Primitif: ‘Casi la caída’, de Almudena Vega

El viernes pasado volé. Hacía tres años que no volvía a Sevilla, una ciudad que antes pisaba, por lo menos, anualmente. Parte de mi familia emigrada de Ceuta recaló allí, y allí vive mi primo, socio de la editorial que tuvimos en marcha durante seis años y que nos permitió conocer de cerca el mundo editorial, sobre todo, desde la perspectiva de la poesía. Volé a Sevilla en el estómago de un Airbus, y aunque vuelo con cierta frecuencia, si dijese que no pienso en cada vuelo cómo sería la caída desde allí tan arriba, mentiría. Este especular no tiene que ver tanto con el miedo como con la curiosidad, o incluso con la preparación. ¿Qué haría si de pronto la cabina se despresurizase? ¿Me acordaría de esas instrucciones a las que desde hace tantos viajes ya no presto la atención debida? ¿Reaccionaría con calma, o entraría en pánico? Si el impacto contra la tierra o el mar fuese una certeza, ¿mandaría un mensaje de despedida? En ese caso quizás lo conveniente fuese enviar solo uno, con el encargo de que se transmitiese mi mensaje de amor al resto de mis seres queridos, aunque bien pensado, ya saben que los quiero, porque suelo decirlo. ¿Y si optase por otro tipo de mensaje, o por ninguno? ¿Se siente algo en el segundo exacto de estrellarse? ¿Da tiempo a procesar el dolor?

El mejor momento del vuelo es cuando se emerge de entre las nubes y el cielo se presenta como una inmensa llanura azul. Siempre me acuerdo de los colores del cielo que Trinity contempla durante unos segundos antes de caer por el propio peso de su nave hacia la realidad de su huida. En este último vuelo esa fue la señal para sacar de la mochila la lectura del trayecto: Casi la caída, de Almudena Vega, editado con un gusto exquisito por Stendhal Books. Tapas duras, una ilustración casi como una invocación de Leon Ka, un prólogo desgajado de la tripa de Ángelo Néstore. Hasta que no avanzo unas páginas no soy consciente de la relación entre el libro y mis fantasías aeronáuticas. Cuando mi compañero de fila del asiento C -en el B no vuela nadie- mira de reojo la portada caigo en la cuenta; al menos es casi esta caída. Después aterrizo en ese poema que despega así: “El avión reseca mi nariz escribo en el avión / y desde luego / hay más posibilidad de morir; / morir es un músculo cercano a la impecable sabiduría de hombros”; y que luego sigue, tras unos versos, “y contra cada snack que lucha contra la muerte masiva eficacia / aérea y masiva catástrofe / cada bocado al snack tan industrial como santo / por los cielos / refuerza albinamente la chapa del avión / la chapa nos separa de una muerte enclenque / extremadamente absurda”. Termina el poema ofreciéndome otra manera de entender mi ventana de asiento A: “para asomar el rostro por la minúscula hendidura / minúscula y luminosa vagina / atados para la voz de Dios / atados y colosales / para el animal de Dios”.

Estoy volando. Ahora Almudena Vega vuela en el asiento B. La ventana, que en realidad son tres ventanas, tres paneles de resina acrílica separados entre sí -dos sellados al fuselaje, el externo y el central-, es una transparencia que me separa de un frío terrible y de la muerte. Como la cúpula de la Estación Espacial Internacional pone una barrera entre la última frontera en la que todavía somos nada, o casi nada -que decía Jobim en Samba de una nota só-, y el vientre acogedor e ingrávido de la plataforma orbital. En ese sentido cobra especial importancia un verso brillante y lúcido que sigue a un casi y a un pero:

no es totalmente sano traer lo de fuera adentro.

El hecho de que Vega sea música tiene mucho que ver con los crescendos que van alterando la intensidad de la lectura: ahora aquí, con un ritmo reflexivo, y nada más girar, tan solo con pasar de la diecisiete a la dieciocho, otro estadio de la emoción, un subir gradual, una respuesta perdendosi.

“Ahora no hay nieve ahora tercamente un frío casi” no sé si se referirá a las uñas nevando de páginas atrás -una imagen que ya se ha aferrado a mí-, pero la nieve vuelve por si cabía alguna duda, “la nieve pace un silencio”. Y de la nieve, al siguiente capítulo, lo ciervo, y una advertencia: “El ciervo: lo ciervo en la caza. / En la caza no existe la queja. / No hay tiempo. Y luego, uno de los instantes cumbre del poemario:

Casi la caída, de Almudena Vega, poema

A continuación el casi, que nos acompaña sotto voce cuando nos damos cuenta y cuando no, se encarna en una de sus posibilidades más poderosas en este poemario de esta colección que para mi sorpresa se llama Hilos, porque los hilos se están manifestando tanto desde Chantal Maillard hasta aquí en estos artículos que siento que soy un no iniciado en un culto de poetas secretas y místicas: “Nosotros casi”.

Los poemas intestinos del tercer capítulo entran en la mente como esas vibraciones lo-fi downtempo que me pongo a veces para pensar. Un break hasta la inmortalidad que alcanza su máxima expresión en cuatro versos primero:

Casi la caída, de Almudena Vega, poema

y después, su máxima autenticidad en cuatro más.

Casi la caída, de Almudena Vega, poema

Y para terminar la caída, un poema de despedida previo a tocar tierra: “Te levantas la falda como gatos blancos / y hay sed en las costuras de tus medias / hambre por extraños que fuman cabizbajos / me interesan por mirar al suelo su caída / y allí no hay nada o ves sexo porque no hay / es porque deseas pétalos o pequeños animales: / cosas que los colores te hacen creer por un momento”.

Cabin crew, prepare for landing.

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