Primitif: ‘La pasión de ser débil’, de Francisco Benedito

A punto de ponerme a leer me he dado cuenta de que ya no sé nada de fútbol, que me desconecté del deporte soberano hace ya muchos años y que no hay forma de rellenar una quiniela de la fase de grupos de la Champions League con nociones lejanas: recuerdo al Benfica de mi época pero no tengo ni la más mínima idea de qué equipo es ese Qarabag que se enfrenta al Atlético de Madrid en casa. Soy de esos que siempre han defendido lo inútil de participar en las loterías y apuestas del estado, uno de esos que repite el mantra de que es tan probable ganar el Euromillón como recibir el impacto de un meteorito. Me consta que en algún momento leí un artículo en el que se explicaba esta analogía en detalle, pero ha pasado el tiempo y ya no sé si es verdad. Sé que lo leí, pero quién podría asegurarme ahora que quien firmaba el artículo calculó con rigor. Por supuesto, no lo comprobé libreta en mano, y tampoco pienso hacerlo ahora. En este punto del fin de mes, con la condena de la cuota de autónomos cerniéndose sobre mi cuenta corriente, se me ha ocurrido ser infiel a mis convicciones por si acaso lo del meteorito fuese una exageración y el azar me diese una alegría. Una marea prosaica de realidad me ha arrastrado hasta el punto de venta de estos papeles bañados en esperanza y me he decidido a poner unas equis en las catorce casillas y en el pleno al quince basándome puramente en una intuición, que por supuesto no es tal, sino que es azar condicionado por lo que supe en el pasado, que ya no vale nada.

La pasión de ser débil

Me ha podido la debilidad. Pero tampoco me voy a fustigar por ello. La quiniela me ha servido también para ir tomando nota en su reverso de todo lo que La pasión de ser débil, de Francisco Benedito, ha ido despertando en mí. A él le veo casi todos los días ejerciendo de librero; Librería Ramón Llull se encuentra a escasos metros de mi residencia actual, y hasta hoy cada vez que entraba, por una u otra razón, me topaba siempre con su poemario, publicado por Ediciones Contrabando, que me recordaba que tenía una cuenta pendiente con la poesía de Benedito. “¿Cómo hubiera sido eterna la leyenda del poderoso Aquiles sin estar adornada por la vulnerabilidad de su talón?”, nos pregunta la contraportada. Sin el talón, me digo, Aquiles no habría sido ni eterno ni leyenda, sino solo inmortalmente aburrido. No hay nada peor que un bastión inexpugnable. Nada más soporífero que las divinidades omnipresentes, omnipotentes y omniscientes. La infalibilidad me hace bostezar. Por eso siempre me han resultado atractivos Lucifer y Pandora, o Anakin Skywalker. Creo que no soy el único.

El poemario empieza con el poeta tomando posiciones a pecho descubierto: “nada iguala el recóndito placer / de ser débil, de darse / y copular con la virtud”. Ahí se planta Benedito en toda su obscenidad, dirigiéndose a un tú que a lo largo de varios poemas creeremos tener justo detrás, a nuestra espalda, leyendo por encima de nuestro hombro. Ese tú, al menos para mí, tiene un aliento frío, como de álbum de fotos. El pasado hace acto de presencia: aletea una bandada de alondras transparentes que se escapan por el horizonte y que nos recuerdan esa pelea en la que andamos todos -“en esa pelea estoy”, dice él-, esa cita que el destino o el azar que me acompaña en forma de apuesta sobre la mesa nos andan preparando. Qué otro modo de responder a esta cita que con una ironía traída de unos versos:

Todo esto
qué fácil es.

La maldita certeza que sigue hace homenaje de nuestro talón de Aquiles: “Cuando estoy agotado / se disipa mi insomne / y terca ruta / el peso de una certidumbre / -que es la carcelera de los sueños- / se desploma alguna noche en mi cama”. La certeza absoluta va saltando de página en página en forma de soplo de melancolía de edad cumplida: “Lo quemado nunca se recupera”.

El incendio no se extingue, suben las apuestas de quienes apuestan por nuestra derrota, como dice Benedito, pero en tal caso, qué más da. En esta quiniela no jugamos a saber quién gana el partido, el resultado está amañado: siempre perdemos. Lo único importante en todo caso será, como permiten esas modernas casas de juego online a la inglesa, apostar a los matices, invertir todos nuestros recursos en el qué, quién, cuándo, cómo y dónde. No hay mesa ni crédito para el por qué.

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