En ocasiones veo a Frida Kahlo. Por Alicia Palacios-Ferri

Alicia Palacios-Ferri (Sevilla, 1995) es graduada en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla. Además de recibir una beca para estudiar un año académico de Artes Visuales en Évora (Portugal) donde trabajó en el ámbito multimedia. Actualmente se encuentra estudiando el Máster en Fotografía, Arte y Técnica en la Universidad Politécnica de Valencia, donde se está especializando en teoría de la Fotografía en el Arte Contemporáneo y Fotografía Profesional.

Trabaja en diferentes campos artísticos, tales como el vídeo, la instalación o la performance, pero principalmente su trabajo se fundamenta en la fotografía. Se interesa por diversos temas que se reflejan en sus obras: feminismo, memoria, cine y literatura. Ha participado en diversas exposiciones y ha recibido premios en varios certámenes como en el Certamen de Jóvenes Creadores de Madrid, Valencia Crea o Fundación Blas de Otero.

 

www.aliciapalaciosferri.com / @palaciosferri

 

En ocasiones veo a Frida Kahlo. Aunque esas ocasiones se hacen demasiado frecuentes. Frida Kahlo se me aparece en fundas de sofá, en relojes, camisetas, pegatinas, gorras, bolsas de la compra o cojines sobre los que recostarse con culpabilidad. Y me pregunto, ¿las personas que usan esos utensilios saben realmente quién es Frida Kahlo?

Creo que si recorriese las calles y preguntase a todas las personas portadoras de esas traidoras imágenes de Frida y les preguntase, “¿quién es esa mujer uniceja que llevas?”, me contestarían que fue una pintora mexicana. ¿Y qué más? una pintora mexicana que pintaba cuadros. ¿Y qué más? Pintaba cuadros de sí misma sobre todo y se ponía siempre con sus cejas pobladas y su bigote. ¿Y qué más? Debido al doloroso silencio que recibiría de respuesta las Fridas que llevan en los bolsos, en las camisetas, en las carteras y en los móviles, cobrarían vida y les dirían que fue mucho más que eso. Les hablaría de su vida, de su accidente, de su enfermedad, de su tóxica relación amorosa, del feto que tenía guardado en su habitación, de sus ideas políticas, de la pasión que compartió con Trotsky, del amor que sentía por Chavela Vargas, del espejo que tenía en su cama para verse y pintarse y entenderse a sí misma. Y entonces el individuo que porta a Frida como un accesorio más, la dejaría libre y comprendería que ella no debe ser reducida a un sencillo elemento decorativo que nula su verdadera identidad.

Pero la cruda realidad es que la llevan porque se lleva; Frida Kahlo está de moda. Ha sido víctima de una burbuja que se ha inflado enormemente dando lugar a la fridomanía. Un fenómeno social que ha estigmatizado a la que fue una de las pintoras más pioneras de la historia del arte. Lo único que queda de ella es su imagen, una imagen que se ha convertido en un producto. Incluso a veces esa imagen se ve simplificada hasta llegar al más puro minimalismo, donde tan sólo se observan su preciosa ceja y su característico bigote. Entonces, ¿es realmente Frida la que se ha puesto de moda o sólo su aspecto?

Es irónico cómo una artista que tenía en el cabecero de su cama fotografías de Lenin, Stalin y de Mao Tse Tung, ha sido utilizada por el capitalismo tras su muerte a través de un merchandising invasivo. Pero ella no ha sido la única. Este tipo de moda también ha afectado a otros tantos, como Ernesto Guevara, alias el Che, o las eternas camisetas de Los Ramones cuyos portadores jamás han escuchado su música. Se trata de una burbuja que se infla como un castillo hinchable y la gente salta sobre ellos sin ninguna preocupación. Pero, ¿cómo alguien osa vaciar a una mujer que estaba llena de tantas cosas? ¿Cómo una mujer tan poco humana y tan diosa y extraterrestre y alma, que vagaba entre este mundo y el otro, puede ser desvalorizada a unos simples trazos coloridos?

Irremediablemente, recuerdo la escena de “Good bye, Lenin” en la que un jovencísimo Daniel Brühl intenta impedir que su madre, socialista hasta la médula, vea un enorme cartel de Coca-Cola en un edificio cercano a su casa. ¿Qué pasaría si Frida viese lo que están haciendo con ella?, ¿qué ocurriría si Frida se levantase de su tumba? Me imagino haciendo un ritual satánico lleno de flores y trenzas y colores y óleo y espejos y palabras y sollozos… Y gritaría: “Frida, yo te invoco”. Al volver a la vida y observar que su recuerdo no ha sabido permanecer más allá de su aspecto, agarraría una cuchilla y se afeitaría ceja y bigote, con la esperanza de que sean capaces de mirar más allá. Después brindaría con un buen tequila y volvería indignada a su tumba a descansar. Luciría eternamente unas rojeces en el rostro por haberse depilado lo único por lo que es recordada.

En ocasiones veo Fridas Kahlo, pero ninguna son la de verdad.

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