Algunas casas pendientes: W. H. Hodgson

El pasado número de la revista de arte, literatura y filosofía (del colmillo) Canibaal, publicación semestral y en papel se dedicó a la dupla temática «Arquitectura y Terror». La peculiar, cuádruple, coral y ya consolidada sección «Ecos de la caverna Canibaal» se dedicó, siguiendo la tradición Canibaal, a traer desde el pasado obras afines:

Títulos con ecos de las torres gemelas y del terror más actual como Manhattan (Woody Allen, 1979) o Medianeras de Gustavo Tarett (2011) ilustraron la sección de cine; en literatura contamos con Siete casas vacías de Samantha Schweblin (2015) y tres más, en música hablamos del disco homónimo de The House of Love, en arte del pabellón de la II República en París, y así hasta 16 obras rescatadas temáticamente del pasado.

Por cuestiones de espacio y exceso de reverberación, quedaron, casi sordos, muchos ecos sin sonar o resonar, este es uno de ellos:

«Ecos de la caverna Canibaal» (los descartados)

La casa en el confín de la Tierra W. H. Hodgson (1908)

Publicada recientemente por Cátedra con el título posiblemente más fiel La casa en el límite, The House on the Borderland es la obra maestra del escritor británico, muy admirado por H. P. Lovecraft, William Hope Hodgson. La historia de esta casa alucinante supone la mejor de las obras de Hodgson y, en lo que nos interesa aquí, la arquitectura emplazada justo en el límite de todos los abismos: un caserón irlandés solitario en el centro de las espantosas fuerzas del trasmundo. Como nosotros, ciudadanos del siglo XXI, la casa umbría de Kraighten soporta el asedio de híbridas y blasfemas anormalidades surgidas de oscuros secretos y abismos inferiores. Cavernas en los sótanos, viejos diarios, visiones espantosas, extraños plasmas, historia rebobinada, planicies desoladas como puertas a una dimensión más allá del espacio-tiempo. Al otro lado del pasillo, (para el lector Canibaal el pasillo es un océano, un piélago si tiene afanes de poeta) Hodgson nos invita a su mirador privilegiado, de forma afín a esos balcones que en Valencia se alquilaban para entrever los coches de Fórmula 1 («otro apocalipsis»): espectáculo sublime de la destrucción del sistema solar, horrores vagos emboscados en una construcción decorada de terror y de hiedra.

Jesús García Cívico

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