutos, en los que babeó y se recompuso. Pero en un momento encontró un destello. Su faro con mirador y bombilla. Como lo había supuesto, puerta pequeña de hierro, una escalera en zigzag para trepar a la cúpula. Y entonces subió con las patas abiertas grada por grada y se metió de cabeza por la abertura. Y cayó adentro, su cuerpo nadaba hacia arriba erguido. Y sacó los ojos y vio un acantilado.

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