Primitif: ‘Los estómagos’, de Luna Miguel

En la biblioteca no tienen el libro que quiero de Luna Miguel. Lo que sí tienen es un nivel de decibelios que no se corresponde con la idea que albergo en mi mente de una biblioteca. Quizás soy un clásico, y por eso me sorprende que tanta gente se haya acostumbrado a dejar sonar el teléfono mientras se dirige al exterior para atenderlo -en el mejor de los casos-, cuando no a hablar despreocupadamente en el hall junto al cartel que forma la palabra silencio con letras negras sobre placas doradas adhesivas. Debo ser un clásico porque pese a que me gustan mucho los bebés y los niños, no comprendo que una zona infantil destinada a incentivar la lectura -algo que me parece fabuloso- comparta espacio y tiempo con un recinto dedicado, en teoría, a la concentración, al estudio, a la lectura. Los progenitores entran y salen de la sala charlando como si aquello fuese la puerta de una guardería, mientras sus vástagos lloran, ríen, o corretean de aquí para allá -impulso muy natural en un niño pequeño-. Hay menos ruido en una librería que en la biblioteca a la que acudo habitualmente, y yo no tengo estómago para estas cosas.

Así que salgo, aunque fuera haga un poco de frío. En el parque una bandada de pájaros ha tomado por las alas uno de los viejos ficus que allí extienden sus ramas; distingo el cuello de algunas tórtolas, el piar clásico de los gorriones y el inconfundible caminar lateral de los agapornis, tan característico de su familia como lo es el vaivén aparentemente indeciso de la de los camaleones, que en realidad imitan al viento moviendo las ramas sobre las que se desplazan, aferrados a ellas con sus manos prensiles. El sonido de los pájaros se despliega y se derrama alrededor del árbol; hasta que desaparezca la luz, esta será mi sala de lectura. Como decía, en la biblioteca no tenían Los estómagos (La Bella Varsovia, 2015), de Luna Miguel, pero sí lo tenía una amiga que gentilmente me lo ha hecho llegar, así que dejo atrás la portada, una advertencia budista sobre la infección del hombre -que hoy interpreto en su sentido estrictamente masculino- y voy a parar a un primer poema tan felino como la portada, y luego al siguiente: “me pregunto cuántos estómagos hacen falta para vencer el hambre”, dice, y justo antes, “me pregunto quién mutiló al animal”.

Los estómagos, de Luna Miguel.

En la siguientes páginas y hasta el final del libro se sucederán -he tomado nota de todos-: pájaros, gatos, conejos, mariposas, pollos, vacas, corderos, gaviotas, moscas, perros, cerdos, ciervos, jirafas, palomas, azores, gusanos, águilas, petirrojos, potras, pavos, patas, arañas, ácaros. Y cucarachas. Hermosas cucarachas que protagonizan los momentos más bellos y sinceros del poemario:

 

te pregunté si las cucarachas tenían corazón y
tú me dijiste que no sabías de eso.

Conocemos poco las cosas sencillas, pensé.

Nada nos importa hasta que duele.

 

En estas páginas el invierno acaba, y al mismo tiempo para mí empieza: mañana estaré aterrizando en Praga; hoy, si estás leyendo el texto el mismo día en que se publica. Se supone en Los estómagos que “el invierno ya se acaba / y con él los poetas que hablan del frío”, pero yo me pregunto cómo será eso, quiénes serán esos poetas que no hablan del frío; creo que conozco a uno nada más y habrá que ver cuando deje de ser hombre, mito y bestia, cuando deje sus desiertos de arena y conozca los desiertos nivales en los que a veces nunca se pone el sol y otras, la calamidad es que nunca sale. Lo bueno de escribir semanalmente sobre poesía es que escribiendo uno retiene y así ese verso que asegura que “hay hilos que se arrastran por la acera” me arrastra a mí hasta Chantal Maillard la semana pasada; igual no me cabe duda de que durante unas semanas, siempre que escuche o lea la palabra vagina me trasladaré a este libro, hasta ese lugar donde “todo está entre el pecho y la vagina. / Todo lo importante”. En esa franja de carne y humanidad se esconde el estómago, el nuestro, y una buena pregunta que se encarga de formular Luna Miguel: “Si los animales muertos van a nuestro estómago, ¿a dónde nosotros?”. “Tú quieres decirlo: sobrevivir cansa”, se apunta antes. ¿Pero, qué hacemos si no hasta que la araña nos atrape y nos haga ese último “vestido de huesos blancos”? Mientras me parece que tendremos que afianzar con hilos fortísimos lo que ya se ha ido.

A punto de terminar este artículo -juro que es verdad lo que sigue- una pequeña cucaracha, una cría como nunca había visto rondando por la casa, y menos en estas fechas -ha habido de otro tipo en verano, ninguna así- ha aparecido paseándose por el interior de la pantalla cónica de una lámpara de mesita de noche de la habitación de invitados. He intentado hacerle una foto, pero corría demasiado y no quería que cayese al suelo y la viese al gato, siempre alerta y depredador, por lo que me he conformado con llevarla hasta el balcón y empujarla a la noche depositándola sobre el aparato de aire acondicionado que ahora hiberna. Y es que en Los estómagos, en realidad, a quien atrapa la araña es a la cucaracha, pero yo hoy -o ayer si lo lees mañana- no quiero ser la araña, porque he recordado que aunque no bombeen sangre sino hemolinfa, las cucarachas sí tienen corazón.

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